Aroma, sabor y color

Columna semanal

Por Redacción

La Peña

La obra llevó bastante tiempo, no era cuestión de hacerla a las apuradas, lo había imaginado mil veces, hasta pensó en todo lo que se podría hacer ahí y eso era motivo suficiente como para ponerle toda la prolijidad.

En su casa no estaban muy de acuerdo, pero sabían que ningún argumento sería suficiente para frenar la obra.

Le pusieron algunas condiciones sobre el lugar, que no ocupara demasiado espacio cerca de la casa, pero había terreno suficiente como para hacerlo. Y así fue que pusieron manos a la obra. El horno de barro estaba en marcha y Héctor, su mentor, hasta podía imaginarse todo lo que podría cocinar en él.

Por su mente pasó la idea de estrenarlo con un lechón o algo por el estilo, había que elegir bien el menú para debutar con una buena comida, de esas que dan que hablar. Según cuentan, hasta se le hizo agua la boca con la idea en marcha.

El ideólogo, padre de familia, siguió de cerca cada paso que daban para hacer realidad el horno, supervisó cada movimiento del albañil y el resultado final reflejó lo que él quería. El horno estaba terminado, con los detalles como los había pensado.

Y llegó el debut, con abundante comida, buen lechón, papas al horno y algunos agregados que servirían para mostrar que la cosa venía en serio, que el horno sería el punto de partida para deliciosas comidas.

Fueron pasando una a una las recetas, de lo que pudiese hacerse en el horno. Casi no había límites, tanto que el impulsor del horno estaba tan entusiasmado que quería hacer todo ahí.

A los lechones de Navidad se le sumaron los pavos, los pollos, las empanadas, el pan casero. Y la casa empezó a tener más visitas que las habituales. Todos sus amigos y parientes sabían que ahí se comía muy bien y que el dueño del horno estaba tan orgulloso que no medía gastos a la hora de los comensales. La idea era que todos pudieran disfrutar de sus logros, que un poco le pertenecían porque la idea del horno fue suya y porque cada una de las recetas las hacía realidad él mismo.

Lo que no advirtió era que en su casa, cada uno de los integrantes iba subiendo de peso, que cada vez las comidas eran más frecuentes y más abundantes No había modo de resistirse a las tentaciones culinarias, tenían aroma, sabor y color, pero además la magia de la comida casera, que a uno no sólo le llega por los ojos.

Y lógicamente su autor iba aprendiendo la mecánica de la cocina, los tiempos, los secretos que en corto plazo hicieron de ese horno el más concurrido.

Pero las voces de alerta en la casa, sobre todo de las damas, iban creciendo, porque todos atribuían la suba del peso al horno, no tanto a las comidas. La culpa era del horno y había que hacer algo.

De a poco fueron poniendo peros a las sugerencias del dueño de casa. Que el lechón no me gusta, que salen con olor a humo, que se secan los pollos, todo valía para desanimar al cocinero, a esta altura todo un especialista en la materia.

Y de a poco fue usando menos el horno para dejar que los demás tuvieran la iniciativa a la hora de las comidas.

Fue tal la desilusión que se llevó que el horno se usaba muy esporádicamente. Claro, a la par en la casa bajaban de peso, las tentaciones, aunque las imaginaran, no se hacían realidad.

No le quedaban ganas de hacer algo de comer en ese espacio. No había acompañamiento de su familia y eso era suficiente para desalentarlo.

No pasó mucho tiempo más hasta que, con todo el dolor del alma, el destacado cocinero decidió cortar por lo sano y tirar abajo el horno. Todos creyeron que era una broma, pero fue tan cierto que no hubo más lechones ni comidas especiales.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


Exit mobile version