De colectivo abandonado a casa sustentable: la increíble transformación de una familia en las sierras de Córdoba

Una familia transformó un colectivo abandonado en una casa sustentable de 33 m² en las sierras de Córdoba. Madera, mobiliario a medida, paneles solares y un gran deck fueron las claves de este original proyecto de arquitectura y reutilización.

Redacción

Por Redacción

En medio de las sierras de Córdoba, un viejo colectivo que llevaba años abandonado terminó convertido Una estructura metálica abandonada, sin motor y comprada por apenas $50.000 terminó convertida en una casa de 33 metros cuadrados, revestida en madera y rodeada por el paisaje serrano del Valle de Calamuchita. La historia de una familia cordobesa muestra cómo la reutilización, el diseño y el ingenio pueden transformar un objeto destinado al desguace en una vivienda funcional y prácticamente autónoma.

El proyecto nació en 2021, cuando Franca Pucheta y Fernando buscaban una alternativa para instalarse en un terreno que habían comprado en Los Reartes, Córdoba. Construir una casa tradicional requería una inversión que en aquel momento no podían afrontar, por lo que decidieron explorar otra manera de habitar.

La solución apareció en una chatarrería: un antiguo colectivo fuera de servicio, sin motor y deteriorado después de años de abandono. Lo compraron por $50.000 y, después de un complicado traslado hasta las sierras, comenzaron una transformación que les demandó alrededor de cuatro meses.

El resultado es un interesante ejemplo de arquitectura alternativa y reutilización adaptativa, donde una estructura originalmente pensada para el transporte terminó convertida en hogar.

Un colectivo como punto de partida para construir una casa


La elección del vehículo tenía una ventaja arquitectónica importante: la estructura básica ya existía.

Techo, piso, paredes, aberturas y una envolvente metálica permitían partir de un volumen construido, aunque convertirlo en una vivienda exigía resolver problemas completamente diferentes a los de su uso original.

Según contó Pucheta en una entrevista con Infobae, la pareja ya tenía cierta experiencia: antes de la pandemia había acondicionado una combi como motorhome y recorrido Argentina y Uruguay. Esa experiencia fue clave para animarse a una intervención de mayor escala.

El colectivo ofrecía aproximadamente 33 metros cuadrados, pero con una particularidad: una planta extremadamente longitudinal y angosta.

Ese condicionante terminó convirtiéndose en una de las principales premisas del diseño.

Cuatro meses de obra para transformar completamente el interior


Cuando llegó al terreno, el estado del vehículo estaba lejos de parecerse al de una casa. Llevaba alrededor de una década abandonado, por lo que el primer trabajo consistió en retirar las antiguas butacas, limpiar profundamente la unidad y reparar la estructura.

También fue necesario tratar el óxido y recuperar sectores de chapa deteriorados antes de avanzar sobre las terminaciones.

Después comenzó la transformación interior.

Una de las decisiones que más modificó la percepción del espacio fue revestir las superficies con madera. El machimbre permitió ocultar buena parte de la estructura original y aportó la calidez que difícilmente ofrece el interior metálico de un colectivo.

Para el piso eligieron revestimiento vinílico autoadhesivo con apariencia de madera, una solución liviana y relativamente sencilla de instalar.

Así, el espacio dejó progresivamente de sentirse como un vehículo para adquirir características propias de una pequeña vivienda serrana.

La aislación térmica, el verdadero desafío del proyecto


En este tipo de reconversiones, la estética es apenas una parte del problema.

El principal desafío técnico es la aislación.

La chapa tiene una elevada transmisión térmica: puede calentarse rápidamente bajo el sol y perder temperatura con igual velocidad durante las noches de invierno. En las sierras cordobesas, donde existe una importante amplitud térmica, resolver este aspecto era indispensable.

Por eso, antes de colocar los revestimientos interiores, la familia incorporó aislación térmica en paredes y techo.

La climatización se complementó posteriormente con calefacción de tiro balanceado y aire acondicionado frío-calor, mientras evaluaban incorporar una salamandra.

La experiencia deja una enseñanza interesante para quienes imaginan una tiny house dentro de un vehículo: reutilizar una estructura puede reducir costos iniciales, pero una correcta envolvente térmica sigue siendo fundamental para conseguir confort.

Cómo distribuir una casa en apenas 33 metros cuadrados


El interior debía resolver las mismas funciones que cualquier vivienda, pero dentro de una planta de aproximadamente 33 m².

La organización original incorporó cocina integrada, living-comedor y dormitorios, aprovechando la longitud del vehículo para distribuir los diferentes sectores.

En este punto, el mobiliario se convirtió en arquitectura.

Durante los primeros meses utilizaron muebles convencionales porque necesitaban mudarse rápidamente. Con el tiempo comenzaron a reemplazarlos por equipamiento realizado a medida, mucho más eficiente para aprovechar las dimensiones disponibles.

Para el dormitorio de las niñas, por ejemplo, incorporaron una cucheta con espacios de guardado, una solución habitual en viviendas mínimas porque permite aprovechar la altura y liberar superficie de circulación.

Las ventanas del colectivo se convirtieron en una ventaja


Uno de los elementos originales que decidieron conservar fueron las grandes superficies vidriadas.

Lo que había sido pensado para que los pasajeros observaran el recorrido se transformó en una fuente extraordinaria de iluminación natural.

Las ventanas generan además una relación directa entre interior y exterior: desde prácticamente cualquier sector de la vivienda aparece el paisaje de Calamuchita.

Esta característica modifica la percepción de los 33 metros cuadrados. Cuando las visuales se prolongan hacia el exterior, el espacio interior puede sentirse considerablemente más amplio.

Es uno de los recursos más interesantes del proyecto: aprovechar una característica propia del objeto original en lugar de intentar ocultarla.

Madera y troncos para integrar el colectivo con las sierras


La intervención también buscó transformar el aspecto exterior.

La pareja incorporó madera y troncos en distintos sectores de la envolvente, reduciendo visualmente la presencia de la carrocería metálica.

La decisión permitió establecer un diálogo más directo con el paisaje serrano.

Incluso utilizaron descartes provenientes de madereras de la zona, como restos de corteza, para resolver sectores exteriores y senderos dentro del terreno.

El resultado combina deliberadamente dos lenguajes: la geometría industrial del colectivo y una estética rústica vinculada con la madera y la montaña.

El deck: el recurso que permitió ampliar la casa sin sumar metros cubiertos


En una vivienda pequeña, el espacio exterior puede ser tan importante como el interior.

Por eso, una de las incorporaciones fundamentales fue un deck de aproximadamente tres metros de ancho por diez de largo.

La estructura funciona como galería y expansión del living-comedor. Allí se trasladan buena parte de las actividades cotidianas cuando el clima lo permite.

Con esta decisión, los límites de la vivienda dejan de coincidir con la carrocería del colectivo.

Los 33 metros cuadrados interiores se expanden hacia el paisaje, una estrategia especialmente efectiva en proyectos de superficie reducida y terrenos amplios.

Una vivienda off grid en el Valle de Calamuchita


Otro aspecto distintivo es su funcionamiento prácticamente independiente de las redes convencionales.

La vivienda utiliza paneles solares para generar electricidad, un pozo propio para obtener agua y gas envasado.

El proyecto comenzó incluso con un baño seco, una alternativa que permitió resolver inicialmente el sistema sanitario sin depender de una infraestructura cloacal.

Posteriormente, cuando dispusieron de mayores recursos, construyeron un baño tradicional de material conectado al colectivo.

La ampliación fue pensada con doble acceso: desde el dormitorio y desde la galería exterior, incorporando una pieza de construcción convencional al volumen reutilizado.

Una casa que creció por etapas


La historia del proyecto también muestra otra característica de la arquitectura alternativa: la posibilidad de construir progresivamente.

La familia no resolvió todo desde el comienzo.

Primero apareció el colectivo como vivienda mínima. Después llegaron el mobiliario específico, el deck, el baño y nuevas mejoras.

Más adelante construyeron además una habitación de 4 x 4 metros, utilizada como dormitorio principal y espacio de trabajo.

De esta manera, la vivienda evolucionó de acuerdo con las necesidades y posibilidades económicas de sus habitantes.

Un terreno que pasó de 1.000 a 3.500 metros cuadrados


El proyecto también creció territorialmente.

La pareja comenzó con un lote de aproximadamente 1.000 metros cuadrados y posteriormente adquirió una parcela vecina, hasta alcanzar unos 3.500 m².

El contraste entre superficie construida y terreno es significativo: una casa mínima inserta en un gran espacio natural.

En lugar de concentrar la inversión exclusivamente en metros cuadrados interiores, la propuesta privilegia el contacto con el exterior y una forma de vida vinculada con el paisaje.

Arquitectura circular: reutilizar antes que demoler


Desde una perspectiva arquitectónica, uno de los aspectos más interesantes es la reutilización de una estructura que había llegado al final de su vida útil original.

El colectivo probablemente tenía como destino el desguace. Sin embargo, gran parte de los materiales y de la energía utilizada originalmente para fabricarlo continuaban contenidos en su estructura.

Reconvertirlo permitió extender su vida útil mediante un uso completamente diferente.

Es una lógica cercana a los principios de la economía circular: antes de fabricar una nueva estructura, se aprovecha una existente y se adapta a nuevas necesidades.

Eso no convierte automáticamente al proyecto en una construcción sustentable —hay que considerar materiales, transporte, instalaciones y consumo energético—, pero sí aporta una interesante reflexión sobre cuánto de lo que descartamos podría tener una segunda vida arquitectónica.

Cinco años como hogar y una nueva transformación


La familia habitó el colectivo durante aproximadamente cinco años. Con el crecimiento de sus hijas y la necesidad de acercarse al colegio, finalmente decidió mudarse.

Pero la vivienda volvió a adaptarse.

Desde abril de 2026 comenzó a utilizarse como alojamiento temporal para quienes quieran experimentar unos días de vida off grid en las sierras, según relató Pucheta.

Mientras tanto, el terreno continúa evolucionando. Entre los proyectos futuros aparecen una vivienda convencional y nuevas propuestas relacionadas con tiny houses, energías renovables y autosustentabilidad.

Lo que comenzó en 2021 con un colectivo destruido comprado por $50.000 terminó así convertido en un pequeño laboratorio doméstico.

Madera, aislación, mobiliario a medida, paneles solares y un gran deck fueron suficientes para demostrar que la arquitectura no siempre comienza con un terreno vacío y una obra nueva: a veces puede empezar dentro de algo que parecía destinado a convertirse en chatarra.


En medio de las sierras de Córdoba, un viejo colectivo que llevaba años abandonado terminó convertido Una estructura metálica abandonada, sin motor y comprada por apenas $50.000 terminó convertida en una casa de 33 metros cuadrados, revestida en madera y rodeada por el paisaje serrano del Valle de Calamuchita. La historia de una familia cordobesa muestra cómo la reutilización, el diseño y el ingenio pueden transformar un objeto destinado al desguace en una vivienda funcional y prácticamente autónoma.

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