Ema y Fito, los bioarquitectos de Trevelin y Lago Puelo que cada vez construyen más casas de adobe, lana de oveja y madera en la Patagonia
Formados en la univesidad pública, trabajan con materiales naturales, rescatan oficios locales y desarrollaron la técnica del adobe enquinchado, que funciona como un escudo contra el frío extremo. Llevan 15 casas construidas al oeste de Chubut y hay otras cinco en proyecto: quiénes son los nuevos habitantes de la cordillera y cuánto cuesta hoy el metro cuadrado de una vivienda sustentable.

Al oeste de la Patagonia, entre lagos y picos nevados, arquitectos y albañiles construyen casas con materiales del sur: madera, tierra, piedra, arcilla, paja, arena volcánica y la incorporación en los últimos tiempos de lana de oveja como aislante natural allí donde es indispensable protegerse del frío extremo del invierno. Esa bioconstrucción con materiales que los antiguos pobladores y artesanos conocen bien, hoy gana terreno con innovadoras técnicas como el adobe enquinchado y creativos diseños en paraísos de la provincia de Chubut como Trevelin y Lago Puelo.
Bioarquitectura en la Patagonia: el valor del metro cuadrado de las casas de Chubut
La bioarquitectura avanza y la demanda crece: llevan quince viviendas construidas y hay al menos otras cinco en proyecto con un costo mínimo de alrededor de 1.000 dólares por metro cuadrado, que trepa a 1.200 dólares en un nivel estándar.
Estos valores pueden encarecerse con las terminaciones, la clave de la cuenta final.
Ema y Fito, los arquitectos de Trevelin y Lago Puelo
Los arquitectos de esta historia son Emanuel Rocha Aravena, de 39 años, y Rodolfo García Nuñez, de 38. O Ema y Fito, como les dicen todos en las obras donde se arman asaditos a la altura de la tradición pero también se cocinan verduras en los hornos de las estufas para los vegetarianos.
Emanuel se crió en Trevelin, esa joya que se hizo famosa por sus tulipanes, pero es mucho más que eso: es cultura originaria y herencia galesa, es tradición rural y bosque puro a 25 km de Esquel. Sus abuelos eran peones de campo, su madre auxiliar docente y su padre egresó de la Escuela Politécnica con el título de electromecánico que le permitió entrar a la Cooperativa 16 de Octubre de servicios eléctricos.
El primer universitario de la familia
Emanuel también fue a esa secundaria. Egresó como técnico en construcciones y después se convirtió en el primer universitario de la familia: fue a estudiar a Buenos Aires y se graduó como arquitecto en la UBA en el 2013.
Eso le da orgullo y a la vez le genera agradecimiento por la educación pública que le permitió formarse para encarar su vida profesional al regresar a su tierra. Más tarde se especializó al cursar una diplomatura en Arquitectura Sustentable y Bioclimática en la Universidad de Mendoza. Hace diez años es docente en la misma escuela Politécnica en la que estudiaron él y su padre.
Rodolfo nació en Chile y se formó del otro lado de la cordillera en la Universidad del Bío Bío de Concepción, también pública.
-Es una escuela de arquitectura especializada en la construcción en madera, la primera del sur de Chile, con mucha pertinencia territorial- dice Fito.
Ya en la Argentina, hizo una diplomatura en la Universidad Tecnológica de Paraná y ya lleva 16 años de trabajo y capacitación en técnicas de bioconstrucción y el uso de materiales naturales. Y 15 en el oficio de estufería de inercia térmica. Hace más de una década que se radicó en Lago Puelo, a 14 kilómetros de El Bolsón.
El primer contacto entre los dos arquitectos fue en un taller de estufería y el vínculo se afianzó con los trabajos de reconstrucción compartidos tras los incendios en Las Golondrinas. Ambos forman parte de la Red nacional Pro Tierra y la Red de bioconstrucción de la Comarca Andina (Bioca) y hace varios años que trabajan juntos: diseñan los proyectos entre los dos, después cada uno los resuelve en su zona: Emanuel con base en Trevelin, Rodolfo con base en Lago Puelo. Hay 189 km entre esas dos joyas de Chubut.
El perfil de los clientes
Cuentan que no hay un patrón común entre los habitantes de esas casas que construyen: pueden ser habitantes de la zona o gente que emigra de grandes ciudades en busca de una vida más tranquila y paisajes de cuento, una tendencia que se aceleró luego de la pandemia con la chance de trabajar conectados desde los hogares.
Pueden ser parejas jóvenes, familias tipo, madres solteras, mujeres y hombres de mediana edad o ya jubilados que encontraron su lugar en el mundo para transitar esta etapa, en soledad o acompañados.
Pero si las edades, las ocupaciones y las motivaciones pueden ser diferentes, sí los une una conciencia ambiental, que se expresa desde la alimentación hasta qué hacemos con nuestros desechos, en qué casas vivimos y la certeza sustentable de que para vivir en la Patagonia con una buena aislación natural se consume mucha menos energía en un casa pensada para retenerla.
Al rescate de antiguos oficios
Para ellos, la bioarquitectura regional es imposible sin el factor humano: los constructores y artesanos de la obra.
-Es muy importante poner en valor el oficio del albañil y del bioconstructor -dicen.
Buscan rescatar y preservar técnicas en desuso, devolver a la escena local a verdaderos especialistas de la identidad cordillerana: el estuquero, el tejuelero y el adobero, entre otros oficios.
La técnica del abode enquinchado
En esa búsqueda en la que combinan los saberes locales con la eficiencia, Ema y Fito desarrollaron una técnica propia: el adobe enquinchado.
Se trata de un sistema de pared compuesta que resuelve los dos grandes desafíos bioclimáticos del sur.
Por un lado, utiliza una estructura independiente de madera rellena de adobes que aporta una alta masa térmica (ideal para acumular el calor del sol que entra por las ventanas o el de las fuentes internas); por el otro, se envuelve con lana de oveja para garantizar un aislamiento óptimo.
El resultado es un muro que no solo respira, sino que funciona como un escudo contra el frío extremo.
El entorno manda
¿Cuál es la idea madre detrás de estos proyectos? Para Emanuel y Rodolfo, la bioarquitectura es un cambio de paradigma: una forma de concebir los espacios que parte, antes que nada, del entorno donde se va a construir.
El clima no es un obstáculo a vencer, sino el elemento que determina cómo se van a habitar esos espacios y qué características técnicas van a necesitar.
En una zona tan fría como la Patagonia , el diseño debe ser inteligente para que la vivienda demande la menor cantidad de energía posible durante su uso. Para eso, se consideran siempre las mejores orientaciones.
Pero si el punto de partida es orgánico, no se encasillan en una visión modular: cada casa tomará su propio vuelo de acuerdo con los deseos de sus futuros habitantes.
Bajo estos parámetros, que cumplen con normas y requisitos vigentes, el equipo trabaja con envolventes térmicas óptimas tanto en techos como en paredes, donde hacen el mayor hincapié.
La ecuación es simple pero contundente: una casa mal aislada duplica sus costos y emite muchos más gases de efecto invernadero; una vivienda con una aislación óptima genera un ahorro económico y reduce drásticamente la contaminación.
Además del beneficio ecológico, hay una búsqueda sensorial a través de la bioconstrucción con recursos locales (madera, paja, arcilla, áridos y lana). Al evitar largas cadenas de transporte, se desploma la huella de carbono y se logra una estética propia y única de la cordillera.
“Basta con haber estado en una casa con algún revestimiento de madera o ni hablar con revoques y pinturas de tierra para entenderlo”, dicen. Son materiales sanos, que están vivos, que respiran y que regulan de forma natural la humedad y la estática de los ambientes. Al final del día, estos proyectos demuestran que elegir estos materiales es una decisión que cierra por partida doble: a nivel energético por su ahorro, y a nivel sensorial por su calidez, dicen los arquitectos y se despiden para volver a la hermosa rutina de la bioarquitectura.
Más información: @tica.bioarquitectura / @cuchara_y_barro
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