¿Qué ciudades construimos en el Valle?
Crecer no debería medirse solo en hectáreas o habitantes, sino también en la capacidad de consolidar mejores condiciones de vida, accesibilidad, infraestructura, conectividad y calidad urbana para quienes habitan un territorio que hace tiempo dejó de gestionarse como sistema compartido, aunque siga funcionando de manera interdependiente.

En el Valle, muchas veces la rutina cotidiana ya implica atravesar varias ciudades para trabajar, estudiar, atenderse o simplemente resolver tareas básicas. Lo que antes parecía una continuidad urbana relativamente compacta empieza a sentirse cada vez más extenso, más fragmentado y más dependiente de infraestructuras que intentan seguir el ritmo de la expansión.
En algunos casos, atravesar la ciudad de un extremo a otro empieza a parecer una pequeña expedición. Más tiempo de traslado, más dependencia del automóvil, más barrios separados entre sí por vacíos urbanos o infraestructuras que nunca terminan de integrarse completamente. La ciudad crece, aunque muchas veces lo hace sumando fragmentos dispersos que no terminan de conectarse entre sí.
Sin embargo, no todas las ciudades crecen de la misma manera. Mientras algunas continúan extendiéndose sobre suelo disponible con relativa facilidad, otras —como Neuquén— enfrentan mayores restricciones para expandirse y se ven obligadas a invertir más intensamente en infraestructura, consolidación urbana y densificación. La diferencia no es solamente geográfica. También expresa decisiones sobre cómo se gestiona el crecimiento y qué modelo urbano se termina incentivando.
Hay algo que todavía discutimos poco: las ciudades que estamos construyendo son cada vez más caras, más fragmentadas y más difíciles de sostener. Y no es solamente una consecuencia del crecimiento, sino también de cómo se combinan la lógica de la renta urbana, la expansión periférica y las formas en que gestionamos el desarrollo urbano.
Discutimos loteos, infraestructura, transporte, agua, permisos o densidad como temas separados, cuando en realidad todos forman parte del mismo problema. Cada decisión sobre dónde crecer, qué habilitar o qué infraestructura extender termina produciendo una forma concreta de ciudad. Y en gran parte del Valle, ese modelo sigue claramente inclinado hacia la expansión.
A primera vista, expandir la ciudad parece una solución simple: el suelo es más accesible, los desarrollos avanzan rápido y la urbanización se desplaza hacia sectores donde todavía queda espacio disponible. Sin embargo, gran parte de los costos reales de esa expansión aparecen después, cuando las redes, el transporte, las calles y los servicios públicos tienen que extenderse para sostener territorios cada vez más dispersos.
La expansión puede funcionar bien como negocio inmobiliario, pero no necesariamente como sistema urbano, especialmente cuando los costos de infraestructura y mantenimiento terminan distribuyéndose socialmente en el tiempo. Mientras más se estira la ciudad, más infraestructura necesita por habitante y más costoso se vuelve sostenerla.
Pero la expansión no solo modifica costos. También transforma la forma en que accedemos a la ciudad y a sus servicios. La distancia no es solamente física, económica o infraestructural. También se expresa en ciudades cada vez más extendidas, con vacíos de infraestructura y equipamiento, donde muchas veces las redes llegan más rápido que las condiciones urbanas necesarias para sostener vida cotidiana de calidad.
Existe además una diferencia en la escala de las discusiones urbanas. Mientras muchas ciudades avanzan en debates vinculados a calidad habitable, movilidad, proximidad o infraestructura ambiental, gran parte de nuestras decisiones todavía quedan atrapadas en la resolución de déficits básicos y urgencias inmediatas. La distancia no es solamente económica o infraestructural. También es cultural: mientras muchas ciudades discuten cómo mejorar la calidad urbana, aquí seguimos muchas veces administrando fragmentos sin una estrategia territorial común.
Según ONU-Habitat, las ciudades dispersas incrementan los costos de infraestructura, transporte y servicios urbanos, mientras que los modelos más compactos permiten un uso más eficiente del territorio y las redes públicas
Y en territorios como el Alto Valle, el problema no puede pensarse únicamente dentro de los límites administrativos de cada ciudad. Gran parte de la vida cotidiana ya funciona de manera interdependiente: trabajo, salud, educación, comercio y servicios se distribuyen entre distintas localidades que dependen unas de otras. Por eso, además de la infraestructura interna, la conectividad regional y las condiciones de acceso entre ciudades pasan a ser parte central de la calidad urbana y territorial.
Cuando esa conectividad es débil o desigual, las distancias físicas terminan transformándose también en desigualdades de acceso.
Una ciudad no se ordena solo desde el expediente
Parte del problema es que seguimos abordando el desarrollo urbano de manera fragmentada: los loteos se analizan desde la dimensión catastral, las infraestructuras desde su lógica sectorial y los permisos desde el control administrativo, como si cada sistema pudiera funcionar de manera independiente del resto. Pero la ciudad real aparece justamente en la interacción entre todos esos sistemas.
El desarrollo urbano no puede resolverse únicamente desde la subdivisión del suelo o desde la suma de aprobaciones técnicas aisladas. Hace falta una mirada más transversal, capaz de incorporar dimensiones urbanas, ambientales, infraestructurales y sociales de manera integrada.
En muchas ciudades, además, los instrumentos de planificación llevan años sin actualizarse frente a transformaciones territoriales cada vez más aceleradas, y cuando la planificación pierde capacidad de anticipación, las ciudades terminan creciendo más por inercia o presión del mercado que por una estrategia colectiva.
La ciudad que elegimos
Discutimos el “modelo de ciudad” como si fuera una abstracción, cuando en realidad lo estamos definiendo todos los días: cada vez que habilitamos expansión sin evaluar su costo territorial, cada vez que la infraestructura llega después del desarrollo y cada vez que gestionamos el territorio como una suma de partes y no como un sistema compartido.
No es solamente un problema técnico. También es una decisión política y cultural sobre cómo queremos habitar nuestras ciudades y sobre nuestra capacidad de pensar el territorio más allá de los límites administrativos inmediatos.
El Valle no nació fragmentado. A fines del siglo XIX y principios del XX, el riego, el ferrocarril y las primeras infraestructuras territoriales dieron origen a un sistema de ciudades interdependientes. Más tarde, las infraestructuras energéticas e hidráulicas consolidaron esa lógica regional.
Resulta paradójico que, en una época donde la tecnología multiplica nuestras posibilidades de conexión, todavía nos cueste construir inteligencia institucional para gestionar un territorio que sigue funcionando, en la práctica, como un sistema compartido.
¿Qué significa crecer mejor?
Datos aproximados a partir de relevamientos de mancha urbana y datos censales (INDEC) muestran tendencias que vale la pena mirar con atención.
Entre 2008 y 2022, la superficie urbanizada creció significativamente:
- General Roca: +57,7%
- Cipolletti: +79,2%
- Fernández Oro: +120,3%
En el mismo período, el crecimiento poblacional fue:
- General Roca: 82.568 – 102.750 habitantes (+24,4%)
- Cipolletti: 77.713 – 95.524 habitantes (+22,9%)
- Fernández Oro: 8.629 -15.789 habitantes (+82,9%)
Las dinámicas no son idénticas, pero los datos muestran una expansión urbana intensa, con impacto directo en infraestructura, movilidad y costos de mantenimiento.
Crecer no debería medirse solo en hectáreas o habitantes, sino también en la capacidad de consolidar mejores condiciones de vida, accesibilidad, infraestructura, conectividad y calidad urbana para quienes habitan el territorio.
Así como en discusiones recientes planteamos la necesidad de nuevas herramientas para gestionar el agua como sistema territorial vivo, quizás también debamos empezar a preguntarnos qué nuevas herramientas institucionales requiere un territorio que, aunque sigue funcionando de manera interdependiente, hace tiempo dejó de gestionarse como sistema compartido.
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