“Quedó hermosa”: así es Casa Container, un increíble proyecto a 12 minutos del centro de Neuquén

La historia detrás de un sueño cumplido en el norte de la Patagonia, el de una pareja que quería vivir con sus tres hijos en una casa armada con contenedores marítimos reutilizados y convenció a dos arquitectos de que asumieran ese gran desafío profesional. ¿El resultado? Esta vivienda en el barrio abierto Parques de Talero que los vecinos se detienen a mirar y a preguntar cómo la hicieron. Aquí, la respuesta: el paso a paso, el montaje, cómo resolvieron la cuestión esencial de las aislaciones y los costos.

Por Javier Avena

Reutilizaron seis contenedores marítimos: cinco de 12 metros de largo por 2,5 de ancho y 2,9 de alto y uno de 6 metros de largo por 2,5 de ancho y 2,4 de alto. Fotos: Arq Nadia Albelo

Cuando vio a través de la ventana que el mozo del bar de enfrente cruzaba la calle con la bandeja que brillaba bajo el sol cargada con los tostados y los cafés que les había pedido la madre de Gastón Golia, su compañero de estudios en la Universidad de Buenos Aires, el arquitecto neuquino Federico Forestier se sorprendió con esa escena tan encantadoramente porteña, que coronó el mozo cuando subió a la planta alta y saludó a todos con una sonrisa antes de dejarles los sándwiches y los cortados dobles. Por entonces, llevaba horas reunido con su colega en busca de la respuesta a dos preguntas cruciales. La primera: cuál era la mejor manera de darle forma a una casa con contenedores marítimos a reutilizar. La segunda, si serían capaces de hacerlo, de resolver todos los desafíos técnicos, de darle el confort indispensable para que la habitara una familia sobre ese terreno en el barrio residencial Parques de Talero., a 12 minutos del centro de Neuquén y a cinco del Paseo de la Costa. Aún no sabían que después de los tostados nacería una pyme.

Living, comedor y cocina integrados en dos contenedores unidos a lo largo.

Federico había llegado hasta allí urgido por la necesidad de contestarle sí o no a Darío, ese compañero de trabajo en Neuquén que le caía tan bien y que llevaba varios meses diciéndole que quería vivir en una casa así con su esposa Laura y sus tres hijos y que quería que la hiciera él. La última vez, parados al lado de un árbol en el jardín de la empresa donde Federico se dedicaba cada día a las obras corporativas, Darío lo apuró.

-¿La vas a hacer o no la vas hacer? -le preguntó sin vueltas.

Entonces, por primera vez, el arquitecto no le respondió que le parecía mala idea, ni que no podía por su empleo a tiempo completo, ni que le preocupaba cómo resolver la aislación, ni otros dilemas que lo hacían dudar de la viabilidad. En cambio, dejó la puerta abierta.

-Me voy a Buenos Aires a hablar con la única persona en la que confío para hacer esto y a la vuelta te cuento– le dijo.


“La hacemos”

Al final de aquella larga reunión, los dos arquitectos decidieron que tomarían el desafío.

Gastón trabajaba por entonces en una planta donde construían estructuras metálicas de gran porte en la que iba a ser su futura oficina, en esos días en plena reforma en la planta alta del local comercial de su madre en la calle Warnes.

Gaviones de piedras y chapa sobrante en el cerramiento.

El plan: Gastón invertiría horas y horas en el área técnica mientras Federico abordaría el proyecto con los clientes y se ocuparía de la documentación y los trámites. Al volver a Neuquén, cuando salió a charlar con Darío en el árbol de las grandes decisiones, le dijo que lo harían, pero antes tenía que hacerle una pregunta clave.

-Dale -dijo Darío, curioso.

-¿Tu mujer está a bordo?

-Más vale.

Conocedor del paño, el arquitecto quería evitar desencuentros futuros en un proyecto de esa complejidad y pidió una reunión con los dos, que derivó en una cena con Darío, Laura y sus tres hijos.

Le mostraron bocetos, le contaron que vendieron su terreno en un barrio privado porque no les habían permitido armar su casa con containers, le hablaron con tanto entusiasmo que se convenció. Estaban a bordo. Todos.


“Mirá lo que es eso”

Laura es de Venado Tuerto y Darío de Rosario. Llegaron por trabajo en el 2004 a Comodoro Rivadavia y en el 2015 se radicaron en Neuquén. Ya habían pasado por la experiencia de remodelar su casa y ampliar el quincho y las complicaciones del método de construcción tradicional los había saturado

Por entonces, ya llevaban años metidos en el mundo container, deslumbrados por las posibilidades que veían. Les gustaba la idea de reutilizar desde el punto de la sustentabilidad, pero también esa estética industrial del metal. “Mirá lo que es eso”, comentaba entusiasmado Darío mientras miraban fotos de proyectos y trataban de imaginar cómo sería vivir así.

El área social integrada desde la perspectiva opuesta.

Exactamente lo que les pasa a los vecinos de Parque Talero, que pasan despacito y miran, algunos tocan el timbre, saludan y preguntan cómo es vivir ahí, si los techos son bajos, qué pasa con el frío y el calor, cómo la hicieron. Los dueños de casa les cuentan, les comparten los datos técnicos.

Y les decimos que se animen, que está buenísimo -cuenta Laura una mañana de sol desde su estudio con vistas a los árboles y el verde del fin del verano en el loteo abierto rodeado de barrios cerrados.


Cómo hicieron la casa

Pasada la sorpresa inicial de que una idea disruptiva que parecía tan desafiante como atractiva viniera de los clientes y no al revés, los dos arquitectos pusieron manos a la obra. Era atípico, también, amoldar un proyecto a un sistema constructivo: ya sabían que iban a necesitar más amoladoras, sopletes y grúas que baldes y cucharas de albañil, pero más allá de esa certeza tenían por delante problemas críticos que solucionar y poca bibliografía o casos previos que consultar, como recuerda Federico.

500

dólares fue el valor del m2 en marzo del 2022. Y USD 250 el de las obras complementarias. Hoy, esos costos se duplicaron de acuerdo con la estimación de los arquitectos.

Los meses que siguieron los pasaron sumergidos en el estudio de sistemas constructivos industrializados: la mayor preocupación era el confort y las condiciones de uso.

“Una caja de chapa, o varias, soldadas entre sí con más tubos de acero, sometidos a una helada de 10 grados bajo cero, vientos de 100 kilómetros o el sol de 40 grados típicos de cualquier año del Alto Valle iban a ser difíciles de aislar, mantener una temperatura estable”, recuerda Federico.

Por si faltara un detalle, ya en una etapa plena de sociedad creativa entre propietarios y arquitectos, todos acordaron que uno de los seis contenedores sería ubicado parado en forma de torre. En los colores sí hubo debate y lo decantó hacia los tonos más claros un chequeo de temperatura: había casi 30°C de diferencia entre el negro y el blanco. 

El comienzo de los trabajos en el lote, en una esquina del barrio residencial Parques de Talero.

La casa está elevada para prevenir inundaciones.

En un galpón alquilado en Plottier, luego de la pandemia empezaron a llegar los containers y ahí los cortaban, se soldaban aberturas, escaleras, uniones en techos a medida que arribaban desde Buenos Aires y vaya a saber de qué mares. Elegían sacrificar las caras más oxidadas o abolladas en las zonas donde se unía un módulo con otro.

Dos quedaron unidos a lo largo en planta baja y tres en planta alta, con los refuerzos estructurales y columnas ocultas dentro de los muros de los dormitorios. En paralelo, otro equipo trabajaba en el lote, en una esquina frente a un espacio verde pero unos dos metros debajo de la calle. Primero hicieron las fundaciones y rellenaron el terreno después.

Día D. El montaje de los contenedores con una grúa de 70 toneladas.

Luces al anochecer. Y la casa terminada.

El Día D fueron en verdad dos para la secuencia de montaje, viajes de camión, retroexcavadora y una grúa de 70 toneladas para armar el Tetris. El último fue el módulo parado, que contiene el tanque de agua, un entrepiso de depósito para los equipos de pesca de Darío y su oficina.


Cómo resolvieron la aislación

“Al final, usamos un aislante para el frio, otro para el calor, ruptores de puente térmico, cámaras de aire ventiladas por convección con entradas bajo los zócalos y salidas en los cielorrasos, y cubrimos todos los techos con decks de madera, en todos los casos con los materiales de costo más bajo posible y la paciencia eterna de los constructores”, explica Federico.

La climatización apuntó también a bajar costos: optaron por equipos fan coil, un sistema que en la Argentina casi no se usa y se basa en la circulación de agua caliente o fría.

Tras varios meses de soldadura, cortes de soplete para pasar cañerías, pintura automotriz, curiosos que se metían a ver y trámites varios, el sueño tomó forma, como describe Federico.

El vencimiento del contrato de alquiler apuró el final de obra y la familia se mudó en febrero del 2022. La fase dos, ya con menos urgencia, incluyó el cerramiento del lote, gaviones de piedra y chapas sobrantes de los contenedores, tabiques de hormigón, veredas, decks, pileta, parquizado y la parrilla metálica con sus dos chimeneas de chapa.  Los chicos fueron a la EPET 20 y fue una alegría para ellos escuchar los comentarios de admiración de los compañeros cuando se enteraban que vivían en la casa de los containers, centro de reunión desde entonces, para los chicos y los grandes. «Quedó hermosa, superó nuestras expectativas», dice Laura.


Antes del final de obra, las semejanzas con el boceto.

Hubo asado reglamentario de obra para celebrar el final, el primero de muchos porque la familia, los arquitectos y los constructores se hicieron amigos. Y si para el barrio es la casa container,para Federico y Gastón es el proyecto 001, el que hizo nacer su pyme aquel día del mozo y los tostados en Warnes después de la charla decisiva 1200 km al sur, como se encarga de recordarles Darío una vez por año cuando les manda la foto del árbol neuquino, testigo silencioso de las charlas donde empezaron a escribir esta historia.


Ficha técnica

  • Vivienda en barrio Parques de Talero, Neuquén.
  • Estructura metálica y contenedores marítimos recuperados.
  • Exteriores hidroarenados, pintura poliuretánica. Aislaciones y revestimientos interiores industrializados. Solados flotantes de eucaliptos locales húmedos revestidos en microcemento, Instalaciones termo mecánicas por sistema fan coil frío calor.
  • Planta baja:
  • Living, comedor y cocina integrados. Baño completo, lavadero y despensa Galería, sala de máquinas y parrilla,
  • Planta alta:
  • Tres dormitorios, un baño común. Un dormitorio principal, en suite con vestidor y balcón. Dos oficinas, deposito, play room,
  • Sup cubierta: 202 m2
  • Sup semicubierta: 53 m2
  • Obra septiembre 2020 a febrero 2022.
  • Costos estimados a marzo de 2022: vivienda 550 USD/m2. Obras complementarias 250 USD/m2. Hoy los valores se duplicaron.
    Fotografías: @nadia.albelo.arq

Mini bío

Arq. Federico Forestier, el constructor Eduardo Maldonado y el arquitecto Gastón Golia.
  • 2FG Arquitectos nació en 2018 como estudio de arquitectura que luego sumó una constructora adjunta. Desde entonces ha desarrollado 24 proyectos (el primero Casa container), 15 direcciones de obra, 18 ejecuciones y 10 reformas, tanto de viviendas como de instalaciones comerciales e industriales en el Alto Valle y San Martin de los Andes. Pronto se sumará El Chocón.
  • El Arq. Leonardo Golia (der.) nació en Buenos Aires y se recibió en la UBA. El Arq. Federico Forestier (izq.), es neuquino y se recibió en la UBA, donde se conocieron.
  • El tercer socio y principal capataz de las obras es el metalúrgico Eduardo Maldonado.

Contacto: 2fg.arq@gmail.com / https://www.instagram.com/2fg.arq/


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