Así es un día en la veranada del norte neuquino

“Río Negro” compartió una jornada con cuatro arrieros, entre valles, montañas y el río Neuquén que nace a metros de la Ruta 54. Esta es la historia. Fotos de Alejandro Carnevale





A sus 82 años, a don Emilio González no le tiembla el pulso para montar su alazán y trepar la empinada ladera frente al puesto para buscar a sus chivas, controlar que no se le hayan mezclado con las de otro piño, ni le hayan cruzado para Chile. Después las rodea a fuerza de chiflidos, gritos y los ladridos de Milonga, Cuida, Chico, Combate y Colada, que se sumó en el camino y supo ganarse su lugar. Ayer nomás, al atardecer, bajó por esa montaña al mando de sus casi mil animales junto a sus fieles laderos. Lo cuenta como parte de una rutina que a sus ojos no debería sorprender a nadie, si es lo que hace todos los años, mientras calienta sobre las brasas el agua para el mate en una pava ennegrecida, al lado de la construcción de piedras y barro donde duerme. Es una mañana de sol en la cordillera de los Andes.

Abajo, a unos 10 metros, pasa el río Neuquén que nace unos 30 km antes, agua cristalina sobre el lecho de piedras, caudal escaso tras un invierno con pocas nevadas. Pese a que el declive le juega en contra, don Emilio se las ingenió para armar un canalcito y regar la huerta, ahora con rabanitos y acelga.

Como siempre, vino con sus chivas desde Huantraico, a unos 260 km, junto a su hijo Daniel. Después de casi un mes de arreo llegaron el 24 de diciembre y festejaron Navidad en el puesto.

Después Daniel volvió al campo de invernada a cuidar a los chivatos, los reproductores que servirán a las hembras cuando regresen para comenzar otra vez el ciclo. Y don Emilio se quedó solo en la cordillera.

“Me gusta esta vida, me gusta este lugar”, cuenta y ceba un mate dulce mientras mira correr el río.

 

Unos 20 km hacia el norte, sobre una lomita en un valle rodeado de montañas a dos mil metros de altura, don Valentín Guerrero (67) cocina un chivo recién carneado. Mientras el cuero se orea colgado de una cuerda, esparce las brasas con calma, en silencio, bajo el techo de chapa del puesto de piedras y barro. Afuera, Dora (59), madre de sus 12 hijos (nueve mujeres y tres varones) pone sobre la mesita de madera las tortas fritas que cocinó minutos antes y prepara la ensalada de lechuga que trajeron los yernos.

Cada verano, don Valentín arrea hasta aquí sus 200 chivas desde el campo de invernada en Ailinco, a unos 15 km de Varvarco. Solía tardar tres días, pero ahora que habilitaron el puente para los crianceros, lo hace en dos. Se queda algo más de tres meses mientras los animales engordan y crecen en libertad en las pasturas altas del norte neuquino. Al atardecer sale a buscarlos en su montura. Como los de cada criancero, tienen un corte en la oreja que los diferencian del resto, pero él no se fija en eso.

“Los reconozco de lejos”, cuenta mientras los mira a la distancia asomado a la puerta, los ojos achinados por la luz. Vuelve a concentrarse en el asado.

“Falta poco”, dice mientras acomoda las brasas. Uno de sus yernos va en busca de la bebida. Camina unos metros sobre la pradera, pasa al lado del caballo, se agacha frente al agua que brota de la tierra, llena la botella.

“Me gusta más que la que cae de la vertiente”, explica.

 

A unos 10 km, sobre la Ruta Provincial 54, Mario González y Chano Feliciano están a cargo de unas 500 chivas. El dueño de los animales es de Chos Malal. Mario, de 50 años, tendrá un porcentaje al final de la veranada. Si le va como la pasada, se quedará con medio centenar. “Vengo muy bien desde la parición, ojalá que siga así”, explica. Hábil en el manejo del piño, lo trajeron al puesto en camioneta porque se había golpeado una costilla y no estaba para el arreo.

Ya es la tarde cuando Chano (56 años, cobra un sueldo fijo) repara el corral de piedras y Mario va en busca de las chivas.

Apronta la monta y sale acompañado por dos perros lanudos, uno con aire de ovejero, la raza más buscada por los crianceros. El piño está a un kilómetro, sobre unas rocas que dan forma a un mirador natural en la ladera. A puro ladrido y amagos de tarascón la avanzada pone en marcha el regreso. Después el jinete completa la tarea, se mueve lo justo detrás del grupo para mantener el paso ordenado, mientras uno de los perros va en busca de los rezagados.

Poco después, sentado sobre un tablón en ronda de mate y torta fritas a la sombra de los tamariscos y los mimbres, cuenta que una vez se le quedaron cinco al borde de un precipicio del que no podían volver. Como a caballo no se podía llegar, trepó a pie y en un momento se dio cuenta: si fallaba en afirmarse en el paso siguiente, se iría para abajo sin remedio. Entonces volvió, le contó al patrón, que miró para arriba.

“Dejalas”, le respondió.

“A veces uno arriesga la vida ahí”, dice ahora Mario. Detrás, cuelga de una rama la trucha arco iris que pescó en el Neuquén.

 

Daniel también arriesgó la vida, pero fue para proteger a sus chivas de un puma. Vive cerca de la veranada y le bastan dos días de arreo para llegar hasta el puesto desde su casa en Manzano Amargo, pueblo de unos 800 habitantes a unos 20 km de donde arrancan las tierras de pastura. Puede ir y volver como ahora, cuando cuenta esta historia en su casa, mientras los chicos se bañan en la pelopincho frente a la plaza y su hermano se quedó arriba con la tropilla. Aquella noche tuvo que salir a defender al piño junto a sus perros, la linterna en una mano y el cuchillo en la otra. Mientras el puma peleaba con ellos, en un momento le pudo ganar la posición para clavarle el puñal en el lomo.

“Sin perros no hay criancero”, dice. Y sigue con el relato sobre los predadores: “El cóndor ataca en la parición. Se eleva y se tira en picada. Como que se avisan, porque aparecen varios juntos. El puma es sigiloso y la hembra mata para enseñarle a los cachorros. Podés encontrar veinte muertos aunque nada más hayan comido uno. El otro es el zorro, también muy peligroso y dañino”.

La protección contra esos depredadores es vital aquí. Hay más de 200 puestos de veranada en unos 320 km cuadrados a partir de las cercanías de Manzano Amargo, esparcidos en los alrededores de la Ruta 54 y el río Neuquén, que hay que vadear 18 veces para llegar hasta los últimos.

Cada criancero tiene un promedio de 500 chivas, que valen 900 pesos en lote o mil de a una. Es decir que hay unos 100 millones de pesos en chivas en la montaña. No es todo: de acuerdo con la estimación de las autoridades, hay además unas 25.000 ovejas, unas 10.000 vacas y unos 5.000 yeguarizos en este territorio donde suena la cumbia campera chilena y la ley de la montaña indica que para que no haya problemas hay que respetar los límites de los puestos aunque no haya palos ni alambres y no tocar nunca un animal ajeno a menos que sea para devolverlo a su piño.

 

 

Don Emilio González conoce esa música y esos códigos, porque lleva unos 40 años en esto. Su madre murió cuando lo dio a luz, una familia de Manzano Amargo lo adoptó y ya de chico fue peón. “Trabajé mucho en mi pobreza”, dice y explica que fue don Atilio Vázquez el que le abrió las puertas a otro mundo cuando le permitió ir a medias en una parición en la que él puso el trabajo. Así empezó y hoy tiene todas esas chivas allá arriba, formó una familia, le dio de comer a los seis hijos y tiene un batallón de nietos y un puente que lleva su nombre.

Lo construyeron hace poco, cruza el Neuquén y le dicen “Don Emilio” porque fue él quien se lo pidió unos tres años atrás al entonces gobernador Jorge Sapag. Venía de recorrida por la 54 y lo frenó el puestero y le explicó que le costaba mucho pasar con las chivas en un tramo donde el río se hace más hondo, que se le empacaban o se le ahogaban. Entonces el gobernador le pidió que lo pusiera en una carta. Pero como él no escribe, la dictó y el propio Sapag le hizo firmar con el pulgar con un carbón.

El puente lo inauguraron en este veranada, es de eucalipto y un par de maderas se levantaron, pero a don Emilio no le importa: cruzar por ahí le ahorra tiempo y vidas, se le ilumina la cara cuando lo cuenta. Tiene otro motivo para estar contento: vino a visitarlo uno de sus hijos, Ángel, con su nieta Agustina y dos vecinos de Neuquén con sus familias. Están de vacaciones en la veranada: dan una mano y pescan truchas, caminan la cordillera, se bañan en el río o en el misterioso pozo termal de aguas tibias que brota a unos 500 metros del puesto. Antes lo conocían solo los crianceros pero ahora ya viene gente a pasar el día.

A don Emilio le piden permiso para pasar y nunca dice que no, pero se enoja cuando no se lleven la basura. Por estas horas le inquieta otra cosa: saber cuando pasará el agente sanitario de Manzano Amargo, porque le duele un dedo de la mano derecha.

Ya ha pasado una hora desde que don Valentín puso el chivo con un puñado de sal como único condimento.

Mueve el ensartador apoyado en dos piedras en los extremos, mira, parece que ya está.

“Listo”, dice. De botas, bombacha gaucha, camisa y sombrero, no usa protector solar como sus yernos; no le hace falta a su rostro curtido por tantas veranadas. Levanta el ensartador y lo clava con otra piedra al lado de la mesita.

“Sírvase”,dice.

Todos sacan el cuchillo que llevan en la espalda entre el pantalón y el cinturón y se sirven una deliciosa porción sobre las tortas fritas. Después de comer, explica que va a dejar sueltas a las chivas un par de días y que la época más sacrificada de trabajo es la parición, cuando hay que estar las 24 horas alerta. La charla sigue y Dora cuenta que eran 13 los hijos, pero que uno se les fue a los siete meses: eran dos días a caballo desde Ailinco hasta Varvarco, no había ambulancia y el bebé, con mucha fiebre y tos, no resistió. El viento sopla fuerte y no se lleva esas palabras. Solo retoman la sonrisa para despedirse y pedir disculpas por la mala atención, una costumbre del norte neuquino, aunque cueste encontrar gente más amable

Mario tenía su propio rebaño, pero una tormenta de nieve lo sorprendió en pleno arreo y le mató casi todas las chivas. Rescató las que pudo y no se animó a mirar atrás para ver lo que dejaba. Así fue que debió buscar un trabajo, empezar de nuevo.

Chano, en cambio, siempre fue empleado y a esta altura sabe que es difícil cambiar. “Pero acá estoy, en la montaña. Es linda esta libertad”, dice. Ambos estarán pendientes de la radio por la noche, para ver si los patrones les envían algún mensaje.

A Daniel le apasiona la época de la parición, aunque no coma ni duerma. Se debe estar concentrado cada minuto, explica, entre otras cosas porque hay madres primerizas que abandonan a sus crías y hay que buscarle una sustituta a los guachos y lograr que los acepten.

Después, cuando todos crezcan vendrá el momento de partir hacia la veranada. El tranco será lento en subida y más rápido en bajada, con animales más fuertes.

Entonces, en la invernada, todo volverá a empezar en esta bendita tierra de ríos, lagos, valles y montañas donde los crianceros construyeron su lugar en el mundo e intentan que las generaciones que vienen sigan sus pasos.

Fotos de Alejandro Carnevale

Valiente. Así se llama el perro de Daniel, quien vive en Manzano Amargo y hace la veranada a unos 20 km.

 

Vivir en la montaña. Don Emilio González cada año arrea a sus animales desde Huantraico, a 260 km.

 

Una hora de cocción. Y un puñado de sal. Chivito al asador por Valentín Guerrero.

 

Mates y charla. Mario González perdió a su rebaño por una nevada y tuvo que empezar de nuevo.

 

 

 

 

 

“Tenemos unos 200 chivos y los usamos para nuestro consumo, no los vendemos. Así se alimenta toda la

familia”.

Valentín Guerrero, 67 años, criancero. Padre de 12 hijos.

“Lo que más me gusta de esto es vivir en el campo. Lo que menos, que a veces arriesgás la vida cuando buscás a las chivas en los cerros”.

Mario González, 50 años, criancero.

“El perro es el alma de todo. No hay criancero sin ellos. Una vez un puma atacó al rebaño y tuve que salir a pelearlo con ellos”.

Daniel, 38 años. Criancero y miembro de la Comisión de Fomento de Manzano Amargo.

informe especial

“Cuesta conseguir que los jóvenes se interesen por esta vida. Ojalá que no se pierda esta tradición”.

Emilio González, 82 años, criancero.

puestos de veranada hay a partir de Manzano Amargo en el departamento Minas del norte neuquino, en unos 320 km².

200

chivas pastan en esta zona, aproximadamente. El valor esa cantidad de animales ronda los 100 millones de pesos.

100.000

Datos

Valiente. Así se llama el perro de Daniel, quien vive en Manzano Amargo y hace la veranada a unos 20 km.
Vivir en la montaña. Don Emilio González cada año arrea a sus animales desde Huantraico, a 260 km.
Una hora de cocción. Y un puñado de sal. Chivito al asador por Valentín Guerrero.
Mates y charla. Mario González perdió a su rebaño por una nevada y tuvo que empezar de nuevo.
“Tenemos unos 200 chivos y los usamos para nuestro consumo, no los vendemos. Así se alimenta toda la
familia”.
“Lo que más me gusta de esto es vivir en el campo. Lo que menos, que a veces arriesgás la vida cuando buscás a las chivas en los cerros”.
“El perro es el alma de todo. No hay criancero sin ellos. Una vez un puma atacó al rebaño y tuve que salir a pelearlo con ellos”.
“Cuesta conseguir que los jóvenes se interesen por esta vida. Ojalá que no se pierda esta tradición”.

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