Aumento oportuno
Puesto que las elecciones ya están a pocos días de distancia y el candidato oficial Néstor Kirchner parece necesitar más ayuda, resulta lógico que el presidente interino Eduardo Duhalde juzgara que era un buen momento para repartir dinero entre los votantes, de este modo recordándoles que sus ingresos dependen de la generosidad del gobierno e insinuando que si usan mal su sufragio podrían verse privados de mejoras futuras. Según se ha anunciado, quienes trabajan en el sector privado disfrutarán de un aumento de cincuenta pesos por cabeza, una suma que algunos considerarán módica, pero que los responsables de la medida creen podría resultar suficiente como para dar a la candidatura del santacruceño el impulso que le permitiría alejarse un poco de los demás contendientes. Por cierto, es lo que espera el gobierno que ha estado mirando con inquietud la evolución de la campaña. Si bien conforme a algunas encuestas Kirchner será el mejor ubicado de los cinco candidatos serios, de cambiar de opinión el uno o el dos por ciento del electorado podría llegar tercero o incluso cuarto, perdiendo así la posibilidad de participar en la segunda vuelta, eventualidad que para Duhalde sería catastrófica.
En términos económicos, la recaída en la modalidad corporativa tradicional de ordenar aumentos salariales generalizados desde la Casa Rosada por razones netamente políticas es claramente negativa: mientras que algunas empresas están en condiciones de dar mucho más a sus empleados, otras podrían hundirse. Mal que les pese a Duhalde, Roberto Lavagna y la ministra de Trabajo, Graciela Camaño de Barrionuevo, hoy en día no se puede manejar la economía nacional como si fuera una repartición burocrática colosal, pasando por alto las diferencias entre los diversos sectores, empresas y regiones. También es negativa desde el punto de vista de muchos trabajadores: aquellas empresas que pensaron en la conveniencia de aumentar los salarios de sus empleados podrán resistirse a hacerlo insistiendo en que en la nueva Argentina tales decisiones son tomadas por el ministro de Economía de turno. Sin embargo, en vista de la convicción no oculta de Duhalde y sus colaboradores de que absolutamente todo, desde el salario pagado por un quiosquero a su ayudante hasta la relación futura del país con el FMI, Estados Unidos y la Unión Europea, debería subordinarse firmemente a sus propios intereses políticos coyunturales, no habrá sorprendido a nadie que en vísperas de las elecciones hayan querido hacer pensar a todos que en última instancia el estado de su bolsillo será determinado por la benevolencia oficial. Al fin y al cabo, siempre han actuado así.
Con todo, es una cosa ordenar un aumento preelectoral y otra muy distinta convencer a los votantes de que como contrapartida les corresponderá manifestar su agradecimiento votando por el candidato duhaldista. Según sindicalistas vinculados con los rivales peronistas de Kirchner, la limosna a su juicio mínima que el gobierno acaba de anunciar no debería atribuirse a la munificencia del presidente interino, sino a sus propios esfuerzos en favor de los trabajadores, de suerte que éstos deberían tomarlo por un adelanto de lo que les darán Adolfo Rodríguez Saá o Carlos Menem. Puesto que a los sindicalistas peronistas les parece irrefutable que todo aumento salarial habido y por haber es producto de su propia «lucha», es comprensible que muchos se hayan enojado por la pretensión gubernamental de imputarlo a su voluntad de beneficiar al pueblo obrero.
A esta altura debería ser innecesario señalar que el nivel de los salarios tiene muy poco que ver con la generosidad o mezquindad del presidente de turno, del ministro de Economía o con la combatividad sindical. Depende por completo de la eficiencia de la economía en su conjunto y de la multitud de entidades productivas que la conforman. De lo contrario, los trabajadores argentinos estarían con toda seguridad entre los mejor remunerados del mundo entero, no, como es el caso, entre los más pobres, realidad ésta que es la culminación de más de medio siglo de voluntarismo dirigista oficial y beligerancia sindical politizada puntuado esporádicamente por intentos llamativamente desprolijos de acatar las reglas básicas de la economía moderna.