Baru Baru

Nubarrones económicos y pleitos políticos encendieron luces amarillas en la Casa Rosada.

Por Redacción

de domingo a domingo

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Mariotto y La Cámpora parecen decididos a complicar los planes de Scioli en la provincia y su proyección nacional.

A propósito del caldeado ambiente político, desde una visión crítica, Roberto Lavagna, propuso crear alternativas al gobierno y cerrarle el camino a “las oposiciones ciegas” que –dijo– no son creíbles y colaboraron para que Cristina Fernández, lograse la reelección hasta 2015 con más del 54% de los votos. En eso están empeñados, con diferentes grados de dificultad y organicidad: el socialista Hermes Binner, un constructor metódico de “abajo hacia arriba, del interior al puerto de Buenos Aires” junto con los radicales alfonsinistas a los que les cuesta levantar cabeza y resolver las cuentas internas partidarias; y por el otro lado, el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, quien acaba de acusar a la presidenta de generar “una división entre los argentinos”. Sin ponerse a buscar responsables, es evidente que la sociedad sufre fracturas. Lavagna lo dijo así: “Lo que hay que lograr hoy es que no haya una partición en dos, aunque de hecho es lo que ocurre”. El escenario es dominado por variantes Justicialistas que, al decir del vicegobernador bonaerense, el cristinista Gabriel Mariotto, deberían sintetizarse en una sola fórmula: ser hoy peronista es ser kirchnerista. Nadie desconoce que el ex titular del Comfer trabaja en el armado de un poder que acote al mandatario Daniel Scioli, un “leal a toda prueba” que aspira con su impronta –dialoguista y de centro– a tomar la posta en el próximo turno, para el que por ahora la presidenta no está habilitada constitucionalmente. Las reyertas entre uno y otro se agudizaron. Tanto que la ministra sciolista Cristina Álvarez Rodríguez, afirmó que Mariotto, al respaldar un pedido de informe legislativo impulsados por bloques contrarios contra el Ejecutivo provincial, puso “palos en la rueda” y “violentó” la relación. El esquema de disputa se va dando en otros estamentos oficialistas, donde la irrupción de “La Cámpora” asusta a gran parte de la estructura tradicional que no está dispuesta a ceder posiciones tan fácil. Y por estos días alcanzó un punto de ebullición en el movimiento obrero, donde ya fue blanqueada la ofensiva para desplazar de la CGT a Hugo Moyano. Tampoco aquí resulta sencillo reunir una masa crítica para apoyar al metalúrgico Antonio Caló, otro que fiel a las enseñanzas de Eva Perón, predica una indivisibilidad de clase que se torna impracticable cuando lo que cuestionan algunos de sus compañeros es el mando estratégico de Cristina. En la culminación de la Feria del Libro, Caló se encolumnó. En defensa de los pilares básicos del cristinismo –consumo interno, empleo, reactivación industrial e inversión empresaria–, no dudó en reclamar la recuperación de áreas estatales, como se hizo con YPF y defendió la gestión de “puertas cerradas” impuesta a las importaciones por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, hasta que pase el temporal que llega desde el continente europeo. Luego, la presidenta manifestó su molestia por algunos reclamos gremiales que desatienden, precisamente, sus instrucciones. Se quejó del barullo (baru baru, según el léxico de Moreno), exigió responsabilidad en las discusiones paritarias y pidió a obreros y empresarios que “pongan el hombro” para apuntalar al mercado doméstico. Hubo un palo especial para los moyanistas, que después le retrucaron: señaló que los salarios mejoraron por “el modelo” y no por “las huelgas” y advirtió que si se produjese una eclosión “los dirigentes seguirían viviendo bien” pero quedaría mucha gente común a la vera del camino. También en el último día del acontecimiento literario, otros peronistas trataron de interpretar lo que haría hoy, si viviese, el creador del fenómeno histórico que, con sus bruscas oscilaciones, marca el ritmo de la vida nacional desde hace más de 60 años. Uno de los que se atrevió a ese desafío fue el analista Jorge Castro. Indicó que adelantándose a su tiempo, Perón, quien ubicaba al hombre bajo el libre albedrío, pero sujeto a la evolución mundial con factores naturales no pasibles de control, abogaba esencialmente por la unión nacional para evitar un “pecado mortal”: la guerra civil. Bajo esa premisa, y luego del colapso global de los servicios financieros provocados por la caída de Lehman Brothers, el 15 de septiembre de 2008, según Castro, Perón tendría en cuenta los siguientes elementos: un sistema de poder sin la hegemonía unipolar de Estados Unidos que duró 17 años tras el derrumbe de la comunista Unión Soviética; una plataforma de gobernabilidad dada por el G-20, donde pesan EE. UU., China, India y Brasil (e integra la Argentina); nuevos mecanismos de acumulación global, ahorro e inversión, con eje en los países emergentes (aquí la locomotora la conforman China, India y Brasil), y una revolución tecnológica (que entrañan florecientes culturas y organizaciones políticas y sociales), en la que no se debería desconocer la superioridad de Norteamérica, con el facebook y el twitter y la avanzada sobre fronteras insondables realizada por el desaparecido Steve Jobs.

ARNALDO PAGANETTI arnaldopaganetti@rionegro.com.ar