Brasil en problemas
Aunque la presidenta brasileña Dilma Rousseff ha procurado brindar la impresión de sentirse conforme con más del 41% de los votos que recibió en la primera vuelta electoral, el hecho de que su rival principal –el que para sorpresa de muchos no resultó ser la ecologista Marina Silva sino el socialdemócrata Aécio Neves– haya conseguido el 34% debería preocuparle muchísimo. Para enfrentar el balotaje con confianza Dilma necesitaba una diferencia de por lo menos diez puntos sobre el contrincante más votado. Si bien se prevé que del 21% que apoyó a Marina algunos preferirán no arriesgarse eligiendo a un conservador como Aécio –que, según el oficialismo, los privaría de los subsidios que les han ayudado a salir de la pobreza extrema– otros querrán privilegiar “el cambio” que prometido por los dos candidatos opositores. Como hicieron evidente las manifestaciones de protesta multitudinarias que se celebraron en tantas ciudades brasileñas en vísperas del Mundial de Fútbol, son muchos los que creen que ya se ha agotado el ciclo protagonizado por Luiz Inácio Lula da Silva y, de manera menos exitosa, su sucesora Dilma y que por lo tanto a su país le convendría que el Partido de los Trabajadores dejara el poder. Fue en buena medida merced al hartazgo así supuesto que, por algunas semanas, de acuerdo con las encuestas de opinión Marina pareció destinada a desbancar a Dilma, pero no logró convencer a la mayoría de quienes se habían afirmado dispuestos a darle su voto de que sería capaz de gobernar bien sin el apoyo de una estructura partidaria fuerte. La evolución errática de una campaña electoral en la que Marina primero y Aécio después duplicaron en poco tiempo la intención de voto que les fue atribuida refleja el malestar que se ha apoderado de amplios sectores de la población brasileña. Parecería que la mayoría entiende muy bien que desde hace varios años el gobierno del PT se limita a defender un statu quo nada satisfactorio pero no confía en la capacidad de otro movimiento de mejorarlo. Asimismo, el temor a que cualquier alternativa se dedicaría a desmantelar el sistema benefactor ampliado por Lula ha resultado ser un arma muy eficaz en manos de Dilma, que la usó para destruir las esperanzas de Marina y que, con toda seguridad, tratará de repetir la faena con Aécio como víctima, aunque en su caso sería menos fácil por ser cuestión de un candidato que, en su gestión como gobernador del estado de Minas Gerais, se las arregló para sanear las cuentas sin provocar ningún desastre social. Así y todo, en lo que se suponía era su propio feudo, Dilma se impuso con el 43% de los votos contra el 34% de Aécio. El gobierno del PT logró combinar mejoras sociales a través de programas sociales generosos con un manejo económico considerado sensato, pero el éxito así conseguido fue posibilitado por una coyuntura internacional muy favorable, ya que el “viento de cola” que soplaba desde China tuvo a Brasil entre los países más beneficiados. Puesto que todo hace pensar que el llamado “superciclo” de los commodities ha llegado a su fin y que, para más señas, la Reserva Federal estadounidense está por aumentar las tasas de interés, en adelante Brasil tendrá que depender de la productividad de los distintos sectores económicos que, de acuerdo común, distan de ser competitivos. Lo entienden todos, pero una cosa es reconocer que para reanudar el crecimiento el país necesitaría someterse a una serie de reformas estructurales ingratas y otra muy distinta emprenderlas sin provocar la resistencia de quienes, a menudo con razón, temen estar entre los perdedores. No sólo se trata de las decenas de millones de personas que en los últimos años se han sumado a la clase media gracias a la asistencia pública, sino también a un sinnúmero de empresarios proteccionistas que dependen de un modo u otro de sus vínculos con el poder. Sin embargo, a menos que el próximo gobierno brasileño, sea del PT de Dilma o, como bien podría ser el caso, del Partido Socialdemócrata Brasileño de Aécio, logre producir cambios importantes, a nuestro gran vecino le aguardarían muchos años más de estancamiento que, con suerte, se vería aliviado esporádicamente por el aumento pasajero de los precios de materias primas o de productos agrícolas como la soja.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 8 de octubre de 2014
Aunque la presidenta brasileña Dilma Rousseff ha procurado brindar la impresión de sentirse conforme con más del 41% de los votos que recibió en la primera vuelta electoral, el hecho de que su rival principal –el que para sorpresa de muchos no resultó ser la ecologista Marina Silva sino el socialdemócrata Aécio Neves– haya conseguido el 34% debería preocuparle muchísimo. Para enfrentar el balotaje con confianza Dilma necesitaba una diferencia de por lo menos diez puntos sobre el contrincante más votado. Si bien se prevé que del 21% que apoyó a Marina algunos preferirán no arriesgarse eligiendo a un conservador como Aécio –que, según el oficialismo, los privaría de los subsidios que les han ayudado a salir de la pobreza extrema– otros querrán privilegiar “el cambio” que prometido por los dos candidatos opositores. Como hicieron evidente las manifestaciones de protesta multitudinarias que se celebraron en tantas ciudades brasileñas en vísperas del Mundial de Fútbol, son muchos los que creen que ya se ha agotado el ciclo protagonizado por Luiz Inácio Lula da Silva y, de manera menos exitosa, su sucesora Dilma y que por lo tanto a su país le convendría que el Partido de los Trabajadores dejara el poder. Fue en buena medida merced al hartazgo así supuesto que, por algunas semanas, de acuerdo con las encuestas de opinión Marina pareció destinada a desbancar a Dilma, pero no logró convencer a la mayoría de quienes se habían afirmado dispuestos a darle su voto de que sería capaz de gobernar bien sin el apoyo de una estructura partidaria fuerte. La evolución errática de una campaña electoral en la que Marina primero y Aécio después duplicaron en poco tiempo la intención de voto que les fue atribuida refleja el malestar que se ha apoderado de amplios sectores de la población brasileña. Parecería que la mayoría entiende muy bien que desde hace varios años el gobierno del PT se limita a defender un statu quo nada satisfactorio pero no confía en la capacidad de otro movimiento de mejorarlo. Asimismo, el temor a que cualquier alternativa se dedicaría a desmantelar el sistema benefactor ampliado por Lula ha resultado ser un arma muy eficaz en manos de Dilma, que la usó para destruir las esperanzas de Marina y que, con toda seguridad, tratará de repetir la faena con Aécio como víctima, aunque en su caso sería menos fácil por ser cuestión de un candidato que, en su gestión como gobernador del estado de Minas Gerais, se las arregló para sanear las cuentas sin provocar ningún desastre social. Así y todo, en lo que se suponía era su propio feudo, Dilma se impuso con el 43% de los votos contra el 34% de Aécio. El gobierno del PT logró combinar mejoras sociales a través de programas sociales generosos con un manejo económico considerado sensato, pero el éxito así conseguido fue posibilitado por una coyuntura internacional muy favorable, ya que el “viento de cola” que soplaba desde China tuvo a Brasil entre los países más beneficiados. Puesto que todo hace pensar que el llamado “superciclo” de los commodities ha llegado a su fin y que, para más señas, la Reserva Federal estadounidense está por aumentar las tasas de interés, en adelante Brasil tendrá que depender de la productividad de los distintos sectores económicos que, de acuerdo común, distan de ser competitivos. Lo entienden todos, pero una cosa es reconocer que para reanudar el crecimiento el país necesitaría someterse a una serie de reformas estructurales ingratas y otra muy distinta emprenderlas sin provocar la resistencia de quienes, a menudo con razón, temen estar entre los perdedores. No sólo se trata de las decenas de millones de personas que en los últimos años se han sumado a la clase media gracias a la asistencia pública, sino también a un sinnúmero de empresarios proteccionistas que dependen de un modo u otro de sus vínculos con el poder. Sin embargo, a menos que el próximo gobierno brasileño, sea del PT de Dilma o, como bien podría ser el caso, del Partido Socialdemócrata Brasileño de Aécio, logre producir cambios importantes, a nuestro gran vecino le aguardarían muchos años más de estancamiento que, con suerte, se vería aliviado esporádicamente por el aumento pasajero de los precios de materias primas o de productos agrícolas como la soja.
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