Brasil, las protestas y después…

Por Redacción

HÉCTOR LANDOLFI (*)

Brasil ya no es el territorio que Luis Carlos Prestes (1898-1990) recorría con su Columna rebelde a la espera de una revolución que no llegó. Quedó atrás, también, el Brasil que recibió a Einsenhover (1960), el entonces presidente norteamericano, al grito de “Yankee go home!” El Brasil de hoy dejó de ser el país aislado por su idioma y su historia. De todas formas, los cambios operados por nuestro vecino en el transcurso del siglo pasado no lograron disminuir las tajantes diferencias sociales existentes en su sociedad. Winston Churchill solía decir que entre un personaje de la realeza británica y un estibador del puerto de Londres había algo que los unía. El invisible vínculo que comunicaba a los extremos de la escala social inglesa era el orgullo de pertenecer al imperio británico. Si proyectamos sobre Brasil una visión comparable a la efectuada por el estadista inglés, podríamos decir que el abismo social que existe entre la elite industrial de São Paulo y los habitantes de las bullangueras favelas cariocas está recorrido por un conducto que transporta el orgullo de ser brasileños. Pero cabe preguntarse cómo es posible que este sistema estable esté integrado por componentes tan potencialmente inestables. Y aquí aparece la consistencia explícita del orgullo brasileño que permite unir extremos sociales tan lejanos: el fútbol y el samba, con su epítome, el Carnaval de Río. Sería como la versión tropical de la España cañí. Dilma no se imaginaba (¿problemas con su servicio secreto?) que luego de despedir a Biden y escuchar de boca del vicepresidente norteamericano elogios a los logros sociales y económicos del Brasil –el gran aliado austral de los Estados Unidos– se encontraría con un problema que la descolocó a ella y a toda la clase política: irrumpió en escena la nueva clase media brasileña. Este nuevo personaje protagónico del escenario social es hijo del matrimonio político de Lula y Dilma. Estos padres nunca pensaron que sus hijos, a los que ayudaron a salir de la miseria y los transformaron en incipientes integrantes de una nueva clase media, les iban a pagar de esta forma. Suele ocurrir, los hijos cuestionan con frecuencia a los padres. Dilma, luego de un silencio mayor al aconsejable, dice que escuchará el mensaje de las calles. La presidenta no debería creer que las calles hablan. Las del Brasil actual no son las que ella recorría en su juventud emitiendo consignas ideológicas. Hoy las “ruas” son un lugar donde hablan –en realidad gritan– los integrantes de este nuevo sector social cuando no lo hacen en la inmensa autopista virtual –transitable en todas las direcciones y a cualquier hora del día y de la noche– que son las redes sociales. Marshall McLuhan (1911-80), en su obra Contraexplosión, dice: “La ciudad es obsoleta. Pregunte a la computadora”. La aplicación de este concepto –para entenderlo mejor, cambiemos la palabra “ciudad” por “calle”– del pensador canadiense es lo que hicieron los chicos brasileños. Es posible que los muchachos que exhiben su enojo por las ciudades del Brasil no hayan leído a McLuhan, pero actúan como si lo conocieran. Una corrupción obscena, excesivos gastos en infraestructura deportiva –en desmedro de las inversiones en transporte, salud y educación– y la utilización del fútbol para manejos políticos (una versión “mais grande” de nuestro Fútbol para Todos) son las principales acusaciones que los nuevos actores de la política brasileña le hacen al poder. McLuhan, en la obra citada más arriba, increpa: “Maldita La Página Deportiva, panteón de dioses y arquetipos en escabeche”. Es evidente que el filósofo canadiense fue un precursor al denunciar el manejo político del deporte. Nos equivocaríamos si llegáramos a creer que las manifestaciones se terminan cuando los rebeldes retornen a sus casas. En la intimidad de sus hogares los muchachos volverán a transitar por la “autopista virtual”, lo que les permitirá estar siempre interconectados pues para ellos “los medios de comunicación son extensiones de las personas” (obra citada). Los jóvenes desde la computadora o desde un teléfono, que ya reúne las funciones de una PC, seguirán expresando su repudio a una corrupción enquistada en el poder, reclamarán por mejores servicios de transporte y exigirán una mejor oferta de salud y educación públicas. Dilma debería leer a McLuhan, a quien seguramente ignoró –o posiblemente despreció– en su juventud, obnubilada con viejos textos marxistas. De haberlo hecho entendería que lo que tiene ante sus ojos y oídos es consecuencia de la inmediatez que produce la intercomunicación de los medios electrónicos. Así empezó la primavera árabe: la imagen captada por un teléfono celular de un joven maltratado en una dependencia gubernamental y difundida en forma inmediata, encendió el campo fértil de las redes sociales con las consecuencias que ya conocemos. En Brasil no fue una imagen doliente la que produjo que cientos de miles de jóvenes inundaran las calles ensordeciéndolas con gritos demandantes; fue el mero aumento de unos centavos en la tarifa del transporte público. Llama la atención que los jóvenes no hayan puesto aún la lupa sobre los gastos militares brasileños, comparables a los que realiza una potencia global. “Escuelas y no estadios” es una consigna que se escucha en las manifestaciones. En la medida en que este reclamo prenda en la sociedad brasileña, estará indicando que ya hay muchos en el país que no se obnubilan con el fútbol y estará diciendo que ese cordel invisible que unía los extremos de la sociedad se ha roto. Curiosamente esta pateadura de tablero no la realizó ninguno de los dos integrantes del aludido balance social, fue un tercero en discordia: la nueva clase media brasileña. También sería un error pensar con el viejo criterio “vertical” y llamar “clase” a este nuevo poder que ha atravesado horizontalmente a la sociedad del gigante sudamericano. Se trata de una nueva fuerza de difuso perfil pero contundente y clara en su capacidad operativa y en sus exigencias. Se equivocarán también los políticos si piensan que solamente bajando las tarifas del transporte o agregando un parche correctivo a la realidad que cuestionan los rebeldes podrán frenar esta marea arrolladora. La irrupción de este nuevo sector social modifica las relaciones de poder dentro de la sociedad brasileña. Se trata de barajar y dar de nuevo porque hay un jugador inédito sentado a la mesa del poder. Se abre para Brasil un interrogante futuro con no pocos peligros, pero que contiene también nuevas posibilidades. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina Referencia bibliográfica: McLuhan, Marshall: Contraexplosión, Buenos Aires, Paidós, 1971