Camino a una república que no queremos
El modelo nacional y populista del kirchnerismo encarna un proyecto de cambio social, cultural, político y económico del país. En este modelo la democracia y la república no encajan. La democracia comienza a mostrar atributos de monarquía cuando el poder central atropella la investidura de los representantes elegidos por el pueblo; cuando bajo amenaza se somete a los gobernadores a las decisiones del gobierno nacional, acotándole su autonomía y poder de acción a través del manejo discrecional de los recursos, dentro de un esquema de federalismo fiscal totalmente devastado. “Basta de echarle la culpa a los demás”, dijo la presidenta hace poco en uno de sus monólogos en referencia a quejas de algunos gobernadores. Por supuesto que es responsabilidad de los Ejecutivos provinciales gobernar en sus provincias, pero no nos olvidemos de que estamos organizados constitucionalmente como una república federal, donde el poder central es quien administra y distribuye los recursos de todos los argentinos por delegación de las provincias. Todos los mandatarios provinciales sufren –en mayor o menor grado– el mismo tipo de padecimiento financiero y de falta de respeto hacia sus cargos y personas por parte del gobierno K. Unos deciden dar batalla, aunque saben que están en inferioridad de condiciones: tal es el caso del gobernador De la Sota, quien llevó a la Justicia el tratamiento de la deuda previsional que tiene la Nación con la provincia de Córdoba. Otros en cambio soportan niveles de maltrato y humillación en forma sistemática, como el gobernador Scioli en la provincia de Buenos Aires, y otros pasan de amigos a enemigos acérrimos en forma abrupta, como el caso resonante en estas semanas de Peralta, el gobernador santacruceño. Ahora bien, esto lógicamente no sucedió del día a la noche: fue algo orquestado y planeado a lo largo de la última década y que tiene que ver con un modelo de toma de decisiones hiperconcentrado y personalista que comenzó con Néstor Kirchner y fue sucedido y profundizado por la actual presidenta. Tras varios años de experiencia en relación financiera Nación-provincias, y en particular durante mi período de gestión como Senador nacional por la provincia de Río Negro, he repetido hasta el hartazgo el injusto tratamiento financiero que vienen recibiendo las provincias a raíz del esquema centralista que plantea el gobierno nacional desde el 2003 hasta la fecha y que contradice la vigencia de varias leyes y del mismo mandato constitucional. Los rionegrinos, a quienes represento en el Senado, al igual que tantos otros provincianos de nuestro extenso país, nos vemos actualmente acorralados por una suba en los impuestos provinciales y municipales que no es ni más ni menos que la contracara de este federalismo “virtual”, el cual, lejos de repartir con equidad y justicia, viene concentrando desde hace tiempo recursos en forma arbitraria en manos de la Nación para financiar las maniobras populistas y de concentración de poder del Estado K. No perdamos de vista que el gasto provincial y de los municipios aumenta al ritmo de la inflación (fundamentalmente a través de actualización de salarios e intereses) y los mandatarios subnacionales no disponen de herramientas para hacerse de recursos rápidos para afrontarlos, a diferencia de Nación, que dispone de fondos de la Anses, del financiamiento del BCRA y del Banco Nación y, ahora, –a través de la nacionalización de YPF– de la caja proveniente de la negociación de los recursos hidrocarburíferos, propios de las provincias. ¿A nadie se le ocurrió pensar cuál hubiese sido el destino de nuestro país si no llegaban los Kirchner –aclaremos, en segunda vuelta y con un bajísimo porcentaje de votos– a asumir el poder central en el 2003 y, en cambio, lo hubiese hecho un gobierno menos verticalista, menos corrupto y menos autoritario? Está descontado que hubiésemos gozado de todos modos del fuerte crecimiento económico que se desparramó por toda América Latina, producto del encarecimiento relativo de nuestras exportaciones, basadas en materias primas, pero muchas otras cosas quizás hubiesen sido muy diferentes. Porque, cuidado, a no confundirse, el crecimiento económico lo hicieron posible nuestros ciudadanos, aprovechando una coyuntura internacional favorable a través de su esfuerzo, sus ganas y su creatividad y talento, y no un gobierno que vino de Santa Cruz a mostrarnos cómo hacer magia e intentar perpetuarse en el poder haciendo usufructo de esa misma riqueza que este gran país genera. Hagamos un planteo imaginario, repasando sólo algunos pocos temas clave de la era K, para no excedernos en el uso de este espacio, y en forma cronológica. ¿Podemos imaginar otro gobierno que permita que el índice de inflación y otras estadísticas del sector público sean manipuladas arbitrariamente? ¿Podríamos pensar hace unos pocos años que un tal Sr. Moreno, un exferretero que, junto con un exprofesor de Historia del Pensamiento Económico (el Sr. Kicillof, viceministro de pantalones cortos), serían las dos personas de mayor poder e influencia sobre la política económica del Estado nacional? ¿Cabría en nuestra mente pensar que las bases del cambio cultural que promueve el gobierno están basadas en un absurdo “revisionismo histórico”, el adoctrinamiento de nuestros jóvenes, la presencia del “Nestornauta” en las escuelas, las salidas culturales de los presos, el uso de la cadena nacional para hacer propaganda del Estado? En fin, la lista es muy extensa e incluye el estado bochornoso de la educación y la salud públicas tras una década K, un Congreso obediente, una Justicia miope, el uso indiscriminado de fondos previsionales de la Anses con fines clientelísticos, la creciente inseguridad, violencia y confrontación social que padecemos, varios escándalos de corrupción como el caso Schoklender, el desastroso y fraudulento manejo de la política de transporte del Estado, con consecuencias terribles como el accidente en la estación de Once, el oscuro caso y posterior expropiación de la eximprenta Ciccone que envuelve la figura de nuestro vicepresidente, el Sr. Amado Boudou, el cepo cambiario, las trabas arbitrarias a las importaciones, el hostigamiento personalizado a empresarios, etc., etc. Concluyo convocando desde mi humilde lugar a todos los sectores, políticos, empresarios, sindicales, en fin, a todos aquellos que no se dejen atropellar por este “modelo” –que coarta cada vez más libertades individuales a través del miedo, el acoso o la persecución lisa y llana– y deseen un destino más próspero para nuestro país, a actuar con coraje cívico, defendiéndose y pronunciándose contra quienes pretenden atropellarnos encerrados en un pensamiento único, que además, está a la vista –y el tiempo se encargará de comprobarlo–, no nos conducirá a buen puerto, pues se aleja abismalmente de los principios básicos de cualquier sistema republicano y carece totalmente de racionalidad y sustento. (*) Senador nacional por Alianza Concertación para el Desarrollo de Río Negro
PABLO VERANI (*)