Carrera hacia la nada
El gobierno está convencido de que le conviene mantener una postura desafiante frente a Estados Unidos, los fondos buitre, los medios periodísticos que no forman parte del subsidiado cartel oficialista, el empresariado y las organizaciones del campo, o sea, buena parte del resto del planeta, porque cree que figurar como víctima de la agresión ajena le aportará muchos beneficios políticos. Puede que haya acertado en cuanto a las ventajas políticas de culpar a otros por los problemas locales ya que, en tiempos difíciles, el nacionalismo autocompasivo suele servir para que sectores importantes cierren filas en torno a un gobierno en apuros, pero también incide de forma muy negativa en la evolución de la economía. El gobierno se ha enamorado de los conflictos porque a su juicio lo ayudan a movilizar a su favor la opinión pública, pero sucede que los conflictos motivan incertidumbre y por lo tanto atentan contra la economía. Por cierto, no cabe duda de que han contribuido a hacer todavía más sombrío el panorama económico la sobreactuación de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el canciller Héctor Timerman ante una declaración inocua formulada por el encargado de negocios de la Embajada norteamericana, los ataques virulentos contra distintas empresas de origen estadounidense, una de las cuales se vio acusada de “terrorismo” por caer en bancarrota y en otro caso, el de American Airlines, de ser “buitres con turbinas” por limitar la venta de pasajes a causa del cepo cambiario, los temores ocasionados por la ley de Abastecimiento intervencionista y la noción presidencial de que las fábricas automotrices no tienen ningún interés en vender sus productos porque prefieren “encanutarlos”. La debacle socioeconómica, que sigue agravándose, se debe en buena medida a la obsesión oficial por el corto plazo, es decir, por los titulares de los diarios o su equivalente televisivo del día siguiente. Desde el vamos, una de las características más llamativas de la variante kirchnerista del peronismo ha sido la confianza ciega de sus jefes, tanto Néstor Kirchner como su esposa, Cristina, en su propia capacidad para asegurar que la economía continuara creciendo con rapidez. Parecería que no se les ocurrió vincular la producción con la inversión, preocuparse por el muy rápido aumento del déficit energético o prever que la inflación se aceleraría tanto que ni siquiera los sindicatos oficialistas tomarían en serio los números fabricados por el Indec intervenido. Toda vez que surge un obstáculo el gobierno procura saltar por encima de él, dando a entender que sólo existía en la imaginación opositora. La estrategia oficial consiste en huir hacia adelante con la esperanza de que, de un modo u otro, los problemas terminen solucionándose sin que la presidenta y sus colaboradores tengan que pagar costos políticos significantes. A pesar de todo lo ocurrido últimamente, Cristina sigue resistiéndose a desviarse del “rumbo” que se ha fijado. Según parece, prefiere chocar contra la realidad a considerar la posibilidad de que “el modelo” al que se aferra con tanta tenacidad no sea viable. La torrencial emisión monetaria, maniobras como la supuesta por la quijotesca ley de cambio de domicilio de pago y la probabilidad de que militantes inexpertos traten de apoderarse del manejo de una multitud de empresas privadas no ayudarán en absoluto a mejorar las perspectivas económicas. Por el contrario, garantizan que los próximos meses sean aún más caóticos que los anteriores. El gobierno apuesta a que tanto activismo sirva para brindar la impresión de que los kirchneristas sí están luchando denodadamente por defender el poder adquisitivo de la gente en contra de una horda de empresarios desalmados resueltos a despojarla de lo poco que todavía tiene, pero sorprendería que, fuera de los sectores más pobres de la población, muchos se sintieran aliviados por el espectáculo protagonizado por los militantes o por los rencorosos mensajes difundidos a través de Twitter por la presidenta con el propósito de hacer pensar que todos los problemas nacionales tienen su origen en Washington o Nueva York. Mientras tanto, las dificultades siguen acumulándose y hasta Cristina ha dejado saber que se siente preocupada por el riesgo de que haya estallidos sociales.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 24 de septiembre de 2014
El gobierno está convencido de que le conviene mantener una postura desafiante frente a Estados Unidos, los fondos buitre, los medios periodísticos que no forman parte del subsidiado cartel oficialista, el empresariado y las organizaciones del campo, o sea, buena parte del resto del planeta, porque cree que figurar como víctima de la agresión ajena le aportará muchos beneficios políticos. Puede que haya acertado en cuanto a las ventajas políticas de culpar a otros por los problemas locales ya que, en tiempos difíciles, el nacionalismo autocompasivo suele servir para que sectores importantes cierren filas en torno a un gobierno en apuros, pero también incide de forma muy negativa en la evolución de la economía. El gobierno se ha enamorado de los conflictos porque a su juicio lo ayudan a movilizar a su favor la opinión pública, pero sucede que los conflictos motivan incertidumbre y por lo tanto atentan contra la economía. Por cierto, no cabe duda de que han contribuido a hacer todavía más sombrío el panorama económico la sobreactuación de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el canciller Héctor Timerman ante una declaración inocua formulada por el encargado de negocios de la Embajada norteamericana, los ataques virulentos contra distintas empresas de origen estadounidense, una de las cuales se vio acusada de “terrorismo” por caer en bancarrota y en otro caso, el de American Airlines, de ser “buitres con turbinas” por limitar la venta de pasajes a causa del cepo cambiario, los temores ocasionados por la ley de Abastecimiento intervencionista y la noción presidencial de que las fábricas automotrices no tienen ningún interés en vender sus productos porque prefieren “encanutarlos”. La debacle socioeconómica, que sigue agravándose, se debe en buena medida a la obsesión oficial por el corto plazo, es decir, por los titulares de los diarios o su equivalente televisivo del día siguiente. Desde el vamos, una de las características más llamativas de la variante kirchnerista del peronismo ha sido la confianza ciega de sus jefes, tanto Néstor Kirchner como su esposa, Cristina, en su propia capacidad para asegurar que la economía continuara creciendo con rapidez. Parecería que no se les ocurrió vincular la producción con la inversión, preocuparse por el muy rápido aumento del déficit energético o prever que la inflación se aceleraría tanto que ni siquiera los sindicatos oficialistas tomarían en serio los números fabricados por el Indec intervenido. Toda vez que surge un obstáculo el gobierno procura saltar por encima de él, dando a entender que sólo existía en la imaginación opositora. La estrategia oficial consiste en huir hacia adelante con la esperanza de que, de un modo u otro, los problemas terminen solucionándose sin que la presidenta y sus colaboradores tengan que pagar costos políticos significantes. A pesar de todo lo ocurrido últimamente, Cristina sigue resistiéndose a desviarse del “rumbo” que se ha fijado. Según parece, prefiere chocar contra la realidad a considerar la posibilidad de que “el modelo” al que se aferra con tanta tenacidad no sea viable. La torrencial emisión monetaria, maniobras como la supuesta por la quijotesca ley de cambio de domicilio de pago y la probabilidad de que militantes inexpertos traten de apoderarse del manejo de una multitud de empresas privadas no ayudarán en absoluto a mejorar las perspectivas económicas. Por el contrario, garantizan que los próximos meses sean aún más caóticos que los anteriores. El gobierno apuesta a que tanto activismo sirva para brindar la impresión de que los kirchneristas sí están luchando denodadamente por defender el poder adquisitivo de la gente en contra de una horda de empresarios desalmados resueltos a despojarla de lo poco que todavía tiene, pero sorprendería que, fuera de los sectores más pobres de la población, muchos se sintieran aliviados por el espectáculo protagonizado por los militantes o por los rencorosos mensajes difundidos a través de Twitter por la presidenta con el propósito de hacer pensar que todos los problemas nacionales tienen su origen en Washington o Nueva York. Mientras tanto, las dificultades siguen acumulándose y hasta Cristina ha dejado saber que se siente preocupada por el riesgo de que haya estallidos sociales.
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