Doctor Carlos Luis Urrere y la Clínica Pasteur


Médico radiólogo, santiagueño, arribado en la segunda mitad del siglo XX. Se incorporó a trabajar en la Clínica Pasteur, inaugurada el 19 de octubre de 1970.


La provincia de Neuquén ha tenido el privilegio de ser habitada por numerosos profesionales que arribaron en la década de la creación del Plan de Salud Neuquino y legaron sus conocimientos. El doctor Carlos Urrere nació en Santiago del Estero el 22 de abril de 1943, es hijo de Emilio Urrere (don Sapilo) nacido en 1905, y de María Elena Palmeyro, nacida en 1912 en Taboada, pueblito santiagueño. Se habían casado en 1931 y tuvieron tres hijos: César Suky, que formó su familia con Mercedes Zurita y tuvieron dos hijos: Ricardo y Marisa. María Elena Chony, que formó su familia con Ramón Passone y tuvieron a Ricardo, Pablo, Roberto y María Elena. Carlos formó su familia con Mirta Elena Domene, perteneciente a una familia andaluza radicada en Neuquén en la primera mitad del siglo XX, con la que tuvieron a María Alejandra, María Fernanda, Carlos Luis y Pablo Daniel. Los nietos completan la familia.

El abuelo paterno de Carlos era Eugenio Urrere, inmigrante de Burdeos Francia; lo llamaban “mon cherie”, que significa “mi querido”, recuerda Carlos. Su abuela, Carlota Lami de La Banda. Fueron sus abuelos maternos Emilio de Jesús Palmeiro, español, y Bonifacia Giménez, de un pueblo Fernández, Las Lomitas.

Carlos posee recuerdos enmarcados en esas fincas en las que se cultivaba algodón, alfalfa, lechuga, tomates, sandías, melones entre tantas otras cosas. Nuestro homenajeado cursó la escuela primaria y secundaria en la localidad santiagueña de La Banda: se recibió de maestro. En 1960 se trasladó a estudiar medicina a la Universidad Nacional de Córdoba. En 1970, cuando se inauguró la Clínica Pasteur, estaba en manos de sus socios, los doctores Ángel Nicanor Romero, Beatriz Battisti y Víctor Peláez; el otro socio era el doctor David Abraham, fallecido unos meses antes de la inauguración. En los recuerdos escritos del doctor Peláez se menciona el hecho de que el nombre de la Clínica fue propuesto, durante su construcción, por el querido Abraham, gran admirador del científico Luis Pasteur.

El doctor Peláez había solicitado al doctor Boher un médico radiólogo para su clínica quien le ofreció, al doctor Urrere, trasladarse a Neuquén o a Tres Arroyos, donde también necesitaban un médico de esa especialidad. Eligió nuestra ciudad, vino en septiembre de 1970 a entrevistarse con el doctor Peláez que, con la generosidad que lo caracteriza lo recibió en su casa junto a su esposa, la doctora Beatriz Battisti. Acordaron que regresaría para la inauguración de la clínica.

La familia Peláez le brindó tanta hospitalidad que llegó a ser su familia. Quiso el destino que nunca más partiera de esta ciudad que lo recibió con los brazos abiertos y con muchísimo viento: los cardos rusos pasaban rodando por las calles de tierra, piedritas que volaban del suelo y lo golpeaban, las calles eran una nube de tierra.

Eso lo hizo dudar un poco de establecerse acá, no estaba acostumbrado a este clima. Sin embargo, volvió un día antes del 19 de diciembre de 1970 en que se inauguró la Clínica. En la foto que acompaña el escrito vemos al doctor Pélaez, a la izquierda, y al doctor Urrere.

Cuando Urrere comenzó su labor era médico de rayos, no tenía técnicos, solo una enfermera llamada Cora; la clínica tenía solo planta baja: el primero y segundo piso estaban en construcción. Hoy es jefe del Servicio de Imágenes, donde se incorporó su hijo Carlos Luis, médico radiólogo. Además, trabajan técnicos, enfermeros, secretarias: llegaron a tener ochocientos empleados. Con el tiempo los doctores le ofrecieron venderle su parte y quedó como dueño del servicio. Compró un mamógrafo y luego un tomógrafo.

En la actualidad realiza mamografías, informes.

Tiene grabadas en su mente las anécdotas de su niñez, casi juventud, en Santiago del Estero; aún conserva la tonada de su provincia natal. Cuando terminaban las clases, en diciembre, sus padres lo enviaban hasta marzo a la finca de sus abuelos en Beltrán, un lugar sin las comodidades del agua corriente, con el baño a cincuenta metros de la casa, entre otras cosas, que lo hacían extrañar su vivienda en La Banda y le provocaba angustia.

Historias médicas y de vida, que nacieron juntan y continúan juntas, entrelazadas, contribuyeron al crecimiento de toda una región.