El tránsito en General Roca
Javier Genoud , DNI 17.506.130
General Roca
Nos estamos acostumbrando a algo peligroso: que cada problema social se resuelva con más castigo, más control y multas más altas, mientras casi nadie discute la raíz del problema. En General Roca el tránsito existe desordenado desde hace años. Motos sin control, velocidades absurdas, alcohol al volante, falta de educación vial, calles deterioradas, señalización insuficiente y controles intermitentes. Todo eso es real. Nadie serio puede negarlo.
Pero también es real otra cosa: cada vez que el Estado fracasa en prevenir, aparece después con un esquema punitivo gigantesco para compensar años de abandono. Y ahí empieza el debate incómodo. Porque una sociedad no se ordena solamente a fuerza de sanciones millonarias. Mucho menos cuando el propio ciudadano siente que las normas son ambiguas, el inspector puede interpretar demasiado, las multas parecen imposibles de pagar y el sistema empieza a parecer más recaudatorio que educativo.
El problema no es sancionar al que pone vidas en riesgo. El apuro es cuando la lógica del control empieza a expandirse sobre todo: la bocina, el ruido, el peatón, la bicicleta, el detalle mínimo, la interpretación subjetiva. Entonces ya no queda claro dónde termina la seguridad vial y dónde empieza el exceso de poder. Porque el verdadero riesgo institucional aparece cuando el ciudadano deja de sentir justicia y empieza a sentir persecución. Y eso es grave. Una multa desproporcionada no siempre genera conciencia. A veces genera bronca, descreimiento y distancia con las instituciones. Y cuando la autoridad pierde legitimidad social, el cumplimiento deja de ser respeto y pasa a ser miedo.
La seguridad vial necesita educación constante, infraestructura, estadísticas públicas, controles transparentes y coherencia política. No alcanza con endurecer ordenanzas mientras durante años faltaron campañas, planificación y presencia sostenida del Estado. Además hay una pregunta ética que nadie quiere hacer: ¿las multas están pensadas para cuidar vidas o para equilibrar cajas municipales?
Porque cuando los montos parecen diseñados más para impactar titulares que para corregir conductas, la sospecha social aparece inevitablemente. Y además hay otro debate que la sociedad de Roca hace tiempo debería animarse a dar: el estacionamiento medido. Personalmente nunca estuve de acuerdo con cobrarle al vecino por estacionar en su propia ciudad como si el espacio público fuera una concesión permanente del Estado. Mucho menos cuando, después de años de aplicación, tampoco logró resolver de manera definitiva el problema del orden vehicular.
Porque si el sistema realmente funcionara, el tránsito debería haber mejorado visiblemente hace tiempo. Y sin embargo seguimos viendo caos, doble fila, desorden, falta de controles coherentes y problemas estructurales que nunca se corrigieron. Entonces, ¿el estacionamiento medido nació para ordenar o terminó transformándose en otra herramienta de recaudación cotidiana?
Y ese debate no debería ser tabú. La sociedad también tiene derecho a replantearse si ciertos servicios realmente cumplen la función para la que fueron creados, si son razonables, si son transparentes y hasta dónde puede avanzar el Estado sobre el uso del espacio público. Porque ordenar una ciudad no puede consistir únicamente en cobrar más, multar más y controlar más.
El orden verdadero no nace de la presión constante sobre el ciudadano. Nace de planificación, infraestructura, educación y confianza pública. Argentina se está acostumbrando a gobernar desde la sanción porque hace tiempo dejó de poder gobernar desde la autoridad moral. Y cuando una sociedad naturaliza que todo se arregla castigando más, mientras casi nada funciona mejor de fondo, el problema ya no es solamente el tránsito.
El problema es cultural. Porque cuando una sociedad empieza a aceptar pagar por todo, ser sancionada por todo y ser vigilada por todo, sin que los problemas estructurales realmente desaparezcan, el riesgo es terminar confundiendo administración con sometimiento.
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