Un mundo sin guerras
Alejandro De Muro
DNI 5.081.245
Múñiz, Buenos Aires
Donald Trump estaba solo en su despacho del Salón Oval. La jornada de labor concluía y nada hacía presagiar que la rutina se vería alterada. Sin embargo, sorpresivamente, el teléfono rojo, línea directa con Moscú y reservado para atender asuntos de extremo riesgo nuclear, sonó irritado. Casi insolente. En cuestión de segundos, el semblante del mandatario, hasta entonces distendido, se crispó. La corbata, prolijamente ubicada, abandonó su compostura y el primer botón de su camisa dejó de estacionarse en el ojal de siempre. Levantó el auricular y, del otro lado, Vladimir Putin, en un mal inglés, le informaba que sus misiles y bombas habían sido jaqueados. Más que eso: inhibidos por completo. Le sugirió que verificara si una situación similar afectaba su sistema de armas. Con rapidez, el jefe del Estado Mayor Conjunto confirmó que la red defensiva norteamericana también había colapsado.
Para su consuelo, el fenómeno incluía a países europeos, con potencial atómico, y a China, Corea del Norte e Irán que, con similar poderío, no habían podido zafar de tan insólita circunstancia.
De inmediato, la prensa mundial se hizo eco de un ataque solapado e inédito. Habían trascendido sus efectos pero se ignoraban, aún, los causantes. Ucrania, India y Pakistán, entre otros polos beligerantes, desactivaron sus arsenales porque carecían de insumos. Mágicamente, sus territorios aparecieron envueltos en una inmensa bandera blanca.
Cuando el júbilo crecía y un esperanzando futuro asomaba, un despertador altanero sonó como de costumbre, a las 7 de la mañana, en el hogar de alguien que, a partir de ese momento, volvía a su realidad cotidiana y veía fracasar un sueño forjado entre sábanas. Sus datos de filiación poco importan.
Tal vez sea mejor que no trasciendan para evitarle figurar con el nuevo apellido que logró granjearse: Iluso. Por un breve lapso, fantaseó -y creyó cierto- lo que tantas veces, con los ojos bien abiertos, había anhelado: un mundo sin guerras.
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