Cataluña independiente: ¿fin de la Unión Europea?
HÉCTOR LANDOLFI (*)
Los catalanes poseen una personalidad fuerte y es en su arte donde aparece con énfasis ese rasgo de carácter. Así lo expresan la original arquitectura de Gaudí, generadora de esas casas que son enormes esculturas para vivir; el perturbador surrealismo de la pintura de Dalí, acorde con su alucinada personalidad; el informalismo trascendente de Antoni Tapies y el encantador simbolismo abstracto de Joan Miró. El idioma, más próximo al francés (provenzal) que al español, es otra de las expresiones diferenciales de los catalanes. Pueblo industrioso, su capacidad comercial le permitió burlar el monopolio de Madrid en épocas de la colonia. Las cartas de porte de la mercadería embarcada en Barcelona con destino al puerto de Buenos Aires que han quedado entre nosotros así lo demuestran. No debe sorprender, entonces, que esta definida identidad pretenda tener una expresión política nacional propia. La ancestral referencia a la “Cataluña irredenta” adormecida en el imaginario colectivo catalán se ha despertado y lo ha hecho con fuerza. Cabe entonces preguntarse qué ocurrirá si Cataluña logra su independencia. España es uno de esos países europeos donde los antiguos reinos ejercieron una permanente fuerza centrífuga con respecto al centro capitalino. Dentro de ese equilibrio inestable fueron dos las zonas que tironearon con más fuerza, en dirección opuesta al centro radial, en busca de su independencia: Cataluña y el País Vasco. No sería desatinado pensar que si se separa la pieza catalana del rompecabezas español un efecto dominó se pondría en marcha. Es esto lo que prevé y teme Bruselas (gobierno de la Unión Europea) al adelantarse y decir que, de producirse, la independencia catalana no será reconocida por el gobierno europeo. La réplica inmediata a la escisión catalana se producirá en el País Vasco, que exigiría también su independencia originando el colapso de la España actual. Los vascos de España se transformarían así en el vaso comunicante que introduciría el independentismo en el País Vasco francés trasladando el sismo político ibérico a tierra gala. Esta posibilidad fue vista con claridad por el anterior presidente Sarkozy cuando decidió que Francia dejara de hacerse la distraída en el conflicto vasco. Y ordenó a su policía que colaborara con la Guardia Civil española para combatir a ETA –la organización terrorista-independentista vasca–, alianza que produjo la desaparición del santuario francés para esa banda y una fuerte reducción de su beligerancia. La rígida estructura unitaria de inspiración napoleónica que conforma la Quinta República Francesa, cuyo epicentro es la Ile de France (París), podría comenzar a trastabillar si las pretensiones secesionistas vascofrancesas reactivan el histórico independentismo de los corsos y reavivan la tradicional animadversión de los bretones hacia París. La luminosa Provenza podría sentir nostalgias de su antigua unión con los catalanes y los italianos que viven en la Costa Azul sentirían también añoranzas por su patria originaria. ¿Qué pasará en Italia? En el país más joven e inestable de Europa occidental, añejo en enfrentamientos entre ciudades Estado, las ásperas relaciones entre el norte y el sur –casi dos culturas distintas– se agravarían y la Lega Nord reactivaría su intención de separar la Padania (rica llanura del norte de la península) del resto de Italia. En este escenario el referéndum de independencia que se llevará a cabo en Escocia en el 2014 agregará inquietud a una realidad angustiosa. ¿Qué hará Alemania ante sus desestabilizados socios latinos? ¿Podrán –¿querrán?– los germanos mantener solos la cohesión en el resto de la Unión Europea? Ya no está De Gaulle con la Francia unida tras él que, al tener el único arsenal atómico continental europeo pudo, con esa fuerza disuasiva, compensar el poder económico alemán y forjar junto a los germanos esa Europa de las Patrias como concibió a la Unión Europea el general francés. El armamento nuclear que fue una garantía de seguridad para los franceses y la Europa occidental frente a la presión soviética pasará a ser motivo de temor al quedar dentro de una Francia desestabilizada. En la medida en que una parte de este archipiélago de hipótesis de conflicto se desencadene provocará un estado de desconfianza generalizado que generaría una suerte de guerra civil fría en la Europa occidental. Estamos ante la posibilidad de que suene el aldabonazo que anuncie que el péndulo que hace seis décadas comenzó su recorrido hacia la unidad de la vieja Europa empieza a moverse en sentido contrario, hacia un separatismo de destino incierto. La gran incógnita en este angustioso escenario es cómo reaccionarán Madrid y el resto de Europa si los catalanes logran lo que se proponen. Sólo el futuro podrá responder a esta pregunta, pero cualquiera sea el curso de los acontecimientos asistiremos a una reducción de esa luz que durante siglos Europa proyectó al mundo. (*) Exdirectivo de la industria editorial argentina
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