Comparaciones muy odiosas
Con el propósito de restar importancia a la caída constante y, según parece, irreversible de las reservas del Banco Central, que se aproximan a 37.000 millones de dólares, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner señala que, conforme a las estadísticas, la situación en la que se encuentran Canadá y Australia en dicho ámbito es peor. Si sólo fuera cuestión de medir la cantidad de dólares, euros o lo que fuera que figura como reservas, la presidenta tendría razón pero, como enseguida muchos le recordaron, en el caso de los dos países mencionados se trata de un detalle técnico que no preocupa a nadie, mientras que en el de la Argentina, aislada como está del sistema financiero internacional y con una reputación pésima a cuestas, la fuga de divisas no puede sino motivar alarma. Hay muchos países paupérrimos que están en condiciones de mostrar algunos números que parecen mejores que los de otros con ingresos decididamente más altos; si a sus mandatarios se les ocurriera ufanarse de ellos, sólo lograrían convertirse en blancos de las burlas ajenas, como acaba de sucederle a Cristina, la que, así y todo, ha continuado defendiendo su postura con un tuit tras otro. De todas formas, fue una idea muy mala de parte de la presidenta procurar “derribar algunos mitos” comparando el estado de nuestras finanzas con el de países que en tantos sentidos son equiparables con la Argentina, ya que también son excolonias de dimensiones geográficas enormes pero escasamente pobladas que están dotadas de una abundancia fenomenal de recursos naturales. Mientras que, según virtualmente todos los índices, Australia y Canadá son “proyectos nacionales” sumamente exitosos, a ojos de muchos la Argentina sigue siendo un fracaso rotundo, acaso el mayor del mundo moderno, ya que a pesar de contar con tantas ventajas materiales, su clase dirigente no ha sabido aprovecharlas para crear una sociedad próspera, razonablemente equitativa y bien gobernada. Por el contrario, desde las primeras décadas del siglo pasado, ha retrocedido en comparación no sólo con países anglófonos de características parecidas sino también con vecinos latinoamericanos como Chile y Uruguay. Para más señas, según algunos índices relacionados con la educación a los que la presidenta con toda seguridad no querrá aludir, merced a su “capital humano” Bolivia podría dejarnos atrás en las décadas venideras. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que a juicio de los futurólogos la Argentina sería la gran potencia regional, superando por mucho a Brasil pero, desgraciadamente, nuestras elites políticas, empresariales e intelectuales, se las arreglaron para frustrar las esperanzas de quienes nos vaticinaban un “destino de grandeza”. El evidente interés de Cristina en la evolución económica de Australia y Canadá sería muy positivo si, de resultas de él, ordenara a sus subordinados estudiar el tema con miras a modificar drásticamente el “rumbo”, adoptando, en cuanto sea factible, una estrategia parecida a la elegida por los políticos australianos y canadienses, pero, claro está, la posibilidad de que lo hiciera es virtualmente nula, ya que equivaldría a reconocer que la ideología “nacional y popular” improvisada por los peronistas está en la raíz de la debacle que ha sufrido el país a partir de la Segunda Guerra Mundial y que el gobierno kirchnerista parece resuelto a agravar. Desde el punto de vista no sólo de Cristina y sus admiradores sino también del grueso de los dirigentes opositores, la prioridad no es aprender de lo hecho a través de los años por sus homólogos anglosajones sino, antes bien, luchar contra todo cuanto a su juicio representan, de tal modo defendiendo las presuntas idiosincrasias nacionales. Dicho de otro modo, los kirchneristas, que se ven respaldados en esta “batalla cultural” por buena parte de la intelectualidad “progresista”, de la izquierda, de amplios sectores del radicalismo y de otras corrientes, se han propuesto luchar contra el desarrollo, sacrificando por motivos de orgullo el bienestar de decenas de millones de personas que, de no haber sido por los esfuerzos de generaciones de políticos locales, disfrutarían de ingresos y oportunidades similares a los habituales en Australia y Canadá, en aras de diversas variantes del modelo populista que nunca podrán funcionar en el mundo real.
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