“Córdoba fue laboratorio de la violencia de los 70”

Por Redacción

entrevista: ceferino Reato, autor DE “¡viva la SANGRE!”

–“¡Viva la sangre!” es su cuarto libro sobre la violencia política en los 70. ¿Hay algo que tras este largo proceso de rastreo le vuelve y vuelve, como tema que no le cierra, que digamos “lo persigue”, hay déficit de explicación?

–Yo he hecho aportes. No aspiro a dejar cerrado éste o aquel tramo de semejante y dura historia. La historia se encargará de seguir. Pero sí hay algo que no me persigue pero me vuelve y vuelve: la desaparición de personas como cultura represiva. La naturaleza de esa decisión… el porqué ir por ese lado…

–¿No se explica desde la misma naturaleza del poder que lo decidió, una dictadura que necesitaba disciplinar, descargar odios sobre todo lo que le era diferente, orden para aplicar un modelo económico?

–Yo no niego esa lógica, terrible mire por donde se la mire. Pero me vuelve, por caso, cómo pudieron convencerse de que esa decisión se hundiría en la historia, que no se les volvería jamás en su contra…

–¿Hardindeguy no le dio en parte una respuesta en la entrevista que mantuvo con él?

–Sí, me habló de soberbia en el manejo del poder. Pero así todo, insisto: cómo convencerse de que adoptar ese camino era “la manera” de solucionar el problema… Enmascarar muertes, que en realidad es lo que me dice Jorge Videla en Campo de Mayo para la serie de entrevistas que forman parte de mi anterior libro.

–¿Qué sintió cuando se enteró de que Videla había muerto?

–Nada en especial. Me pareció algo natural por la edad. Al momento de mis entrevistas él tenía 86 años, problemas de corazón, se había caído y fracturado el brazo, el hombro. Lo que me sorprendió fue que, al momento de salir mi libro sobre Videla, muchos kirchneristas lamentaron que no hubiese hablado antes y más, cosa que comparto. Pero rápidamente me sonó falso, porque luego el gobierno nacional lo sacó de Campo de Mayo y lo mandó a una cárcel de máxima seguridad. La señal fue clara: no habla más y no habla nadie.

–Antes de ir a su nuevo libro. Usted no le pudo grabar a Videla, ¿pero cómo recordaba las respuestas de él y cuánto le exigían a usted desde lo profesional en relación con retener los contenidos?

–Anotaba, lo cual implicaba esfuerzo intenso para retener cada palabra. El tema exigía mucho por su naturaleza y proyección histórica. Pero en alguna medida Videla ayudaba porque era muy articulado al organizar las respuestas. Prácticamente no había que crear ninguna edición. Ni una palabra de más, ninguna duda. Fueron nueve encuentros entre octubre del 2011 y abril del 2012.

–Usted le entregaba los originales de lo que iba escribiendo. Él le devolvía el material con observaciones, aclaraciones. ¿Eran sustanciales en relación con el conjunto del tema?

–No. Incluso me devolvió los originales con su firma. O sea, aprobando. Todo ese material está en mi poder. Es cierto, sí, que semanas después de salir mi libro, por sugerencia de familiares y abogados, hizo dos aclaraciones. Yo apelé entonces a mis originales firmados por él y se acabó el tema. En realidad, la familia y los abogados defensores no querían que hablara.

–¿Usted habló con la familia sobre el tema?

–Brevemente con la esposa y uno de sus hijos, que es médico cardiólogo. Hay otros hijos, uno de ellos coronel retirado. Pero lo concreto es que Videla mantuvo la decisión de hablar.

–Leí que el libro sobre Videla era, en principio, un capítulo de su nuevo libro: “¡Viva la sangre!” ¿Es así?

–Sí. Sucedió que cuando comencé a hablar con Videla el tema crecía y crecía. Me di cuenta de que se iba armando un libro con autonomía de cualquier otro trabajo. Cuando le planteé esto, Videla me dijo, fue en la Navidad de diciembre del 2011, “¡un libro…!” Yo le planteé incluso si quería que participara Verbitsky y no le pareció mal… La cuestión es que seguimos hablando, le dije que tenía que ampliar las preguntas. Me contestó que sí, que siguiéramos. Le dije que se tomara el fin de semana para responderme, de lo cual me arrepentí no bien salí de Campo de Mayo porque pensé que terminaría diciendo que no… Pero bueno, seguimos.

–¿Pero desde dónde aquellas entrevistas formaban parte, en principio, de lo que hoy es su nuevo libro: “¡Viva la sangre!”?

–Desde un convencimiento que tengo sobre todo este drama que ha implicado la violencia política en el país: sobre el ejercicio de poder de la dictadura existe mucha investigación plasmada. Hay que seguir trabajando. Pero no ocurre lo mismo con la violencia de los años previos al Golpe, donde la muerte campeó y se tornó una banalidad alentada por derecha e izquierda. Tampoco aquí hay desconocimiento, pero yo reflexiono el tema desde Córdoba como cuna, como la crispación iniciática, organizada, que lleva a la sangría.

–Si se reflexiona a Córdoba desde la expansión de su actividad industrial desde finales de los 50 y antes también, a partir de investigadores como Mónica Gordillo, César Tcha, hay razones para sostener que con ese proceso nacía un sindicalismo clasista, duro que, sumado a lo epocal de los 60 en el ámbito universitario, convergió en un cóctel complejo. ¿Pero a la hora de escribir no estuvo retado por la posibilidad de caer en mucho determinismo en acreditar el papel que acredita a Córdoba en la violencia en cuestión?

–En ningún momento me deslicé a esa duda, tuve otras en todo caso. Pero cuando uno comienza una investigación de un proceso histórico, comienza desde información, puntos de vista más o menos consolidados, percepciones, miradas no cerradas sobre lo sucedido, pero miradas. Entonces, Córdoba se me presentaba en lo que ya investigando corroboré: fue el laboratorio donde germinó el infierno de violencia que luego se expandió. Si ERP y Montoneros apostaron en Córdoba para potenciar y desplegar sus proyectos de poder, la derecha hizo lo mismo. Claro, para este caso, con el amparo del aparato de Estado nacional y provincial a partir del 74.

–Del libro emerge el general Luciano Benjamín Menéndez como un artífice de la organización de la derecha en línea a responder a la izquierda, siempre hablando antes del Golpe. ¿Desde lo organizativo fue el primer mando en alistar en función de lo que vendría después?

–Y… estaba en Córdoba en el 75. O sea, vuelvo a mi definición de Córdoba como laboratorio. Él tiene una mirada que integra lo despiadado para preparar y operar ya desde antes del 76. Cuando llega marzo del 76, él hizo más de lo que ya venía haciendo. Ahora, en cuanto a lo que había que hacer… bueno, el conjunto de los mandos de las tres fuerzas armadas ya lo tenía decidido…

–¿De ahí que usted señala que Menéndez define desde –digamos– mucha racionalidad?

–A lo largo de la segunda metida del 75 Menéndez le da racionalidad de funcionamiento a los grupos de derecha que se enfrentan con la izquierda. Los va colocando lentamente bajo su esfera de decisiones, especialmente al Comando Libertadores de América (CLA), integrado por miembros de la Policía cordobesa, entre otros el comisario Telleldín, padre del inspector general Raúl Telleldín que estuvo involucrado en el caso AMIA. Telleldín padre fue jefe de la D2, la dirección de investigaciones de la Policía provincial que en pleno centro de Córdoba, calle por medio con la Catedral, era un centro de tortura y muerte desde mucho antes del Golpe. El CLA también estaba integrado por oficiales del Tercer Cuerpo de Ejército, entre otros el capitán Héctor Vergez, que escribió “Yo fui Vargas”, su nombre de guerra. Lo que hizo Menéndez, especialmente a partir de septiembre del 75, cuando Isabel Perón lo designó en forma interina interventor en Córdoba, desplazando así a otro hombre de la derecha, el brigadier Lacabanne, fue colocar disimuladamente bajo su decisión a todos los grupos que enfrentaron a la guerrilla. De ahí lo de “racionalidad”… Ya vendría el Golpe y Menéndez tendría las manos libres para seguir con la tarea…

–En cuentagotas, en toda la bibliografía que trata de aquel tiempo, emerge Charlie Moore, militante del ERP; Gorriarán Merlo lo define como traidor al ERP y lo condenan a muerte. Un comisario lo entrevista en Gran Bretaña, donde vive usted ahora. ¿Qué es Moore?

–Un personaje de película. Estuvo más de cinco años preso en la D2, le servía mate a Telleldín, confesó haber colaborado pero no se sentía traidor. Se fugó en el 80. No volvió más al país pero sus declaraciones han sido en algunos casos decisivas en el avance de juicios a represores. Una historia muy particular dentro de toda esta historia… impresionante.

–¿Más que la del caso del “Oso” Ranier que traicionó al ERP durante años (se calcula que envió a la muerte varios centenares de militantes hasta que lo descubrieron) y el ERP lo mató con una inyección, o el caso de Haymal?

– Lo que sucede es que Moore vive y en relación con lo que cuenta de tanto en tanto hay una biblioteca a favor y otra en contra. Haymal, montonero, entregó en Córdoba y tortura mediante, una casa operativa muy importante. Cayó gran parte de la cúpula montonera en la provincia, entre otros Marcos Osatinsky, que fue luego asesinado, y Horacio Mendizábal, murió años después y de su militancia habla Bonazo en “Recuerdos de la muerte”. Haymal salió en libertad. Lo secuestraron los Montoneros y lo fusilaron. Pero figura en los anexos del “Nunca Más” como desaparecido por la dictadura. Y un hijo suyo, nacido después de la muerte de su padre, durante años militó en Hijos, pero un día supo que su papá no había sido asesinado por los militares sino por los Montoneros. Dejó de militar en Hijos… En cuanto al caso del “Oso” Ranier, lo conozco, pero no hizo a mi libro…

CARLOS TORRENGO

carlostorrengo@hotmail.com

Martín Heer