Crisis por venir
Con las elecciones ya a la vuelta de la esquina, es sin duda natural que el gobierno haya optado por esforzarse por hacer pensar que el “modelo” está “blindado” y que por lo tanto no se verá afectado por lo que suceda en el resto del mundo, donde el horizonte está cubierto de densos nubarrones, pero puede suponerse que en privado los asesores de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, encabezados por su compañero de fórmula, el ministro de Economía Amado Boudou, entienden que sí hay muchos motivos para preocuparse. Aunque nada está escrito, parecería que Brasil está preparándose para enfrentar un período de crecimiento más lento y quiere devaluar, por fortuna levemente, el real para no perder demasiada competitividad, que el gobierno de China se verá constreñido a enfriar la economía por miedo a los estragos sociales que causaría un aumento de la tasa de inflación y, desde luego, que Estados Unidos y otros países desarrollados se han resignado a que tendrán que transcurrir años antes de que logren liberarse de las deudas enormes que han acumulado. Por cierto, de confirmarse las previsiones pesimistas que han formulado la jefa del FMI, Catherine Lagarde, y el titular del Banco Mundial, Robert Zoellick, según las cuales la economía internacional está entrando en una “zona de peligro” que podría resultar tan agitada como la dominada por la crisis financiera del 2008, la Argentina no podría sino sentir el impacto, ya que depende mucho de la venta de commodities y de los acuerdos comerciales con Brasil. Si bien últimamente los lobbistas empresarios de la Unión Industrial, con toda seguridad impresionados por los resultados de las elecciones primarias, se han puesto a manifestar su confianza ilimitada en las bondades del “modelo” fraguado por los kirchneristas en base al heredado del presidente interino Eduardo Duhalde, otros son más escépticos, de ahí la fuga constante de capitales que el viernes pasado alcanzó tanta intensidad que el gobierno tuvo que intervenir en el mercado cambiario para impedir una devaluación abrupta del peso. A pesar de los intentos oficiales de convencer a los ahorristas de que la propensión ya tradicional a “blindarse” contra los eventuales disgustos económicos comprando dólares ya no tiene sentido, tanto los grandes empresarios como “el chiquitaje” siguen confiando más en la divisa estadounidense que en la nacional, razón por la que en la primera mitad del año se adquirieron casi 12.000 millones de dólares. Dicha tendencia ha sido fortalecida, un tanto paradójicamente, por la incertidumbre que ha provocado la expectativa ya generalizada de que en octubre Cristina pueda festejar un triunfo electoral aún más cómodo que el de agosto y por las alusiones de la presidenta y del ministro de Economía a la próxima “profundización” del modelo. A juicio de algunos, dicha profundización podría incluir, entre otras cosas, una devaluación para que las empresas nacionales sean más competitivas frente a sus rivales de otras partes del mundo, en especial de Brasil. De acuerdo común, siempre y cuando la economía mundial no caiga en otra “gran recesión”, el país está en condiciones de enfrentar con éxito el desafío que le plantearían una merma moderada de los ingresos supuestos por la exportación de soja y otros productos agrícolas o la desaceleración relativa de la economía brasileña que está en marcha. En cambio, de verificarse las previsiones de quienes advierten que la crisis en la Eurozona está por agravarse mucho, puesto que países como Grecia, Portugal e Irlanda, además tal vez de España e Italia, no podrían continuar ajustándose por mucho tiempo más, que los problemas de Estados Unidos seguirán complicándose y que China aún no es lo suficientemente rica como para desempeñar el papel de locomotora internacional, un “modelo” ya inflacionario basado en privilegiar el consumo no tardará en verse en dificultades muy serias. Aunque es de esperar que los vaticinios de los pesimistas resulten absurdamente exagerados y que, para alivio de todos, no se produzca la temida recaída en recesión de buena parte del mundo, es claramente necesario que los encargados de manejar la economía nacional se preparen para hacer frente a una coyuntura internacional que nos sea mucho menos favorable que la que ha regido desde mediados del 2002.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Miércoles 7 de septiembre de 2011
Con las elecciones ya a la vuelta de la esquina, es sin duda natural que el gobierno haya optado por esforzarse por hacer pensar que el “modelo” está “blindado” y que por lo tanto no se verá afectado por lo que suceda en el resto del mundo, donde el horizonte está cubierto de densos nubarrones, pero puede suponerse que en privado los asesores de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, encabezados por su compañero de fórmula, el ministro de Economía Amado Boudou, entienden que sí hay muchos motivos para preocuparse. Aunque nada está escrito, parecería que Brasil está preparándose para enfrentar un período de crecimiento más lento y quiere devaluar, por fortuna levemente, el real para no perder demasiada competitividad, que el gobierno de China se verá constreñido a enfriar la economía por miedo a los estragos sociales que causaría un aumento de la tasa de inflación y, desde luego, que Estados Unidos y otros países desarrollados se han resignado a que tendrán que transcurrir años antes de que logren liberarse de las deudas enormes que han acumulado. Por cierto, de confirmarse las previsiones pesimistas que han formulado la jefa del FMI, Catherine Lagarde, y el titular del Banco Mundial, Robert Zoellick, según las cuales la economía internacional está entrando en una “zona de peligro” que podría resultar tan agitada como la dominada por la crisis financiera del 2008, la Argentina no podría sino sentir el impacto, ya que depende mucho de la venta de commodities y de los acuerdos comerciales con Brasil. Si bien últimamente los lobbistas empresarios de la Unión Industrial, con toda seguridad impresionados por los resultados de las elecciones primarias, se han puesto a manifestar su confianza ilimitada en las bondades del “modelo” fraguado por los kirchneristas en base al heredado del presidente interino Eduardo Duhalde, otros son más escépticos, de ahí la fuga constante de capitales que el viernes pasado alcanzó tanta intensidad que el gobierno tuvo que intervenir en el mercado cambiario para impedir una devaluación abrupta del peso. A pesar de los intentos oficiales de convencer a los ahorristas de que la propensión ya tradicional a “blindarse” contra los eventuales disgustos económicos comprando dólares ya no tiene sentido, tanto los grandes empresarios como “el chiquitaje” siguen confiando más en la divisa estadounidense que en la nacional, razón por la que en la primera mitad del año se adquirieron casi 12.000 millones de dólares. Dicha tendencia ha sido fortalecida, un tanto paradójicamente, por la incertidumbre que ha provocado la expectativa ya generalizada de que en octubre Cristina pueda festejar un triunfo electoral aún más cómodo que el de agosto y por las alusiones de la presidenta y del ministro de Economía a la próxima “profundización” del modelo. A juicio de algunos, dicha profundización podría incluir, entre otras cosas, una devaluación para que las empresas nacionales sean más competitivas frente a sus rivales de otras partes del mundo, en especial de Brasil. De acuerdo común, siempre y cuando la economía mundial no caiga en otra “gran recesión”, el país está en condiciones de enfrentar con éxito el desafío que le plantearían una merma moderada de los ingresos supuestos por la exportación de soja y otros productos agrícolas o la desaceleración relativa de la economía brasileña que está en marcha. En cambio, de verificarse las previsiones de quienes advierten que la crisis en la Eurozona está por agravarse mucho, puesto que países como Grecia, Portugal e Irlanda, además tal vez de España e Italia, no podrían continuar ajustándose por mucho tiempo más, que los problemas de Estados Unidos seguirán complicándose y que China aún no es lo suficientemente rica como para desempeñar el papel de locomotora internacional, un “modelo” ya inflacionario basado en privilegiar el consumo no tardará en verse en dificultades muy serias. Aunque es de esperar que los vaticinios de los pesimistas resulten absurdamente exagerados y que, para alivio de todos, no se produzca la temida recaída en recesión de buena parte del mundo, es claramente necesario que los encargados de manejar la economía nacional se preparen para hacer frente a una coyuntura internacional que nos sea mucho menos favorable que la que ha regido desde mediados del 2002.
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