Cristina contra el mundo



No cabe duda alguna de que el gobierno nacional desacataba, de forma ostentosamente provocativa, el fallo del juez Thomas Griesa con el presunto propósito de obligar al magistrado a elegir entre confesar su propia impotencia, y la de la Justicia norteamericana, por un lado y, por el otro, intentar reafirmarla. Pues bien, logró su objetivo. Aunque, para sorpresa de nadie, el magistrado optó por mantenerse en sus trece, lo que, dadas las circunstancias, tuvo que hacer, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner reaccionó frente a la decisión de declarar al país en desacato como si no la hubiera esperado, para entonces atribuirla a la presunta voluntad de Washington de “voltearla” por medios criminales. Parecería que la mandataria ya no teme ser blanco de los terroristas del Estado Islámico, como había aseverado días antes, sino de sicarios al servicio del gobierno de Barack Obama. “Si me pasa algo”, advirtió, “que nadie mire hacia Oriente, miren hacia el Norte”. Es una acusación sumamente grave. ¿Existen pruebas de que Estados Unidos está conspirando en su contra o sólo es cuestión del olfato de una presidenta que no quiere ser considerada “ingenua”? Convendría que nos informara más acerca de la hipotética conjura norteamericana que acaba de denunciar. Puede que estar formalmente en “desacato” según Griesa no tenga muchas consecuencias negativas concretas para un país que ya se ha visto excluido de los mercados financieros internacionales por razones desvinculadas del problema con los fondos “buitre”, pero el que la presidenta haya decidido hacer de la crisis económica que tantos estragos está provocando un episodio más de su supuesta lucha contra “el imperio” sí es preocupante. Se da el riesgo de que el gobierno se haya propuesto subordinar todo al conflicto con la superpotencia por suponer que, merced a los eventuales beneficios políticos que le reportarían los enfrentamientos, pueda seguir negándose a tomar medidas antipáticas destinadas a frenar la inflación rampante, conservar lo que todavía queda de las reservas o restaurar un mínimo de orden fiscal. Al fin y al cabo, si los kirchneristas se creen capaces de hacer pensar que Estados Unidos es el culpable de todos los males, podrían llegar a la conclusión de que cuanto peor resultara ser la situación económica del país, mejor sería para quienes se imaginan defensores de la soberanía nacional y popular amenazada, según ellos, por enemigos externos. El primer fallo de Griesa a favor de los holdouts motivó desconcierto no sólo aquí sino también en el resto del mundo. Aunque quienes habían seguido la evolución del pleito entendieron muy bien que Cristina y distintos miembros de su gobierno se habían esforzado por enemistarse con el juez, diciéndole en efecto que no soñarían con acatar un fallo que no les complaciera, comprendían que estaba en juego mucho más que las deudas impagas de un país habituado a caer en default. De haber aprovechado a tiempo la actitud asumida no por dirigentes de países marginales sino por el FMI, los encargados de asuntos económicos de la administración norteamericana, líderes europeos y una multitud de economistas tan “ortodoxos” como liberales, Cristina pudo haberse ahorrado el golpe que le asestó Griesa que, antes de sentirse indignado por la falta de respeto del gobierno kirchnerista, había procurado ayudar a la Argentina. Asimismo, en los días que siguieron a aquel fallo, el gobierno aún estaba en condiciones de atenuar su impacto, pero a Cristina le resultó irresistible la tentación de hacer del tema un casus belli. Como suele suceder cuando un mandatario en apuros apuesta al fervor nacionalista con la esperanza de exportar una crisis ocasionada por su propia ineptitud, subió en las encuestas el nivel de aprobación de Cristina, pero al darse cuenta la mayoría de que los costos de la aventura serán con toda seguridad muy elevados, ya que la industria está en caída libre, el consumo baja mes tras mes, la inflación sigue cobrando fuerza y casi todos saben que mermará su poder adquisitivo mientras que muchos perderán su empleo, las ventajas pasajeras así conseguidas se redujeron con rapidez. Por cierto, si la transición resulta aún más agitada de lo que la mayoría esperaba, no será por las hipotéticas maniobras de Obama sino a causa de la inoperancia combativa de Cristina.

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