Cuando la plata se agota
Aunque a juicio de los técnicos es inobjetable la decisión del gobierno de “poner punto final” a la ley de convertibilidad, aquella reliquia de la década de los noventa del siglo pasado, para poder echar mano al dinero del Banco Central sin preocuparse por la necesidad de contar con reservas suficientes para respaldar toda la base monetaria, quienes no comulgan con el oficialismo atribuyen la propuesta en tal sentido a la falta de otras fuentes de financiación. Como dijo el ex presidente del Banco Central, Martín Redrado, la razón por la que “van por todas las reservas” es que “nos quedamos sin plata. El sueño terminó”. Que esto haya ocurrido dista de ser sorprendente. Debido a la resistencia del gobierno a reducir el abultado gasto público que tanto lo ha ayudado a consolidar su supremacía política y lo difícil que le está resultando encontrar el dinero que precisa para hacer frente a la importación de cantidades cada vez mayores de combustible, además de usar reservas para pagar deuda porque aún no se ha reconciliado con el mercado de capitales internacional, el país se ha internado en un callejón sin salida evidente y por lo tanto tendrá que resignarse a convivir con una tasa de inflación que en otras latitudes se consideraría insoportable y que, tal y como están las cosas, podría subir en los próximos meses al intensificarse la “sintonía fina”. Si bien voceros del Banco Central insisten en que se conservará la prohibición de indexar formalmente que, de más está decirlo, equivale a institucionalizar la inflación, los distintos agentes económicos continuarán reaccionando frente a los cambios resultantes del proceso inflacionario que con toda seguridad seguirá cobrando fuerza. La verdad es que, frente a los aumentos constantes de los precios, no les quedará más alternativa que adaptarse automáticamente a las circunstancias. Durante las fases iniciales de la gestión kirchnerista, la combinación de una devaluación acompañada por un ajuste caótico que resultó ser mucho más brutal que los recomendados por el FMI, con un cambio sumamente favorable de las condiciones externas, que se había producido cuando Eduardo Duhalde estaba en la Casa Rosada, sirvió para permitir una recuperación macroeconómica vigorosa que por algunos años no amenazó los “superávits gemelos”, el comercial y fiscal. Sin embargo, los integrantes del gobierno del presidente Néstor Kirchner y de su sucesora, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, lograron convencerse de que la situación excepcional así supuesta constituía un nuevo paradigma, uno imputable al “modelo” populista que habían heredado, y que por lo tanto estaba destinado a perpetuarse. La voluntad de los Kirchner y sus simpatizantes más decididos de aferrarse a un esquema que creían exitoso, jurando una y otra vez que nada los haría modificar el rumbo, puede entenderse. En todas partes los políticos actúan del mismo modo: la gravísima crisis en la que están debatiéndose los países ricos se debe a la resistencia prolongada de sus gobernantes a abandonar estrategias que por mucho tiempo les habían brindado resultados muy positivos. Huelga decir que para ellos los costos de negarse a cambiar a tiempo ya han sido muy altos. También lo serán para nosotros. La historia económica de la Argentina consiste en etapas de expansión eufórica seguidas por caídas estrepitosas después de las cuales el país, con más pobres que antes, consigue levantarse para disfrutar de otro boom de consumo. No existen motivos para suponer que en esta ocasión todo será distinto. Incluso el Indec ha registrado últimamente una fuerte desaceleración en el sector industrial, la inflación no muestra señales de estar por frenarse, las medidas atropelladas para defender el superávit comercial están provocando un sinfín de problemas en el “aparato productivo”, escasean las inversiones, desmantelar el sistema arbitrario de subsidios será difícil y el intento de hacerlo ya está repercutiendo en el presupuesto de millones de familias y, desde luego, la necesidad de comprar energía a precios de mercado –justo cuando éstos están subiendo a causa de las convulsiones que agitan el Medio Oriente– no podrá sino tener un impacto negativo en las cuentas nacionales.