¿Cuándo nos volvimos tan sucios?

Por Redacción

Hubo un día en que nos volvimos mugrientos sin que nadie nos avisara. Un momento preciso en el que los que vivimos en Buenos Aires comenzamos a integrar la basura al paisaje y a vivir cada día pisando, oliendo, pateando desechos al mejor estilo “Feos, sucios y malos” con naturalidad o, en el mejor de los casos, con resignación. ¿Ponemos una fecha? Pongamos: diciembre del 2001 y el borde del abismo. El momento en que los olvidados del sistema se hicieron carne y el cartoneo, una industria. Cuando la mitad de la Argentina se cayó del mapa y la otra mitad tiraba de la cuerda como podía para no caer. Cuando naturalizamos el caos urbano provocado por los cortes y las protestas y el apocalipsis como telón de fondo de nuestra vida ciudadana. Pasaron trece años y aún seguimos nadando en medio de la basura y, peor, a veces parece que acostumbrados a hacerlo. Aprendimos que la basura era aquello que se desechaba, lo que no debíamos ver de los otros, lo que no se mostraba; era lo que restaba de la vida cotidiana, aquello que salía o decidíamos despreciar, lo impresentable. Como no debía verse, se la envolvía con discreción y cuidado. Basura eran (aún hoy lo son) los desechos de nuestra privacidad, lo putrefacto y lo inútil, la materia que va a descomponerse y también esa otra de la que por distintos motivos decidimos desprendernos. Los que revolvían la basura existieron siempre y aunque a principios de los 90 ya hubiera mojones del oficio y la práctica en diferentes barrios, tampoco se los veía tanto. Recién en 2001 pasaron a ser foto clave de la nueva urbanidad herida por la crisis y su práctica de manipulación resultó en la permanente exposición de los residuos, visibles siempre entre bolsas rotas o desperdigados por las calles. Cuando hablo de la ciudad sucia no estoy hablando de ecología ni de campañas ni de tratamientos para los residuos: esos puntos se los dejo a los que saben. Me interesa preguntar qué pasó con nosotros, los que habitamos Buenos Aires y decidimos que esos espacios que son de todos (y deben ser cuidados por todos) no son de nadie y que la exhibición obscena de la basura y el afeamiento de la ciudad forman parte de nuestra agenda. Hablo de los que dejamos de guardar los papeles en los bolsillos o la cartera hasta encontrar el lugar apropiado para deshacernos de ellos y ya tampoco les enseñamos a hacerlo a nuestros hijos. Los que decidimos que no importa dejar la caca del perro en la vereda porque igual da lo mismo; los que convivimos con toda clase de podredumbre a diario; los que, en definitiva, adquirimos conductas en las calles y en los espacios públicos que nunca tendríamos en nuestro living ni en la cocina. Con mi familia vivimos en una esquina y hace rato que vecinos de todos los costados y por motivos que desconozco se acostumbraron a dejar sus residuos en la puerta de casa, de manera clandestina, muchas veces con bolsas impresentables y que terminaban rotas por los perros, lo que nos obligaba a hacerles el trabajo (sucio) a los vecinos (sucios), es decir, acomodar nuevamente basura ajena de manera apropiada. La dinámica nos lo enseñó: en cuanto alguien deja una bolsa con residuos algo inusuales en un lugar es como si marcara un territorio a llenar de mugre. A los dos segundos hay más bolsas, alguna cama desvencijada, materiales utilizados para alguna obra menor, plantas podadas… Siempre pensé que era curioso y hasta contradictorio que a mis vecinos les molestara tener la basura a sus puertas pero que en cambio no les resultara inquietante que la esquina de sus casas, por donde pasan todos los días, se convirtiera en un basural. Durante este tiempo vivimos episodios dignos de Seinfeld, como turnos de espionaje severo tras las cortinas; estrategias de anzuelos para ver quién dejaba las bolsas o carteles patéticos escritos bajo el influjo del odio que intentaban ser disuasivos. Esperábamos infructuosamente el avance de la civilización que no llegaba hasta que dos semanas atrás advertimos con alivio que habían dispuesto los contenedores en el barrio. Ilusos, imaginamos que ese dispositivo iba a devolver automáticamente la civilidad perdida. Error. Muchos siguen dejando la basura en la puerta de su casa pese a tener al lado, enfrente o a unos metros el dichoso contenedor. Y algunos siguen dejándola en la puerta de la mía. Las mismas personas que se desesperan cuando hay un volquete cerca y lo llenan de desperdicios no ven los contenedores a centímetros de sus cejas. El cuidado y la limpieza de los espacios públicos son producto de la educación y de las normas, pero también de las multas. En las ciudades más desarrolladas no hay superpersonas, lo que hay son campañas, conciencia y castigos para quienes incumplen las reglas y es todo esto junto lo que construye los hábitos. Entre nosotros hay algo enigmático detrás de tanta potencia autodestructiva de los espacios comunes. Porque mientras patinamos sobre basura de otros, seguramente si se hiciera una encuesta nadie respondería que le da lo mismo habitar un lugar limpio que uno rodeado de desperdicios. Es más, la enorme mayoría de quienes no contemplan ningún cuidado por la limpieza de su ciudad seguramente no sería así de displicente en Frankfurt o Helsinki, por ejemplo. Lo pensé el otro día, a partir de un episodio menor. Vi cuando la rubia salió del local, ahí cerquita del Cid Campeador, y subió glamorosa a su auto nuevo y caro. Se sentó, lo puso en marcha y al mismo tiempo bajó la ventanilla. Fue entonces cuando armó un bollo con unos papeles de golosinas y los tiró a la calle, mientras ponía primera y arrancaba. Pensé en acercarme, en bromear irónicamente con eso de “se te cayó un papel”, pensé de todo, pero no hice nada. Pega fuerte el temor a ser tratado de buchón o a quedar pagando porque, en lugar de avergonzarse ella, podría terminar comiéndome un insulto yo. Será que ante temas imperativos como el hambre y la desocupación hablar de la limpieza de las calles se convirtió en una frivolidad insignificante, una necedad burguesa o, llevado a un lenguaje más contemporáneo, a los debates que se dan en Argentina, será que la limpieza de las calles o nuestro vínculo con la basura se convirtió en un tema de la derecha, tan amante del orden. Apena que por pensar de ese modo estemos así, en medio de la basura, creyendo que la calle es de nadie y calladitos la boca cuando lo verdaderamente necio es creer que sólo a los burgueses y a la gente de derecha les gusta caminar por ciudades con calles y plazas limpias. Mientras termino de escribir, veo por la ventana que alguien volvió a dejar basura en la puerta de casa. El contenedor se mata de risa. Parece que falta mucho. (*) Periodista

Opiniones

Hinde Pomeraniec (*) @hindelita (Periodista) – Especial para “Río Negro”