Daniela Morales, de la tragedia al desamparo

La joven de 19 años encontró a su madre y a su abuelo brutalmente asesinados.

Por Redacción

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Daniela lleva ojos tristes, la mirada cansada. Tiene la “pinta” de una adolescente despreocupada, incluso coqueta, pero son esas dos pequeñas bolas acuosas las que insinúan un pasado trágico. Su existencia cambió invariablemente hace un año y dos meses, en un feriado del 24 de septiembre, un feriado que había tenido para ella mucho de festivo y que acabó en shock, con su casa rodeada de policías, ella temblando, entendiendo sin entender que sus días ya no serían los de antes. Fue cuando halló en un charco de sangre los cuerpos de su madre y de su abuelo. Con el paso del tiempo, la tragedia cambia de forma, de estado, de características. La primera tragedia de Daniela fue no conocer a su padre. La segunda, saber que su padre siempre tuvo una familia, una esposa, hijos y que poco hizo para conocerla. La tercera, el violento asesinato de su madre Estela y su abuelo Vicente Morales. Y en la actualidad tener la certeza de que el o los criminales quizá caminan junto a ella en el centro de Cipolletti, toman juntos el colectivo, compran las mismas cosas en un supermercado. La impunidad, uno de los karmas de esta ciudad rionegrina, le revuelve las entrañas. “Cuando los encontré asesinados, entré en una película”, cuenta Daniela con un hilo de voz. Hija única, la relación con su madre tenía una profunda simbiosis porque Estela asumió los dos roles paternos, la cobijó con fervor, la crió y malcrió, le hizo olvidar ausencias y males del pasado. A Daniela la arrancaron de su centro de gravedad y ahora levita en busca de respuestas, de soluciones, detrás de abogados, con una hija que se quedó sin abuela, viviendo un pesado presente, tapada por el pasado. Ese 24 de septiembre del 2012 salió a pasear con Sofía, su pequeña hija de un año y medio. La niña se hamacó en la plaza y “vivió una de sus mejores tardes. Era una nena que se reía poco, pero ese día se divirtió como nunca”, relata la joven madre. El día llegó hacia el crepúsculo. Daniela se sorprendió porque Estela no le escribía. “Pensé que se había enojado y volví”. La noche era tranquila en la cuadra de Juan José Paso 128, en el barrio Del Trabajo de Cipolletti. Encontró la puerta sin llave y a la sorpresa le siguió el espanto al descubrir el cuerpo de su abuelo, aplastado por una bolsa de cal, bañado de rojo tragedia. Agonizaba, se quejaba. “Aguante abuelo”, dijo ella. Miró hacia atrás, turbada, y su madre esta vez no la esperaba con un beso y los mates calientes. Yacía, inerte, ensangrentada y tapada con ropa sucia de la cabeza a la cintura. “Entré en una película y no veía más allá de los cuerpos. No sé si la casa estaba desordenada o qué más había. Pensé que el atacante estaba adentro y corrí con mi nena del brazo para la calle. Gritaba pero nadie me escuchaba. Soy Daniela Morales asesinaron a mi mamá”, dice que decía. Desde ese momento su vida se precipitó. Daniela comenzó a toparse, en muchos sentidos, con lo peor de la condición humana. Primero sospecharon de su novio, luego de algunos familiares lejanos y con el tiempo los asesinos se hicieron humo. La causa quedó paralizada, ella tuvo que mudarse, deambuló, sin familia y con casi nada de ayuda de sus otros familiares. Sólo le dio una mano la mejor amiga de su madre. Se deprimió, la separaron de su hija y ahora, ya mejor, estable, cursando estudios universitarios, vive con su Sofía e intenta armar una segunda vida con su pareja, el padre de la nena. Pero las imágenes vuelven. La memoria es muchas veces un animalito ingobernable. Por eso es que recuerda que el viernes anterior al asesinato habían robado en lo de unos vecinos. Esa tarde, Daniela se subió a un taxi y vio a dos muchachos que no eran del barrio. Cuando se enteró del asalto habló con la Policía y describió a los sospechosos. Estela no quería pero Daniela, de carácter fuerte y convicciones firmes, le respondió: “Cipolletti siempre se queda cayado, nadie sabe nada. Odio esa forma de pensar y por eso yo voy a contar lo que vi”. Paradójicamente dos semanas después, con su madre y abuelo ya asesinados, nadie aportó ni siquiera un dato sobre el atacante. La Policía presume que el criminal conocía a sus víctimas y que entró a la casa de la calle Juan José Paso sin ejercer violencia. La muchacha volvió a entrar a la casa en diciembre. Todavía estaba la torta de manzana que Estela había cocinado esa tarde y que se supone comió una o dos porciones el asesino. Vicente, de 83 años, vivía en el departamento de atrás. Los investigadores creen que escuchó los gritos de su hija e intentó socorrerla. Llegó hasta el garaje y allí también fue atacado. Lo extraño es que los vecinos dicen que no escucharon gritos ni ruidos que llamaran la atención. La Policía comenzó a investigar todos los vínculos de la familia y así fue que indagaron sobre el padre de Daniela. Se encontraron en la sede de la Brigada de Investigaciones de Cipolletti. El hombre ya tenía una familia, mujer, otros tres hijos. Daniela los visita aunque con muy poca frecuencia. La relación no fluye, es difícil. La tragedia los puso cara a cara por primera vez. La segunda vida es hasta aquí una dura carga para ella.

La noche del 24 de septiembre del año pasado Estela y Vicente Morales aparecieron brutalmente asesinados en su casa.

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La joven contó lo que significa vivir después de una tragedia.

Juan Cruz García garciajcruz@rionegro.com.ar sebastian busader sbusader@rionegro.com.ar