“De anomia en anomia”
Es una verdadera pesadilla o una maldición que cayó por siempre sobre este país, Argentina. Parecería que estamos condenados a vivir en la “anomia” (falta o ausencia de normas). En realidad, deberíamos hablar de “falta de respeto a las normas” ya que las leyes existen, sólo que siempre fue un deporte nacional –a todos los niveles– infringirlas o abdicar en el poder político y de policía para aplicarlas. Durante la época de las dictaduras, y en particular la última, la falta de respeto a las normas se vio plasmada en las torturas, asesinatos y desapariciones forzadas de personas, verdadero horror del cual la sociedad civil no supo o no quiso imponer su poder ciudadano para impedirlos y llevar las cosas por el cauce de las normas judiciales como hubiera sido deseable en una sociedad civilizada. Hoy la anomia se pone de manifiesto por la falta de acción del Estado, de su justicia, para poner en cauce los atropellos a las libertades individuales y a los derechos que asisten a toda persona de bien que habite la República Argentina, tales como circular libremente por las rutas sin que terminemos, en el mejor de los casos, despojados de nuestros bienes y desgraciadamente en general violados o asesinados; a poseer una propiedad bien habida sin correr el riesgo de ser usurpada o tomada; de circular por espacios públicos limpios y en seguridad por rutas y caminos donde se respeten las normas de tránsito. La lista es muy larga, el lector Saura agregará lo que falta. El asesinato de las turistas francesas en Salta, hoy el de otro veraneante en plaza San Martín, el del odontólogo en el camino al lago Pellegrini, la violación y robo a la pareja de turistas en la ruta a Casa de Piedra de los últimos días, el triple crimen de Cipolletti aún impune y tantos hechos de violencia y muerte que se han sucedido y desafortunadamente siguen ocurriendo aquí y en todo el país me hacen pensar que podría ser muy ilustrativo realizar la sumatoria de estas muertes y violaciones de gente inocente y comparar su resultado con las ocurridas, denunciadas y condenadas en parte durante las dictaduras pasadas. Quizás nos demos cuenta de que hay mucho para peticionar a las autoridades; quizás hasta lleguemos a la conclusión de que la falta de aplicación de las leyes, el abandono a nuestra propia suerte por parte de las autoridades encargadas de hacerlas cumplir, del que somos víctimas los ciudadanos honestos, enfrentados al crimen en total desventaja, constituyan un crimen de lesa humanidad. El número de víctimas puede llegar a valores que permitan clasificar al fenómeno como genocidio, entendiendo que (*) “es el exterminio de un grupo de personas, en este caso decentes y honestas. Desde mi óptica personal se está llevando a cabo un desplazamiento y exterminio de las personas decentes en favor del crecimiento de un grupo de aquellos que no se adaptan y asumen el orden de las normas y leyes del Estado. En esencia, humanamente, ¿qué diferencia existe entre la tortura y asesinato político, y la tortura seguida de muerte de ancianos abuelos jubilados para robarles sus ahorros? ¿Por qué no utiliza la misma energía para perseguir a estos torturadores de hoy, que la que se emplea con los de ayer? No me contesten con el tecnicismo de que los de ayer los perpetraba el Estado y los de hoy ciudadanos comunes; quiero una respuesta desde lo humano. Con esto no estoy pidiendo indulgencia con los de ayer, faltaba más, estoy diciendo que el delito sea medido y juzgado con la misma vara y condenado con la misma energía. No quiero decir con esto que el Estado esté perpetrando las muertes por sí, pero con su total desprecio por las normas legales y su inacción frente al delito está “conscientemente” (porque no lo ignoran) dejando desarrollarse las condiciones para que otras personas lleven a cabo ese genocidio. ¿Esto podría por lo menos considerarse complicidad y ser denunciado ante tribunales internacionales? Dicho esto pregunto: ¿Cuándo, como sociedad, nos vamos a decidir a poner fin a este estado de cosas, aquí me refiero a todo tipo de anomia desde el crimen y asesinato hasta el tirar la basura en la calle, incluso el ticket del peaje, pasar los semáforos en rojo, etc.? ¿Cuándo nos “indignaremos” los argentinos por este tipo de atropellos, no sólo los pasados sino también los presentes y planteemos un nunca más para ellos también? ¿Aprenderemos alguna vez las lecciones de la historia? Enrique L. Nègre LE 8.568.700 Cinco Saltos * El genocidio es un delito, que comprende cualquiera de los actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal; estos actos comprenden la matanza de miembros del grupo, lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo, sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial.
Enrique L. Nègre LE 8.568.700 Cinco Saltos
Es una verdadera pesadilla o una maldición que cayó por siempre sobre este país, Argentina. Parecería que estamos condenados a vivir en la “anomia” (falta o ausencia de normas). En realidad, deberíamos hablar de “falta de respeto a las normas” ya que las leyes existen, sólo que siempre fue un deporte nacional –a todos los niveles– infringirlas o abdicar en el poder político y de policía para aplicarlas. Durante la época de las dictaduras, y en particular la última, la falta de respeto a las normas se vio plasmada en las torturas, asesinatos y desapariciones forzadas de personas, verdadero horror del cual la sociedad civil no supo o no quiso imponer su poder ciudadano para impedirlos y llevar las cosas por el cauce de las normas judiciales como hubiera sido deseable en una sociedad civilizada. Hoy la anomia se pone de manifiesto por la falta de acción del Estado, de su justicia, para poner en cauce los atropellos a las libertades individuales y a los derechos que asisten a toda persona de bien que habite la República Argentina, tales como circular libremente por las rutas sin que terminemos, en el mejor de los casos, despojados de nuestros bienes y desgraciadamente en general violados o asesinados; a poseer una propiedad bien habida sin correr el riesgo de ser usurpada o tomada; de circular por espacios públicos limpios y en seguridad por rutas y caminos donde se respeten las normas de tránsito. La lista es muy larga, el lector Saura agregará lo que falta. El asesinato de las turistas francesas en Salta, hoy el de otro veraneante en plaza San Martín, el del odontólogo en el camino al lago Pellegrini, la violación y robo a la pareja de turistas en la ruta a Casa de Piedra de los últimos días, el triple crimen de Cipolletti aún impune y tantos hechos de violencia y muerte que se han sucedido y desafortunadamente siguen ocurriendo aquí y en todo el país me hacen pensar que podría ser muy ilustrativo realizar la sumatoria de estas muertes y violaciones de gente inocente y comparar su resultado con las ocurridas, denunciadas y condenadas en parte durante las dictaduras pasadas. Quizás nos demos cuenta de que hay mucho para peticionar a las autoridades; quizás hasta lleguemos a la conclusión de que la falta de aplicación de las leyes, el abandono a nuestra propia suerte por parte de las autoridades encargadas de hacerlas cumplir, del que somos víctimas los ciudadanos honestos, enfrentados al crimen en total desventaja, constituyan un crimen de lesa humanidad. El número de víctimas puede llegar a valores que permitan clasificar al fenómeno como genocidio, entendiendo que (*) “es el exterminio de un grupo de personas, en este caso decentes y honestas. Desde mi óptica personal se está llevando a cabo un desplazamiento y exterminio de las personas decentes en favor del crecimiento de un grupo de aquellos que no se adaptan y asumen el orden de las normas y leyes del Estado. En esencia, humanamente, ¿qué diferencia existe entre la tortura y asesinato político, y la tortura seguida de muerte de ancianos abuelos jubilados para robarles sus ahorros? ¿Por qué no utiliza la misma energía para perseguir a estos torturadores de hoy, que la que se emplea con los de ayer? No me contesten con el tecnicismo de que los de ayer los perpetraba el Estado y los de hoy ciudadanos comunes; quiero una respuesta desde lo humano. Con esto no estoy pidiendo indulgencia con los de ayer, faltaba más, estoy diciendo que el delito sea medido y juzgado con la misma vara y condenado con la misma energía. No quiero decir con esto que el Estado esté perpetrando las muertes por sí, pero con su total desprecio por las normas legales y su inacción frente al delito está “conscientemente” (porque no lo ignoran) dejando desarrollarse las condiciones para que otras personas lleven a cabo ese genocidio. ¿Esto podría por lo menos considerarse complicidad y ser denunciado ante tribunales internacionales? Dicho esto pregunto: ¿Cuándo, como sociedad, nos vamos a decidir a poner fin a este estado de cosas, aquí me refiero a todo tipo de anomia desde el crimen y asesinato hasta el tirar la basura en la calle, incluso el ticket del peaje, pasar los semáforos en rojo, etc.? ¿Cuándo nos “indignaremos” los argentinos por este tipo de atropellos, no sólo los pasados sino también los presentes y planteemos un nunca más para ellos también? ¿Aprenderemos alguna vez las lecciones de la historia? Enrique L. Nègre LE 8.568.700 Cinco Saltos * El genocidio es un delito, que comprende cualquiera de los actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal; estos actos comprenden la matanza de miembros del grupo, lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo, sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial.
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