De visita
Aunque desde el punto de vista del gobierno del presidente Eduardo Duhalde la decisión de los jefes del FMI de enviar al país una «misión de avanzada» encabezada por el británico John Thornton, un funcionario menos influyente que su colega indio Anoop Singh, ha servido para confirmar que su relación con la entidad que vela por las finanzas mundiales es muy buena, la verdad es que la denominación un tanto extraña que fue elegida para calificarla refleja el escepticismo que impera en Washington en cuanto a las posibilidades de alcanzar con las autoridades argentinas un acuerdo que sea mutuamente satisfactorio. Es que si bien pocos días transcurren sin que intercambien mensajes funcionarios como el ministro de Economía, Roberto Lavagna, y representantes del FMI, a nadie en el exterior se le ocurriría tomarlos por «negociaciones». Antes bien, se trata de pedidos de ayuda de parte de nuestros representantes y pretextos para postergar una respuesta de parte de los voceros del Fondo. Lo entiendan o no aquellos izquierdistas y nacionalistas que siguen afirmando que el país no logrará progresar hasta que haya roto con el FMI, en términos prácticos la ruptura ya se produjo hace varios meses; a partir de entonces, estamos viviendo con lo nuestro que, desafortunadamente, no es mucho. Por cierto, de no haber sido por la ruptura de facto así supuesta, no nos visitaría una «misión de avanzada» encargada de preparar el terreno sondeando a los dirigentes locales a fin de averiguar si están dispuestos a tomar medidas capaces de reflotar una economía que según parece dista de haber «tocado fondo».
Si bien es de suponer que el interés renovado del FMI y por lo tanto de Estados Unidos por las vicisitudes de nuestra economía se ha visto estimulado por los esfuerzos gubernamentales por cumplir con algunas condiciones previas como la planteada por la derogación de la ley de «subversión económica», el motivo principal consistirá en que la crisis que ha provocado tantos estragos aquí amenaza con resultar mucho más contagiosa de lo que habían previsto los expertos del «Primer Mundo». Que el Uruguay se haya visto afectado por la implosión de su vecino no habrá ocasionado demasiada sorpresa por tratarse de un país muy pequeño que depende en buena medida de la Argentina, pero la posibilidad ya nada teórica de que el Brasil también haya comenzado a enfermarse no puede sino preocupar a quienes habían querido creer que el caso argentino era sui géneris, de suerte que sería ínfima su incidencia en el resto de la región.
Después de todo, si resulta que el colapso de la economía argentina ha sido el primer síntoma de lo que sería una epidemia continental que pusiera fin a las esperanzas de que América Latina se transformara en una región próspera democrática y capitalista, entre los perjudicados estarán todos aquellos técnicos fondomonetaristas, además de muchos funcionarios norteamericanos, que hasta ahora cuando menos han procurado minimizar la importancia de nuestras desgracias, atribuyéndolas exclusivamente a la irresponsabilidad crasa de una clase política a su juicio mediocre y miope. Tal diagnóstico conservaría su validez, pero sucede que en muchos países, entre ellos Estados Unidos, «los políticos» no suelen ser llamativamente superiores a sus homólogos argentinos aunque, claro está, por lo común cuentan con la ventaja de haberse formado en el contexto de culturas políticas y económicas que son decididamente más «modernas» que la nuestra y por lo tanto se han acostumbrado a obrar con mayor sensatez. De todos modos, en Washington son cada vez más los que temen que la crisis argentina, que en un primer momento creyeron sería superada mediante la devaluación del peso seguida por la flotación, tendrá consecuencias muy graves no sólo económicas y humanitarias, sino también políticas que de modo alguno se limitarán al territorio nacional. De ser así, les resultaría necesario pensar en programas de ayuda que sean mucho más ambiciosos que los propuestos en el pasado porque, caso contrario, América Latina dejaría de constituir una «socia» valiosa de Estados Unidos para convertirse en una inmensa zona hostil y rencorosa que andando el tiempo le ocasionaría tantos problemas de todo tipo como el Medio Oriente.
Aunque desde el punto de vista del gobierno del presidente Eduardo Duhalde la decisión de los jefes del FMI de enviar al país una "misión de avanzada" encabezada por el británico John Thornton, un funcionario menos influyente que su colega indio Anoop Singh, ha servido para confirmar que su relación con la entidad que vela por las finanzas mundiales es muy buena, la verdad es que la denominación un tanto extraña que fue elegida para calificarla refleja el escepticismo que impera en Washington en cuanto a las posibilidades de alcanzar con las autoridades argentinas un acuerdo que sea mutuamente satisfactorio. Es que si bien pocos días transcurren sin que intercambien mensajes funcionarios como el ministro de Economía, Roberto Lavagna, y representantes del FMI, a nadie en el exterior se le ocurriría tomarlos por "negociaciones". Antes bien, se trata de pedidos de ayuda de parte de nuestros representantes y pretextos para postergar una respuesta de parte de los voceros del Fondo. Lo entiendan o no aquellos izquierdistas y nacionalistas que siguen afirmando que el país no logrará progresar hasta que haya roto con el FMI, en términos prácticos la ruptura ya se produjo hace varios meses; a partir de entonces, estamos viviendo con lo nuestro que, desafortunadamente, no es mucho. Por cierto, de no haber sido por la ruptura de facto así supuesta, no nos visitaría una "misión de avanzada" encargada de preparar el terreno sondeando a los dirigentes locales a fin de averiguar si están dispuestos a tomar medidas capaces de reflotar una economía que según parece dista de haber "tocado fondo".
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