«El mayor desperdicio del tenis argentino»: el neuquino que volvió del retiro tras 11 años y hoy rompe récords en el ranking ATP
Esa frase la dijo el extenista y entrenador Fabián Blengino al recordar a Nicolás Jara Lozano, que dejó la actividad en 2010 siendo una promesa. Años después, volvió a competir y logró algo inédito: sumar puntos ATP a los 37 años, luego de más de una década afuera de las canchas.
En medio de la pandemia, Nicolás Jara Lozano estaba tranquilo en su casa cuando le empezaron a llegar mensajes: «Poné ya el vivo de Instagram que están haciendo Guido Pella y Fabián Blengino, que están hablando de vos», recordó el «Colo» en diálogo con Río Negro.
Junto a su mujer, entraron a escuchar. Y ese charla lo marcó. Pella, que llegó al puesto 20 del ranking ATP, le preguntó a Fabián -entrenador de referencia del tenis argentino- por algún jugador que podría haber tenido una gran carrera y que, por algún motivo, desapareció. Blengino no dudó: «Nunca supe más nada del Colo. El mayor desperdicio del tenis argentino». Pella remató:«¿Te acordás lo fuerte que le pegaba? Yo odiaba jugar con él, me cagaba a palos».
A sus 34 años, escuchó eso en el living de su casa en Neuquén. Hacía más de diez años que no tocaba una raqueta. Y ahí le picó el bichito para volver a competir.
El chico de Neuquén que quería ser ingeniero
La historia empieza cuando tenía nueve años. El Colo iba los fines de semana a la Asociación Española de Neuquén: su padre había vendido una chacra y la familia había vuelto a concurrir al club. Apareció un profesor de tenis, sus amigos se anotaron y él se sumó casi sin pensarlo. «No tenía en el radar jugar al tenis. A esa edad yo tenía planificado ser ingeniero agrónomo», contó entre risas.
A los seis meses de empezar, ganó su primer torneo selectivo. A los diez, viajó a su primer Nacional por equipos. Lo que siguió fue una carrera meteórica desde la Patagonia: número uno de Argentina en sub-16 y sub-18, en singles y dobles, compartiendo categoría con Juan Martín Del Potro, Leonardo Mayer, Horacio Zeballos y Eduardo Schwank, entre otros.
«Hoy, siendo adulto, digo: mierda, seguramente jugaba un huevo y por ahí uno no se daba cuenta». Pero Neuquén quedaba lejos. Los centros de tenis estaban en Buenos Aires, Córdoba y Rosario. «No estaba la infraestructura que hay hoy, y los mismos profesores de esa época no te enseñaban a convivir con que vos eras uno de los buenos, sin importar si estabas en Neuquén o en cualquier parte». Por eso, a los 17 años se vio obligado a mudarse solo a tierras porteñas.
Un partido que hizo eco en el circuito
A sus 18 años recién cumplidos, llegó a la segunda ronda de una qualy en Buenos Aires. Del otro lado de la red estaba Máximo «Machi» González, que era 160 del mundo en singles, con el tiempo llegó a ser 10° en dobles y era el gran favorito de los futures de la época.
En la otra esquina, alentándolo, estaban David Nalbandian, Pico Mónaco, el Flaco Chela y Mariano Zabaleta, todos pegados al alambrado. «Me temblaban las manos. Decía: me están mirando estos tipos».
Machi le ganó el primer set 6-1. En el segundo, con el marcador 4-4, le quebraron el saque. En ese momento, en vez de caerse, hizo clic. «Me empecé a soltar y le pegué de todos lados». Recuperó el quiebre, ganó el set 7-5 y el tercero lo fue a buscar punto a punto: 7-6.
A partir de ahí empezaron a hablar del «neuquino». Le ganó al propio Pella, a Pablo Cuevas, a Leonardo Mayer y a Horacio Zeballos, entre otros. En dobles, una semana antes de que Argentina jugara Copa Davis contra Suecia, él y su compañero vencieron en un Challenger a Lucas Arnold y Federico Browne, los doblistas designados.
Además, reveló una anedcota personal. En entrenamientos en Tandil, un joven Juan Martín Del Potro -con 18 años- le decía que quería pegarle a la derecha como él. «Yo me cagaba de risa porque pensaba que me estaba jodiendo», confesó.
El momento en que todo se frenó
A fines de 2009, con un ranking cercano al 300 del mundo, tenía programada una gira de Challengers, la única que se hacía en Sudamérica: los Petrobras, nueve semanas seguidas. Tenía lugar en los cuadros principales. Solo faltaba una cosa: 49.000 dólares para los pasajes y toda la logística.
No los juntó. Sus padres, que lo habían acompañado desde los diez años, tampoco llegaron. Se quedó compitiendo en Argentina, perdiendo partidos que sentía propios. La moneda siempre caída del otro lado. Las conversaciones con su padre empezaron a cambiar: «No me decía que dejara de jugar, pero sí: si ya no tenés más ganas de seguir luchando, venite a Neuquén y empezá a trabajar».
«No me empezaron a salir las cosas, un día me canse y le dije a mi viejo: sabés qué, me vuelvo a Neuquén. En vez de insistirme y decirme ‘pero para, llegamos hasta acá’, me dijo buenísimo, ¿cuándo?». En enero de 2010 hicieron la mudanza. Nicolás guardó la raqueta. No como un gesto dramático, sino porque la vida siguió: trabajo, pareja y, en 2014, el nacimiento de su hijo.
«No es que tuviese bronca o frustración. Simplemente no me llamaba. Era otra vida». Durante once años, lo más cerca que estuvo del tenis fue verlo por televisión.
Las empanadas, el regreso y un hito histórico
Después de aquel video de Pella y Blengino, algo se movió. Ahí empezó a tomar forma la idea de volver a competir. Se jugó un Pro Tour en Neuquén –el primero en Argentina después de la pandemia- y Nicolás se anotó. Tenía 34 años y más de una década sin pisar el polvo de ladrillo. Llegó a la final.
Al poco tiempo, un entrenador local lo llamó para pelotear con jugadores de la región. En ese momento, Nicolás tenía un taller propio de detailing de autos y una rutina estable.«Yo estaba laburando, tenía mi taller y estaba muy tranquilo. Pero me convenció y empecé a pelotear con los chicos», recuerda.
A las dos semanas de volver a pegarle a la pelota, su cuerpo había bajado tres o cuatro kilos. A los dos meses, ya no podían sostenerle el ritmo. «Los pibes no entendían nada. Tenían 19 años y yo ya tenía 34. Salían de la cancha diciendo: ‘¿con quién perdí?».
Fue en ese momento cuando entendió que no era solo una vuelta pasajera: quería competir otra vez. Para juntar plata para sus primeros futures en Córdoba, Nicolás y su mujer -a quienes, junto a su hijo, define como «su verdadero equipo»- vendieron empanadas. La idea fue de ella, que es chef. «Mi tarea era pelar y cortar la cebolla. Llegué a pelar 40 kilos en un día. Me quedaron los ojos cerrados y los dedos amarillos», recordó.
En 2024, casi por casualidad, se enteró de que en su propio club se jugaba un M15, sorprendido por qué no le habían avisado. Fue a firmar sobre el cierre, ganó la pre-qualy y en el cuadro principal venció 6-3, 6-3 al número uno juvenil de Sudamérica.
Con ese triunfo, volvió a sumar puntos ATP a los 37 años y se convirtió en el argentino de mayor edad en lograrlo en singles y en un caso único en el circuito: regresar al ranking tras más de una década de retiro total.
Hoy: clases de mañana, torneos de tarde, 39 años
El día a día de Nicolás es difícil de explicar sin que suene a fábula. Muy distinto al de los jóvenes con los que compite, que se dedican 24/7 al tenis. El «Colo» da cinco, seis o siete horas de clases por día. Con el tiempo que le queda, entrena: canastos de saque, frontón y trabajos físicos.
«Si vos vieras cómo entreno, me dirías que es imposible». No tiene sparring fijo y, en muchos aspectos -salvo en lo físico-, es su propio entrenador. Además, cuenta con el apoyo de su mujer, que lo asesora con la nutrición y los suplementos para optimizar su rendimiento.
En los torneos UTR donde compite –con jugadores que rondan el puesto 200 o 300 del ranking ATP– llega después de haber dado clases toda la mañana. Y aun así cosecha buenos resultados.
«El partido más corto duró una hora cincuenta. El más largo, tres horas cuarenta. Con 34 grados y 90% de humedad en Córdoba». Dos de sus rivales terminaron con desgarros. «Los mismos pibes me decían: ‘Colo, ¿cómo hacés? No te puedo creer».
En febrero de 2025 entró a su primer UTR como preclasificado número 16. Dos torneos después, ya era el número 3. Ahora, Su plan inmediato incluye los UTR de Córdoba a principios de abril y los futures M15 de Luján en mayo, con el objetivo de volver a sumar puntos en el ranking y meterse de lleno otra vez en el circuito. El desafío ahora es económico: «es difícil, pero no imposible».
Además, su objetivo va más allá de lo personal. Quiere demostrar que es posible construir una carrera desde Neuquén. «Hoy no es necesario ir a Buenos Aires para dedicarte al tenis de manera profesional. Entrenemos todo desde acá y que de acá salgan a competir», afirmó.
Lo que le diría al Nicolás de 2010
La pregunta final es inevitable: ¿qué le diría al Nicolás que guardó la raqueta hace más de 15 años? «Que sea rebelde y que no le haga caso al entorno. Solo eso». Hace una pausa y sigue: «Estoy seguro de que, si no hubiera dejado de jugar, podría haber sido uno de los grandes protagonistas del tenis argentino a nivel mundial. De esos que ves peleando torneos grandes, ganándole a los Rublev o a Nadal», aseguró.
Que sea rebelde y que no le haga caso al entorno»
El consejo que Nicolás le daría al joven que tuvo que abandonar sus sueños allá por el 2010.
Lo dice sin amargura. Lo dice porque hoy, a los 39, siente que puede competir. «Ya no lo llamo confianza. Lo veo como una realidad».
Desde Neuquén. Dando clases por la mañana, peloteando por la tarde, siendo padre y esposo por la noche. El único caso documentado de un jugador que volvió al ranking ATP después de once años de retiro total sigue compitiendo. Y, según él, recién está empezando.
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