Después de Saddam

Por Redacción

Con el colapso de la autoridad en Bagdad del régimen sanguinario de Saddam Hussein, ha sido virtualmente concluida la parte más sencilla, la militar, de lo que muchos funcionarios norteamericanos esperan resultará ser la transformación de Irak de una dictadura peligrosa y extremadamente brutal en una democracia ejemplarizadora, ?próspera y pacífica?, cuya evolución incida de forma muy positiva en todo el mundo islámico. De ahora en adelante, Estados Unidos y Gran Bretaña tendrán que hacer frente a un sinnúmero de factores sumamente complejos para no perder lo logrado con facilidad para algunos sorprendente en el campo de batalla en el terreno resbaladizo y traicionero de la política mediooriental. Ya han cometido algunos errores gruesos como el supuesto por el despliegue de banderas norteamericanas en las calles de la capital iraquí: aunque los mandos prohibieron enseguida tales manifestaciones de orgullo estadounidense, las imágenes difundidas dieron a los convencidos de antemano de que se trataba de una expedición imperialista en busca de botín todas las pruebas que necesitaban. También es patente la necesidad de restaurar cuanto antes un mínimo de ley y orden en las grandes ciudades sin por eso tratar con rigor excesivo a los revoltosos y de emprender la depuración de la administración preexistente distinguiendo claramente entre los criminales y los muchos que meramente cumplieron tareas burocráticas rutinarias. Al no procurar frenar los saqueos, las tropas angloamericanas ya han merecido los reparos de muchos iraquíes que se sienten víctimas de su permisividad. Asimismo, como han anunciado el presidente norteamericano George W. Bush y el primer ministro británico Tony Blair, les incumbe ayudar a organizar sin demora una administración aceptablemente representativa interina para que sus fuerzas ?no permanezcan en Irak un día más de lo necesario?.

Por ser cuestión de un país de etnias distintas y de tradiciones religiosas diversas, la creación de un sistema político viable les plantea un desafío enorme. Para que les resulte aún más difícil, tendrán que tomar en cuenta las actitudes asumidas por el resto de los árabes, por los iraníes y los turcos que por sus propios motivos podrían oponerse a una auténtica democracia iraquí en la que todos los sectores disfrutaran plenamente de derechos que han sido negados a los habitantes de otros países de la misma región. En efecto, el gobierno turco ya ha dejado sentado que no le gustaría para nada que los kurdos iraquíes gozaran de la autonomía que los aliados deberían garantizarles porque su ejemplo estimularía a los kurdos de Turquía a exigir ?privilegios? similares. Se trata de la clase de conflicto en la que ciertos gobernantes europeos hacían hincapié cuando se oponían a la guerra: tenían razón, la democracia puede resultar peligrosa para los comprometidos con el statu quo, pero sucede que no será posible establecer un orden tolerable en el Medio Oriente a menos que todos los pueblos, entre ellos el kurdo, vean satisfechas sus aspiraciones legítimas.

Ya antes de iniciarse la guerra, norteamericanos, británicos, franceses, alemanes, rusos y otros se pusieron a ?debatir? en torno de su propio papel en la reconstrucción del Irak que surgiría después de la eliminación de Saddam, con los europeos continentales, encabezados por el presidente Jacques Chirac, insistiendo en que tal trabajo sea confiado por completo a la ONU. Aunque dicho organismo está en condiciones de suministrar ayuda humanitaria, sus antecedentes cuando de la administración de territorios se trata distan de ser brillantes, de suerte que es poco probable que Bush permita que Irak sea convertido en una especie de protectorado bajo la égida de la ?comunidad internacional? como en efecto ha propuesto su aliado principal, Blair. De todos modos, el que tanto los norteamericanos como los británicos se hayan comprometido públicamente con la independencia de Irak hace pensar que en última instancia las decisiones más significantes relacionadas con ?la reconstrucción? serán tomadas por los iraquíes mismos, lo cual, tal vez, será una pésima noticia para los gobiernos y empresarios de aquellos países que hasta vísperas de la caída de Saddam brindaban la impresión de querer conservarlo en el poder.


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