Después del 11-S

Redacción

Por Redacción

A diez años de los devastadores atentados terroristas contra Nueva York y Washington en los que murieron casi tres mil personas, Osama bin Laden está muerto, Al Qaeda ha sido virtualmente desmantelado y, si bien nadie ignora que en cualquier momento podrían producirse más ataques islamistas igualmente mortíferos en territorio norteamericano, hasta ahora todos los muchos intentos de llevarlos a cabo se han visto desbaratados. En este sentido, por lo menos, puede considerarse exitoso el aparato de seguridad inmenso que se creó después del “11-S” y que tantas críticas ha merecido de parte de los muchos que creen que el gobierno del entonces presidente George W. Bush aprovechó la oportunidad brindada por los terroristas para conculcar una multitud de derechos ciudadanos. Asimismo, aunque los costos de la “guerra contra el terror” –además de la invasión de Afganistán e Irak– han sido muy altos, según las pautas tradicionales no han sido excesivos. Por cierto, es una exageración decir que los problemas económicos que está sufriendo Estados Unidos son una consecuencia directa de la intervención militar en otras partes del mundo, ya que los gastos en defensa alcanzan apenas el 5% del producto bruto. Sin embargo, en tiempos de austeridad, todo gasto presuntamente innecesario parece excesivo y, en el clima actual, abundan los norteamericanos que están convencidos de que la crisis económica es el resultado de un esfuerzo contraproducente por reconstruir la cultura política y social de países que son irremediablemente subdesarrollados y que tienen muy poco en común con Estados Unidos. La reacción inicial de los norteamericanos frente al desafío supuesto por el terrorismo islamista consistió en contraatacar, pero mientras que las guerras convencionales suelen terminar con la rendición formal del país derrotado, como en los casos de la Alemania nazi y el Japón imperial, un conflicto contra un enemigo tan difuso y esquivo como una red terrorista que se aglutina en torno a una idea es posible que dure décadas e incluso siglos. Puede que Al Qaeda haya sido eliminado en algunos lugares, pero grupos vinculados siguen activos en Somalia, Yemen, Argelia y muchos otros países. Sea como fuere, los norteamericanos, acostumbrados como están a las “soluciones” militares definitivas, pronto se cansaron de ver a sus soldados luchar y morir en tierras lejanas por objetivos no fácilmente comprensibles, de ahí el atractivo, para muchos irresistible, del aislacionismo. No es que lo que está ocurriendo, y lo que podría suceder en los años próximos, en Afganistán, Pakistán, Irán y los países árabes, haya dejado de plantear una amenaza muy grave a Estados Unidos y, más aún, a sus aliados, sino que la voluntad de enfrentarlo se ha debilitado. Es sin duda natural que los dirigentes norteamericanos quieran concentrarse en los problemas internos del país sin tener que preocuparse tanto por los del resto del mundo, pero les convendría reconocer que tal actitud no contribuye a afianzar la paz internacional. Por el contrario, hace aún más probable que estallen nuevas guerras al darse cuenta líderes regionales ambiciosos, como los de Irán, de que “el gendarme mundial”, que se siente agotado por sus esfuerzos y es reacio a asumir las responsabilidades propias de una superpotencia, quiere jubilarse. Con todo, hay algunos motivos para el optimismo. En los países árabes, el extremismo islamista parece menos peligroso que antes debido a la conciencia de que las atrocidades cometidas por Al Qaeda en Irak hicieron posible una alianza entre las fuerzas norteamericanas y el grueso de la población iraquí, que entendió que sería mejor tolerar la presencia pasajera de un ejército extranjero de lo que sería verse sometido por una banda de asesinos salvajes. La democracia iraquí dista de ser ejemplar, pero es notable que Irak ha sido el país árabe menos afectado por “la primavera” que está convulsionando el Oriente Medio y el Norte de África. En cambio, la situación en Afganistán, donde parecería que el gobierno del presidente Barack Obama se ha resignado a que los talibanes retomen el poder y, lo que es más ominoso aún, la del vecino Pakistán, está deteriorándose. Aun cuando Estados Unidos procurara presentar un eventual arreglo con sus enemigos más feroces como un triunfo, en otras partes del mundo muy pocos se dejarían engañar.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 945.035 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 11 de septiembre de 2011


A diez años de los devastadores atentados terroristas contra Nueva York y Washington en los que murieron casi tres mil personas, Osama bin Laden está muerto, Al Qaeda ha sido virtualmente desmantelado y, si bien nadie ignora que en cualquier momento podrían producirse más ataques islamistas igualmente mortíferos en territorio norteamericano, hasta ahora todos los muchos intentos de llevarlos a cabo se han visto desbaratados. En este sentido, por lo menos, puede considerarse exitoso el aparato de seguridad inmenso que se creó después del “11-S” y que tantas críticas ha merecido de parte de los muchos que creen que el gobierno del entonces presidente George W. Bush aprovechó la oportunidad brindada por los terroristas para conculcar una multitud de derechos ciudadanos. Asimismo, aunque los costos de la “guerra contra el terror” –además de la invasión de Afganistán e Irak– han sido muy altos, según las pautas tradicionales no han sido excesivos. Por cierto, es una exageración decir que los problemas económicos que está sufriendo Estados Unidos son una consecuencia directa de la intervención militar en otras partes del mundo, ya que los gastos en defensa alcanzan apenas el 5% del producto bruto. Sin embargo, en tiempos de austeridad, todo gasto presuntamente innecesario parece excesivo y, en el clima actual, abundan los norteamericanos que están convencidos de que la crisis económica es el resultado de un esfuerzo contraproducente por reconstruir la cultura política y social de países que son irremediablemente subdesarrollados y que tienen muy poco en común con Estados Unidos. La reacción inicial de los norteamericanos frente al desafío supuesto por el terrorismo islamista consistió en contraatacar, pero mientras que las guerras convencionales suelen terminar con la rendición formal del país derrotado, como en los casos de la Alemania nazi y el Japón imperial, un conflicto contra un enemigo tan difuso y esquivo como una red terrorista que se aglutina en torno a una idea es posible que dure décadas e incluso siglos. Puede que Al Qaeda haya sido eliminado en algunos lugares, pero grupos vinculados siguen activos en Somalia, Yemen, Argelia y muchos otros países. Sea como fuere, los norteamericanos, acostumbrados como están a las “soluciones” militares definitivas, pronto se cansaron de ver a sus soldados luchar y morir en tierras lejanas por objetivos no fácilmente comprensibles, de ahí el atractivo, para muchos irresistible, del aislacionismo. No es que lo que está ocurriendo, y lo que podría suceder en los años próximos, en Afganistán, Pakistán, Irán y los países árabes, haya dejado de plantear una amenaza muy grave a Estados Unidos y, más aún, a sus aliados, sino que la voluntad de enfrentarlo se ha debilitado. Es sin duda natural que los dirigentes norteamericanos quieran concentrarse en los problemas internos del país sin tener que preocuparse tanto por los del resto del mundo, pero les convendría reconocer que tal actitud no contribuye a afianzar la paz internacional. Por el contrario, hace aún más probable que estallen nuevas guerras al darse cuenta líderes regionales ambiciosos, como los de Irán, de que “el gendarme mundial”, que se siente agotado por sus esfuerzos y es reacio a asumir las responsabilidades propias de una superpotencia, quiere jubilarse. Con todo, hay algunos motivos para el optimismo. En los países árabes, el extremismo islamista parece menos peligroso que antes debido a la conciencia de que las atrocidades cometidas por Al Qaeda en Irak hicieron posible una alianza entre las fuerzas norteamericanas y el grueso de la población iraquí, que entendió que sería mejor tolerar la presencia pasajera de un ejército extranjero de lo que sería verse sometido por una banda de asesinos salvajes. La democracia iraquí dista de ser ejemplar, pero es notable que Irak ha sido el país árabe menos afectado por “la primavera” que está convulsionando el Oriente Medio y el Norte de África. En cambio, la situación en Afganistán, donde parecería que el gobierno del presidente Barack Obama se ha resignado a que los talibanes retomen el poder y, lo que es más ominoso aún, la del vecino Pakistán, está deteriorándose. Aun cuando Estados Unidos procurara presentar un eventual arreglo con sus enemigos más feroces como un triunfo, en otras partes del mundo muy pocos se dejarían engañar.

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