Deuda y soberanía
En tiempos pasados, las potencias acreedoras estaban más que dispuestas a enviar cañoneras a países deudores reacios a devolverles el dinero prestado con miras a obligarlos a respetar sus derechos, pero en la actualidad suelen preferir métodos menos contundentes, razón por la que ocasionó cierta extrañeza la propuesta del ministro de Economía alemán, Philipp Roesler, de que Grecia ceda el control de su presupuesto a “instituciones externas”, sugerencia que, como no pudo ser de otra manera, el gobierno griego repudió con indignación. Según el primer ministro Lucas Papademos y otros integrantes de su gabinete, los dirigentes griegos sabrán manejar sus finanzas para cumplir con sus compromisos, pero sus palabras en tal sentido no motivan mucha confianza entre los demás integrantes de la Unión Europea que dan por descontado que seguirán vacilando en tomar las duras medidas de austeridad que suponen necesarias. Aunque entienden que no hay posibilidad alguna de que Grecia pague más que una parte reducida de la deuda gigantesca que se las ingenió para acumular, temen que a menos que intervengan el pequeño país continuará absorbiendo cantidades cada vez mayores de dinero ajeno. Según los alemanes, a pesar de una quita de 100.000 millones de la deuda en manos de acreedores privados, el “rescate” preciso para mantenerlo a flote en los meses próximos costará por lo menos 145.000 millones de euros, pero si los griegos no aprovechan la ayuda así supuesta para “hacer los deberes” no tardarán en exigir un nuevo salvataje y, después, otro más. Puede entenderse, pues, el pánico que esporádicamente se apodera de los mercados financieros no sólo de Europa sino también del resto del mundo toda vez que las negociaciones con Grecia se hacen más tensas. Tal y como sucedió cuando la Argentina tambaleaba hace poco más de diez años, el país deudor se parece a un agujero negro financiero capaz de absorber todo el dinero que se encuentra a su alrededor sin que se note beneficio alguno. Acaso la única manera de cerrarlo consistiría, como quisieran los alemanes, en privar a los griegos de lo que todavía queda de su soberanía económica, tratándolos como habitantes de una mera provincia europea, pero por razones comprensibles aún se considera un tanto fantasiosa tal solución del problema. Desgraciadamente no sólo para los griegos sino también para los alemanes, a esta altura parece evidente que los miembros de la Eurozona tendrán que elegir entre formar una unidad fiscal auténtica, lo que implicaría que todos se resignaran a subordinarse a “instituciones externas”, por un lado y, por el otro, abandonar el uso de la moneda común. Si bien la primera alternativa asusta a todos, le temen menos que a la segunda, ya que, con razón o sin ella, se prevé que la eventual ruptura de la Eurozona tendría repercusiones catastróficas. Dadas las circunstancias, la angustia que tantos sienten es lógica. De formarse una unión fiscal, los griegos, portugueses, españoles, italianos y, mal que les pese, los franceses tendrían que sufrir los rigores de un ajuste feroz ordenado por los alemanes, mientras que éstos se verían constreñidos a subsidiar indefinidamente a sus vecinos deficitarios. Sin embargo, la ruptura de la Eurozona no liberaría a los países periféricos de sus deudas; por el contrario, las aumentaría en términos reales al devaluarse sus respectivas monedas frente al renacido marco alemán. El embrollo europeo que amenaza con redundar en la marginación permanente del Viejo Continente es fruto de la ambición política. Los partidarios de la unidad europea, aspiración que presupone la transformación de una treintena de naciones históricas en provincias de un superestado, suponían que el euro serviría para dar a su proyecto un impulso irrefrenable. Puede que hayan acertado y que, una vez superada la prueba actual, Europa se encuentre más unida que antes, pero los costos del eventual éxito así supuesto habrán resultado ser mucho más elevados de lo que cualquiera supo prever. De acuerdo común, a los países del sur les aguardan años de recesión, con una tasa de desocupación terriblemente alta, y a los aún solventes el deber, para ellos muy ingrato, de tener que aportar centenares de miles de millones de euros todos los años porque caso contrario la Eurozona se hundiría.