Día por día

Por Redacción

Aunque Néstor Kirchner ha negado ser un «pragmático», quizás por creer demasiado menemista aquella palabra, las declaraciones que formuló en vísperas del inicio de su gestión hacen pensar que es consciente de que hoy en día gobernar suele tener menos que ver con los grandes esquemas teóricos que tanto fascinan a nuestros dirigentes, que con la voluntad de intentar encontrar soluciones prácticas para problemas bien concretos. Según Kirchner, no habrá «paquetazos ni medidas rutilantes. Vamos a gobernar día por día». Dadas las circunstancias, tal actitud puede entenderse. Por haber sido elegido por una minoría reducida y por verse constreñido a trabajar con un Congreso proclive a oponerse a las iniciativas del Poder Ejecutivo, Kirchner no cuenta con el respaldo que le permitiría procurar llevar a cabo las reformas estructurales que con toda seguridad le encantaría emprender. Es posible que esta situación se modifique después de algunos meses, pero mientras tanto Kirchner tendrá que familiarizarse con su nueva función, que le resultará ser incomparablemente más exigente de lo que le fue gobernar la provincia de Santa Cruz.

Con todo, si bien es positivo que Kirchner ya haya comenzado a hacer hincapié en su sentido práctico, la condición del país es tan grave que un gobierno que se limite a «administrar la crisis» , sin tratar de producir cambios «estructurales» que se verían resistidos por muchos, no tardará en verse frente a una multitud de problemas que sí lo obligarán a reaccionar con «paquetazos» y medidas acaso no «rutilantes» pero que serán por lo menos contundentes. Después de todo, la tranquilidad relativa imperante se debe no tanto a los efectos balsámicos de la gestión de Roberto Lavagna, cuanto a la distracción que fue ocasionada por la larga y confusa puja electoral que ya terminó.

Desde hace meses, la ciudadanía ha estado concentrándose en el corto plazo supuesto por el querer enterarse de las próximas vicisitudes de media docena de campañas proselitistas, fase que a lo sumo se prolongará un par de semanas más hasta que se hayan confirmado los parámetros de la gestión del nuevo presidente. En cuanto haya llegado a su fin esta etapa anómala, empero, Kirchner tendrá que soportar los ataques no sólo de los resueltos a defender intereses puntuales -en este sentido, la indignación ruidosa de los vinculados con «la cultura» por la incorporación a Educación de la secretaría homónima es un preaviso de lo que le espera-, sino también de los muchos que ya sospechan que su «proyecto» es de suponer neoperonista se asemeja demasiado al impulsado casi veinte años atrás por Raúl Alfonsín y que por lo tanto dista de ser el apropiado para un país atrasado de las características de la Argentina.

Como presidente, Kirchner tendrá que pensar no sólo en la situación interna de un país en el que virtualmente todos se creen injustamente postergados y por lo tanto merecedores de ayuda, sino también en su relación con el resto del mundo, tema éste que por cierto no debería limitarse a debates emotivos en torno de la hipotética necesidad de elegir entre Estados Unidos y el Brasil. La opción fundamental tiene que ver con conformarnos con el país tal y como es por un lado y, por el otro, hacer cuanto sea necesario para «modernizarlo» porque de lo contrario no le será posible prosperar en lo que muchos llaman «la edad del conocimiento». Por desgracia, las estrategias que podrían parecer convenientes a los preocupados por la cohesión social a menudo sólo sirven para que nuestro atraso relativo aumente todavía más, mientras que medidas encaminadas a estimular la competitividad no pueden sino tener consecuencias políticas indeseables. Debido a su formación, Kirchner sería propenso a privilegiar la «paz social» por encima de «la competitividad» aun cuando contara con el apoyo de una mayoría importante, de modo que sorprendería mucho que se mostrara dispuesto a tomar medidas para que la Argentina pudiera aspirar a algo más que continuar perdiendo terreno sin experimentar más convulsiones económicas y políticas. De ser así, los reacios a aceptar que la resignación disfrazada de «solidaridad» constituya una alternativa viable tendrán que esperar a que cobre fuerza un movimiento que sea un tanto más ambicioso que el nuevo oficialismo kirchnerista.


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