Dilemas democráticos

Redacción

Por Redacción

Eliminado el Partido Baaz, aquel remedo típicamente mediooriental del Partido Comunista de Stalin que fue usado por el dictador Saddam Hussein y sus esbirros para afianzar su régimen brutal, tanto a los iraquíes como a los estadounidenses les espera la tarea nada sencilla de construir sobre las ruinas una democracia liberal en la que el partido más votado tenga el derecho de formar un gobierno, pero se vea obligado a respetar los derechos de los demás. Aunque después de diez años de vivir en una suerte de protectorado anglonorteamericano uno de los grupos étnicos, el kurdo, parece haberse familiarizado con la idea para muchos exótica de que hay una diferencia fundamental entre un gobierno democrático y una dictadura, ni la minoría sunnita que fue privilegiada por Saddam ni la perseguida mayoría chiíta, que incluye a más del sesenta por ciento de la población del país, tuvieron la oportunidad para acostumbrarse a dicho concepto. Es comprensible, pues, que las manifestaciones multitudinarias que organizaron los clérigos chiítas -los ayatollahs- hayan sembrado alarma en Washington y Londres, donde lo último que quieren ver en Irak es una «revolución islámica», motivando al secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, a afirmar que no pensaría en tolerarla.

El intento inmediato de los clérigos chiítas,»líderes espirituales» de una confesión largamente oprimida en Irak, de aprovechar la caída de la dictadura de Saddam, sólo representa el primer desafío que tendrá que enfrentar Estados Unidos. Otros surgirán si la mayoría chiíta procura forzar a los árabes sunnitas y los kurdos a subordinarse a sus designios, lo que haría muy difícil conservar la integridad territorial de Irak tal y como han prometido los norteamericanos y británicos a pesar de que la división de un país tan heterogéneo que, al fin y al cabo, fue creado por el imperio británico de diversos segmentos de otro imperio, el otomano, sería un arreglo lógico. Al fin y al cabo, si checos y eslovacos no pudieron convivir en un mismo Estado nación, ¿por qué deberían verse constreñidos a hacerlo pueblos mucho más distintos uno del otro como el kurdo y el árabe?

Con todo, a la larga el que Irak sea un mosaico de pueblos y cultos podría resultar una ventaja por suponer que la unidad, en cuanto ésta sea deseable, ha de depender ya de la mano de hierro de un dictador asesino como Saddam, ya de la tolerancia mutua. Al no resultar aceptable la alternativa totalitaria que durante décadas contó con la aprobación tácita de casi todos los gobiernos occidentales, no se da otra opción que aquella de una democracia pluralista, si bien tendrán que transcurrir algunos meses, tal vez años, de confusión hasta que todos los aspirantes a reemplazar al dictador derrocado se resignen a convivir más o menos pacíficamente. Para que esto suceda, empero, será necesario que el mundo exterior, sobre todo Estados Unidos y la Unión Europea, mantenga una presencia visible, aunque no necesariamente militar, en Irak, para que los ciudadanos no olviden nunca que su país no es sino una pequeña unidad que forma parte de un mundo «globalizado» incomparablemente mayor.

Por fortuna, existen precedentes. La difusión de la democracia tanto en América Latina como en el sur y el este de Europa se ha debido en buena medida a la conciencia de que los países rectores o las agrupaciones que cumplían el papel así supuesto de sendas regiones estaban resueltos a hacer lo posible por impedir que cualquier miembro de «la comunidad» recaiga en sus vicios históricos. Si bien pocos en las ex dictaduras de América Latina o el sur de Europa creen que si intentaran retroceder a etapas ya superadas sus países serían invadidos por ejércitos extranjeros, no cabe duda de que la mera sensación de que los costos de una regresión serían enormes y cualquier ventaja concebible resultaría escasa ha incidido de manera muy profunda en las culturas políticas locales. Asimismo, en las zonas fronterizas de Europa, la esperanza de llegar un día a formar parte de la Unión Europea o por lo menos de lograr tener una relación privilegiada con Bruselas persuadió a países de tradiciones sumamente autoritarias, como Rumania y Turquía, que les convendría emprender reformas que de otro modo nunca se les hubieran ocurrido.


Eliminado el Partido Baaz, aquel remedo típicamente mediooriental del Partido Comunista de Stalin que fue usado por el dictador Saddam Hussein y sus esbirros para afianzar su régimen brutal, tanto a los iraquíes como a los estadounidenses les espera la tarea nada sencilla de construir sobre las ruinas una democracia liberal en la que el partido más votado tenga el derecho de formar un gobierno, pero se vea obligado a respetar los derechos de los demás. Aunque después de diez años de vivir en una suerte de protectorado anglonorteamericano uno de los grupos étnicos, el kurdo, parece haberse familiarizado con la idea para muchos exótica de que hay una diferencia fundamental entre un gobierno democrático y una dictadura, ni la minoría sunnita que fue privilegiada por Saddam ni la perseguida mayoría chiíta, que incluye a más del sesenta por ciento de la población del país, tuvieron la oportunidad para acostumbrarse a dicho concepto. Es comprensible, pues, que las manifestaciones multitudinarias que organizaron los clérigos chiítas -los ayatollahs- hayan sembrado alarma en Washington y Londres, donde lo último que quieren ver en Irak es una "revolución islámica", motivando al secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, a afirmar que no pensaría en tolerarla.

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