Dúo deprimente
Son grises los candidatos a la presidencia de EE. UU. y previsibles sus propuestas.
Es de esperar que los convencidos de que la personalidad del presidente de turno incide profundamente en la actitud de los demás, razón por la cual el reemplazo del festivo Carlos Menem por el muy solemne Fernando de la Rúa estaría en la raíz de la tan comentada sensación de malhumor que se ha difundido en los meses últimos, crean que se trata de un fenómeno que es limitado a la Argentina. Si lo mismo ocurre en otras latitudes, el planeta entero estará por experimentar un bajón anímico porque ninguno de los dos candidatos serios a la presidencia de los Estados Unidos -es decir, de la superpotencia cuya influencia económica, política, social y cultural está haciéndose más poderosa por momentos-, posee cualidades que lo harían superior a nuestro mandatario. Si bien De la Rúa tiene bastante en común con el demócrata Al Gore, un hombre inteligente pero carente de «carisma», sería difícil encontrar un político local eminente que sea equiparable con su rival republicano, George W. Bush, personaje que según todos los comentaristas estadounidenses no sólo es aburrido, sino que también es intelectualmente tan mediocre como el ex vicepresidente Dan Quayle, político célebre por sus lapsos, que en una ocasión aseguró a un interlocutor que se llama «América Latina» la región al sur del río Bravo porque sus habitantes suelen conversar en latín.
Aunque Bush está «a la derecha» de Gore en el sentido de que en el caso de que llegue al poder procurará favorecer a los ya muy ricos sin preocuparse demasiado por el resto de la población, mientras que Gore se ha comprometido a ayudar a «las familias trabajadoras», las diferencias sobre la mejor forma de manejar la economía no son muy grandes. Por cierto, no existe discrepancia alguna en cuanto a los méritos del «modelo», lo cual no es sorprendente luego de más de ocho años de expansión continuada que ha aumentado todavía más la brecha que separa a los Estados Unidos de la Unión Europea, el Japón y, huelga decirlo, el Tercer Mundo. Para la mayoría de los norteamericanos, la superioridad de su propio «modelo» es tan patente que insinuar que podrían aprender algo de lo que está sucediendo más allá de sus fronteras les parece totalmente ridículo. También es notable el consenso de los dos grandes partidos en torno de la política exterior: tanto los demócratas como los republicanos parecen coincidir en que el resto del mundo no importa demasiado. Dicho de otro modo, la hegemonía estadounidense no se ve acompañada por la voluntad de asumir responsabilidades para con los demás pueblos, a menos que sea a fin de complacer a una parte del electorado interno, actitud que se ve reflejada en la negativa del país más rico de la historia a abonar sus cuotas a las Naciones Unidas. Con todo, para América Latina el aislacionismo provinciano de la clase política estadounidense podría resultar ventajoso: por ser tan significante el «voto hispano», los candidatos se sienten obligados a mostrarse favorables a las aspiraciones de sus vecinos, lo cual brinda oportunidades a diplomáticos y empresarios latinoamericanos deseosos de conseguir concesiones.
Por ser tan grises los candidatos principales y tan previsibles sus propuestas, lo más interesante de la campaña hasta ahora ha consistido en la decisión «valiente» de Gore de nombrar a un judío, el sumamente conservador Joseph Liberman, como su compañero de fórmula. Por ser la primera vez que una persona de su religión ha figurado como candidato a vicepresidente de los Estados Unidos, la elección ha permitido a los norteamericanos felicitarse por su falta de prejuicios, lo cual es absurdo porque, después de todo, ya han transcurrido casi 130 años desde que el Partido Conservador británico, el cual nunca ha sido una organización progresista, se encolumnó detrás de quien sería el primer ministro más célebre de la edad victoriana, Benjamin Disraeli. Claro, la designación de Liberman ha preocupado tanto a los judíos norteamericanos -los cuales sospechan que si Gore pierde se atribuirá su derrota al origen de su compañero de fórmula- como a los árabes, que temen que sus simpatías proisraelíes desvirtúen los intentos de los Estados Unidos por imponer la «pax americana» en Medio Oriente.
Es de esperar que los convencidos de que la personalidad del presidente de turno incide profundamente en la actitud de los demás, razón por la cual el reemplazo del festivo Carlos Menem por el muy solemne Fernando de la Rúa estaría en la raíz de la tan comentada sensación de malhumor que se ha difundido en los meses últimos, crean que se trata de un fenómeno que es limitado a la Argentina. Si lo mismo ocurre en otras latitudes, el planeta entero estará por experimentar un bajón anímico porque ninguno de los dos candidatos serios a la presidencia de los Estados Unidos -es decir, de la superpotencia cuya influencia económica, política, social y cultural está haciéndose más poderosa por momentos-, posee cualidades que lo harían superior a nuestro mandatario. Si bien De la Rúa tiene bastante en común con el demócrata Al Gore, un hombre inteligente pero carente de "carisma", sería difícil encontrar un político local eminente que sea equiparable con su rival republicano, George W. Bush, personaje que según todos los comentaristas estadounidenses no sólo es aburrido, sino que también es intelectualmente tan mediocre como el ex vicepresidente Dan Quayle, político célebre por sus lapsos, que en una ocasión aseguró a un interlocutor que se llama "América Latina" la región al sur del río Bravo porque sus habitantes suelen conversar en latín.
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