Educar y capacitar

Redacción

Por Redacción

CARLOS R. NAVARRO (*)

En este mismo espacio, en octubre del año pasado se publicó un artículo titulado “¿Qué aprenden los que no ‘aprenden’?”. El artículo, desde un punto de vista técnico, hace mención a los mecanismos de aprendizaje de los seres humanos. Estos mecanismos son continuos. Funcionan siempre (es decir que se aprende siempre), aun sin concurrir a lugares con programas de educación estructurados o sistematizados. Cuando se busca una definición del término “aprendizaje” se tropieza con la dificultad de no encontrar definiciones claras o únicas. Es necesario recordar que el uso de los términos, sea metafórico o descriptivo, no es el mismo en el lenguaje cotidiano que en el científico. En la acepción no científica, para muchos el término “aprendizaje” está asociado solamente a la adquisición de conceptos en el marco de una institución educativa. Sin embargo, el aprendizaje resulta un proceso mental muy complejo que lleva muchas veces a un cambio temporal o definitivo del comportamiento. Para que ocurra deberán existir un Yo y un Otro. Uno que aprende y otro que enseña. Es decir que de las experiencias cotidianas, el día a día, la televisión, la radio, el diario, los libros; lo que habla la gente en la calle, en los bares, en los taxis; el comportamiento del otro en la vida… es decir, de todo lo que vivimos aprendemos, aunque nos neguemos a hacerlo. Todos estos elementos se constituyen en ese Otro que enseña. Como decía el doctor Donald Hebb (1904-1985), “Es probable que algo ocurra en el cerebro de la persona”. Los actuales ni-ni (ni estudian ni trabajan) aprenden de la cotidianidad y sus conductas se modificarán o se estancarán en sus respectivos períodos evolutivos. Lamentablemente, por lo que muestra la sociedad actual, es probable que se esté aprendiendo mal. Las instituciones educativas deberían estar diseñadas para educar. Veamos qué dice el diccionario de la Real Academia Española sobre este término: “Dirigir, encaminar, doctrinar. Desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc. Desarrollar las fuerzas físicas por medio del ejercicio, haciéndolas más aptas para su fin. Perfeccionar, afinar los sentidos. Enseñar los buenos usos de urbanidad y cortesía”. Es probable que actualmente se haya cambiado la función de educar por la de capacitar, término que quiere significar “hacer a alguien apto, habilitarlo para algo” (según la Real Academia Española). Importante función, aunque tal vez incompleta o insuficiente para la realidad actual. Los ni-ni necesitan cambiar su comportamiento, no sólo capacitarse. Con estas definiciones se podría intentar dar una respuesta a la pregunta en cuestión: ¿qué aprenden los que no aprenden? Aprenden muchas cosas, aunque es probable que cambien el comportamiento en forma inadecuada. Volvamos a la vida cotidiana y, desde su observación, discutir la sentencia: falta de responsabilidad laboral, desprecio por la vida humana, ausencia total de doctrinas, escaso desarrollo del deporte como generador de conductas apropiadas, insensibilidad por el Otro con predominio imperativo del Yo, ausencia de sentido urbanístico y cortesía en la población, búsqueda incesante del placer sin límites autoimpuestos y sociales, ausencia de respeto por la propia vida y la del Otro. Es decir que de la observación de comportamientos individuales y grupales sin límites (éstos tendrían que ser guiados por la educación) se delimita la vida del ciudadano actual, de allí que la sentencia de ausencia de educación sea evidente. Dentro de este razonamiento podemos afirmar que la escuela, como centro educador, no sólo deberá ser un simple transmisor de conocimientos o de habilidades: deberá ser un centro formador de ciudadanos aptos para la convivencia, signados con valores morales que marcan a la humanidad. Es dable decir que no sólo se educa en la escuela. También se educa en la familia. La cotidianidad nos muestra lo que ocurre con la familia: ausencia de padres o madres, pobreza, riqueza como valor social, desocupación, subocupación, relaciones inestables, cambio de valores sociales impulsados por el “ahora” y el “exitismo” y muchas cosas más que hacen que la familia no cumpla el rol de educar o por lo menos fracase en su intento, vencida por la gran oferta de los sinsentidos. Es así que ¿qué aprenden los que no aprenden? Es un interrogante no muy difícil de contestar en el contexto en el que vivimos. Aprenden, sin dudas, pero en la soledad de las calles, en la soledad de los grupos sin doctrinas, en la soledad del ocio, en la soledad de los tóxicos, en la soledad del sinsentido, en la soledad de valores. Es así como nos sorprenden en el día a día noticias de personas abandonadas, niños calcinados o muertos por el monóxido, cadáveres abandonados en la naturaleza, jaurías de perros salvajes en la ciudad, cortes de ruta y de calles por reivindicaciones particulares, fármacos sin evidencia científica de utilidad, tolerancia frente a enfermedades evitables, intolerancia en el tránsito vehicular, etcétera… término usado para sustituir el resto de una exposición o enumeración que se sobreentiende o que no interesa expresar, término lamentable. (*) Magíster en Educación. Especialista en Clínica Médica


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