Egipto al borde del abismo

Redacción

Por Redacción

La esperanzas que fueron estimuladas por el inicio, hace apenas dos años y medio, de la primavera árabe que tanto entusiasmo motivó entre occidentales deseosos de creer que los países del Oriente Medio y el Norte de África estaban por transformarse en democracias pluralistas nunca fueron realistas, pero, con la excepción de algunos pesimistas familiarizados con la región, pocos previeron que se verían frustradas tan rápidamente y de forma tan brutal. Aunque Estados Unidos y, en menor medida, países europeos como Francia y el Reino Unido respaldaban a quienes se habían rebelado contra dictadores como Muammar Gaddafi en Libia y el egipcio Hosni Mubarak, pronto descubrieron que no estaban en condiciones de ayudarlos a construir democracias viables; Libia se ha convertido en un campo de batalla en que luchan docenas de tribus y facciones islamistas, algunas vinculadas con Al Qaeda, mientras que Egipto parece destinado a ser escenario de una guerra civil aún más feroz que la de Siria en que ya murieron más de 100.000 personas y los refugiados se cuentan por millones. Un tanto irónicamente, el régimen militar que acaba de matar a más, tal vez mucho más, de 600 islamistas se ve apoyado con fervor por la mayoría de los jóvenes de clase media que habían protagonizado la rebelión que puso fin a la dictadura de Mubarak y que, con su presencia, contribuyeron mucho a convencer a los medios occidentales y por lo tanto a los gobiernos de que la democracia sería posible. Se trataba de una ilusión, claro está. Triunfaron con amplitud en las primeras elecciones los islamistas de la Hermandad Musulmana, la cofradía sunnita en que se inspiraron Al Qaeda y Hamas, acompañada por los fanáticos aún más extremos del salafismo. Los esfuerzos del gobierno resultante encabezado por Mohamed Morsi por hacer de Egipto un país constitucionalmente islámico provocó la reacción de quienes habían impresionado tan gratamente a los occidentales por su compromiso con un orden sociopolítico laico: desde su punto de vista una dictadura militar, por sanguinaria que sea, es menos mala que una islamista aún cuando haya alcanzado el poder a través de elecciones libres. Sea como fuere, luego de las matanzas de los días últimos no hay posibilidad alguna de que Egipto tenga pronto un gobierno más aceptable a Estados Unidos y Europa que el de Mubarak. Los militares, que controlan el 30% de la destartalada economía egipcia, ya no podrán asumir una postura prescindente. Por motivos comprensibles, los islamistas están resueltos a cobrar un precio muy alto por las masacres de sus correligionarios; además de atacar edificios gubernamentales, matando a sus ocupantes, se han puesto a incendiar las iglesias de la minoría cristiana copta, que conforma aproximadamente el 10% de la población de más de 80 millones. Así las cosas, es poco probable que se frene la espiral de violencia antes de que la temida guerra civil haya alcanzado proporciones horrorosas. El gobierno del presidente norteamericano Barack Obama, el que se las ha arreglado para enfurecer tanto a los partidarios del régimen militar que lo acusan de apoyar a los Hermanos Musulmanes como a éstos, que de todos modos son antioccidentales por principio, no podrá hacer mucho para impedir que Egipto degenere en un “Estado fallido” cuyas convulsiones incidan de manera sumamente deletérea en otros países de una región que sigue siendo, a ojos de Washington y Bruselas, de gran importancia estratégica. Como ya es habitual, políticos occidentales están exhortando en vano a todos los egipcios a “dialogar” y respetar las normas constitucionales, advirtiéndoles de lo terriblemente peligroso que les sería entregarse a una orgía de violencia. Tienen razón, obvio es decirlo, pero, lo mismo que en Siria, los protagonistas saben muy bien que mostrarse dispuestos a ceder en algo podría resultarles fatal. Por desgracia, fuera del mundo desarrollado actual, los triunfadores de turno no suelen destacarse por su misericordia. Como dijo en una ocasión el ex primer ministro israelí Ehud Barak, el Oriente Medio es un vecindario muy “duro, violento, complicado y a menudo sangriento” en que para los perdedores raramente hay otra oportunidad. En Egipto, escasean los militares o los islamistas que discreparían con su juicio.


La esperanzas que fueron estimuladas por el inicio, hace apenas dos años y medio, de la primavera árabe que tanto entusiasmo motivó entre occidentales deseosos de creer que los países del Oriente Medio y el Norte de África estaban por transformarse en democracias pluralistas nunca fueron realistas, pero, con la excepción de algunos pesimistas familiarizados con la región, pocos previeron que se verían frustradas tan rápidamente y de forma tan brutal. Aunque Estados Unidos y, en menor medida, países europeos como Francia y el Reino Unido respaldaban a quienes se habían rebelado contra dictadores como Muammar Gaddafi en Libia y el egipcio Hosni Mubarak, pronto descubrieron que no estaban en condiciones de ayudarlos a construir democracias viables; Libia se ha convertido en un campo de batalla en que luchan docenas de tribus y facciones islamistas, algunas vinculadas con Al Qaeda, mientras que Egipto parece destinado a ser escenario de una guerra civil aún más feroz que la de Siria en que ya murieron más de 100.000 personas y los refugiados se cuentan por millones. Un tanto irónicamente, el régimen militar que acaba de matar a más, tal vez mucho más, de 600 islamistas se ve apoyado con fervor por la mayoría de los jóvenes de clase media que habían protagonizado la rebelión que puso fin a la dictadura de Mubarak y que, con su presencia, contribuyeron mucho a convencer a los medios occidentales y por lo tanto a los gobiernos de que la democracia sería posible. Se trataba de una ilusión, claro está. Triunfaron con amplitud en las primeras elecciones los islamistas de la Hermandad Musulmana, la cofradía sunnita en que se inspiraron Al Qaeda y Hamas, acompañada por los fanáticos aún más extremos del salafismo. Los esfuerzos del gobierno resultante encabezado por Mohamed Morsi por hacer de Egipto un país constitucionalmente islámico provocó la reacción de quienes habían impresionado tan gratamente a los occidentales por su compromiso con un orden sociopolítico laico: desde su punto de vista una dictadura militar, por sanguinaria que sea, es menos mala que una islamista aún cuando haya alcanzado el poder a través de elecciones libres. Sea como fuere, luego de las matanzas de los días últimos no hay posibilidad alguna de que Egipto tenga pronto un gobierno más aceptable a Estados Unidos y Europa que el de Mubarak. Los militares, que controlan el 30% de la destartalada economía egipcia, ya no podrán asumir una postura prescindente. Por motivos comprensibles, los islamistas están resueltos a cobrar un precio muy alto por las masacres de sus correligionarios; además de atacar edificios gubernamentales, matando a sus ocupantes, se han puesto a incendiar las iglesias de la minoría cristiana copta, que conforma aproximadamente el 10% de la población de más de 80 millones. Así las cosas, es poco probable que se frene la espiral de violencia antes de que la temida guerra civil haya alcanzado proporciones horrorosas. El gobierno del presidente norteamericano Barack Obama, el que se las ha arreglado para enfurecer tanto a los partidarios del régimen militar que lo acusan de apoyar a los Hermanos Musulmanes como a éstos, que de todos modos son antioccidentales por principio, no podrá hacer mucho para impedir que Egipto degenere en un “Estado fallido” cuyas convulsiones incidan de manera sumamente deletérea en otros países de una región que sigue siendo, a ojos de Washington y Bruselas, de gran importancia estratégica. Como ya es habitual, políticos occidentales están exhortando en vano a todos los egipcios a “dialogar” y respetar las normas constitucionales, advirtiéndoles de lo terriblemente peligroso que les sería entregarse a una orgía de violencia. Tienen razón, obvio es decirlo, pero, lo mismo que en Siria, los protagonistas saben muy bien que mostrarse dispuestos a ceder en algo podría resultarles fatal. Por desgracia, fuera del mundo desarrollado actual, los triunfadores de turno no suelen destacarse por su misericordia. Como dijo en una ocasión el ex primer ministro israelí Ehud Barak, el Oriente Medio es un vecindario muy “duro, violento, complicado y a menudo sangriento” en que para los perdedores raramente hay otra oportunidad. En Egipto, escasean los militares o los islamistas que discreparían con su juicio.

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