El antirracismo racista
En algunos países de América Latina, incluyendo, por desgracia, a la Argentina, los mandatarios están procurando encontrar pretextos respetables para conculcar la libertad de opinión. El presidente boliviano Evo Morales cree disponer de uno que, bien que mal, merecería la aprobación no sólo del grueso de sus compatriotas sino también de muchos políticos e intelectuales del Primer Mundo, ya que en varios países europeos existen leyes destinadas a castigar, a veces con penas severas, a los juzgados culpables de manifestar su hostilidad hacia grupos étnicos o minorías sexuales determinados. Por lo demás, los gobiernos de los países mayormente musulmanes están impulsando la noción de que lo que llaman “islamofobia” sea en realidad una forma de racismo, de suerte que debería ser considerado un crimen en todos los países del planeta. Según la ley que acaba de promulgar el gobierno boliviano, los medios periodísticos culpables de difundir ideas racistas y discriminatorias podrían enfrentar “sanciones económicas y de suspensión de licencia de funcionamiento”, o sea, correrían peligro de ser cerrados. Para protestar contra la medida, los diarios más importantes de Bolivia salieron a la calle con las tapas en blanco salvo por la consigna “No hay democracia sin libertad de expresión”. Mal que bien, dicha libertad no tiene sentido a menos que incluya la de ofender. Para defenderse contra la acusación de atentar contra la libertad de prensa, el presidente boliviano dice que hay una gran diferencia entre libertad de expresión por un lado y libertinaje por el otro, distinción ésta que, por motivos evidentes, suele fascinar a regímenes dictatoriales, entre ellos el encabezado por el en aquel entonces general Jorge Rafael Videla, que quieren hacer callar a quienes se animan a criticarlo. No es de suponer que con escasas excepciones los periodistas bolivianos sean racistas y que la razón por la que están protestando con tanto vigor consista en el deseo de poder continuar calificando de miembros de una “raza maldita” a la mayoría de sus compatriotas. Lo que les preocupa es que un gobierno de mentalidad claramente autoritaria pueda atribuir cualquier manifestación opositora al presunto enojo ocasionado por el hecho de que Evo sea de origen indio. En vista de que Evo y sus colaboradores se afirman resueltos a privilegiar a los “pueblos originarios” con la esperanza de revertir las consecuencias de medio milenio de dominación blanca y mestiza, desistir de aludir a las raíces étnicas de quienes desempeñan papeles en el escenario político boliviano no será exactamente fácil, razón por la que puede entenderse la inquietud que se ha apoderado de buena parte de los medios periodísticos del país. La situación sería distinta si el gobierno estuviera comprometido con la igualdad, negándose a discriminar a favor o en contra de cualquiera de los diversos grupos étnicos y lingüísticos que conforman la abigarrada amalgama boliviana, pero sucede que éste dista de ser el caso. Antes bien, Evo se ve como el abanderado de la causa indigenista y raramente deja pasar una oportunidad para subrayarlo. En el mundo actual es frecuente que movimientos supuestamente antirracistas sean en verdad tan racistas como el mismísimo nazismo alemán al dedicarse a exaltar las hipotéticas virtudes de un grupo étnico largamente despreciado. Es lo que ha ocurrido en Estados Unidos, donde militantes negros han inventado teorías delirantes a fin de convencer a sus “hermanos” de su superioridad congénita, y en África, donde en algunos círculos ideas en torno a “la negritud” han disfrutado de cierto prestigio intelectual. A la luz de la historia, puede entenderse la popularidad de tales reacciones no sólo entre los integrantes de los grupos elegidos de turno sino también entre algunos contestatarios blancos, pero la solución para el grave problema planteado por siglos de racismo europeo y americano no puede ser el racismo de otro signo. No se equivoca Evo cuando habla de las humillaciones constantes que han sufrido los pueblos indígenas de su país y de la necesidad de que haya un proceso de descolonización mental, pero es muy poco probable que sus esfuerzos por poner fin a la injusticia así supuesta tengan los resultados esperados. Por cierto, no servirán para que en adelante la minoría blanca deje de temer a la mayoría india.
En algunos países de América Latina, incluyendo, por desgracia, a la Argentina, los mandatarios están procurando encontrar pretextos respetables para conculcar la libertad de opinión. El presidente boliviano Evo Morales cree disponer de uno que, bien que mal, merecería la aprobación no sólo del grueso de sus compatriotas sino también de muchos políticos e intelectuales del Primer Mundo, ya que en varios países europeos existen leyes destinadas a castigar, a veces con penas severas, a los juzgados culpables de manifestar su hostilidad hacia grupos étnicos o minorías sexuales determinados. Por lo demás, los gobiernos de los países mayormente musulmanes están impulsando la noción de que lo que llaman “islamofobia” sea en realidad una forma de racismo, de suerte que debería ser considerado un crimen en todos los países del planeta. Según la ley que acaba de promulgar el gobierno boliviano, los medios periodísticos culpables de difundir ideas racistas y discriminatorias podrían enfrentar “sanciones económicas y de suspensión de licencia de funcionamiento”, o sea, correrían peligro de ser cerrados. Para protestar contra la medida, los diarios más importantes de Bolivia salieron a la calle con las tapas en blanco salvo por la consigna “No hay democracia sin libertad de expresión”. Mal que bien, dicha libertad no tiene sentido a menos que incluya la de ofender. Para defenderse contra la acusación de atentar contra la libertad de prensa, el presidente boliviano dice que hay una gran diferencia entre libertad de expresión por un lado y libertinaje por el otro, distinción ésta que, por motivos evidentes, suele fascinar a regímenes dictatoriales, entre ellos el encabezado por el en aquel entonces general Jorge Rafael Videla, que quieren hacer callar a quienes se animan a criticarlo. No es de suponer que con escasas excepciones los periodistas bolivianos sean racistas y que la razón por la que están protestando con tanto vigor consista en el deseo de poder continuar calificando de miembros de una “raza maldita” a la mayoría de sus compatriotas. Lo que les preocupa es que un gobierno de mentalidad claramente autoritaria pueda atribuir cualquier manifestación opositora al presunto enojo ocasionado por el hecho de que Evo sea de origen indio. En vista de que Evo y sus colaboradores se afirman resueltos a privilegiar a los “pueblos originarios” con la esperanza de revertir las consecuencias de medio milenio de dominación blanca y mestiza, desistir de aludir a las raíces étnicas de quienes desempeñan papeles en el escenario político boliviano no será exactamente fácil, razón por la que puede entenderse la inquietud que se ha apoderado de buena parte de los medios periodísticos del país. La situación sería distinta si el gobierno estuviera comprometido con la igualdad, negándose a discriminar a favor o en contra de cualquiera de los diversos grupos étnicos y lingüísticos que conforman la abigarrada amalgama boliviana, pero sucede que éste dista de ser el caso. Antes bien, Evo se ve como el abanderado de la causa indigenista y raramente deja pasar una oportunidad para subrayarlo. En el mundo actual es frecuente que movimientos supuestamente antirracistas sean en verdad tan racistas como el mismísimo nazismo alemán al dedicarse a exaltar las hipotéticas virtudes de un grupo étnico largamente despreciado. Es lo que ha ocurrido en Estados Unidos, donde militantes negros han inventado teorías delirantes a fin de convencer a sus “hermanos” de su superioridad congénita, y en África, donde en algunos círculos ideas en torno a “la negritud” han disfrutado de cierto prestigio intelectual. A la luz de la historia, puede entenderse la popularidad de tales reacciones no sólo entre los integrantes de los grupos elegidos de turno sino también entre algunos contestatarios blancos, pero la solución para el grave problema planteado por siglos de racismo europeo y americano no puede ser el racismo de otro signo. No se equivoca Evo cuando habla de las humillaciones constantes que han sufrido los pueblos indígenas de su país y de la necesidad de que haya un proceso de descolonización mental, pero es muy poco probable que sus esfuerzos por poner fin a la injusticia así supuesta tengan los resultados esperados. Por cierto, no servirán para que en adelante la minoría blanca deje de temer a la mayoría india.
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