El boicot de los inversores
Bien administrada, la Argentina sería una auténtica aspiradora de inversiones internacionales. Además de poseer los recursos materiales y humanos necesarios para seguir creciendo a un ritmo muy rápido, está entre los países más beneficiados por la reestructuración de la economía mundial que se ha visto impulsada por el desarrollo vertiginoso de China e India. Sin embargo, a pesar de contar con tales ventajas, aquellos inversores que se interesan en las posibilidades ofrecidas por América Latina se resisten a arriesgarse aquí. Según el informe más reciente difundido por la Comisión Económica para América Latina (Cepal) de la ONU, en la primera mitad del corriente año la Argentina recibió menos del cinco por ciento de los más de 50.000 millones de dólares estadounidenses destinados a la región. Que Brasil, el país actualmente de moda, haya conseguido ocho veces más y México seis puede considerarse lógico, pero debería llamar la atención que nuestro vecino relativamente pequeño, Chile, haya recibido 8.000 millones de dólares en inversiones productivas directas frente a los poco más de 2.000 millones que desembarcaron aquí y que a juicio de quienes manejan cantidades ingentes de dinero Colombia y Perú sean países decididamente más promisorios que la Argentina. En parte, el boicot así supuesto puede atribuirse a nuestra trayectoria lamentable; a través de los años, nos hemos ingeniado para adquirir la reputación de ser defaulteadores seriales que, de surgir dificultades, no vacilarán en declararse víctimas de la codicia de acreedores desalmados. Por desgracia, la forma agresiva en que los gobiernos kirchneristas han intentado “renegociar” la deuda pública no ha contribuido a modificar dicha impresión. Si bien la actitud asumida por los presidentes Néstor Kirchner primero y, después, por su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, podría considerarse políticamente necesaria, su voluntad de reivindicar así la cultura del default tuvo consecuencias negativas en el exterior. Asimismo, la decisión de estatizar los fondos previsionales privados y, más tarde, echar mano a las reservas del Banco Central para financiar el gasto público en aumento sólo sirvieron para asustar aún más a los inversores internacionales. Puesto que hoy en día abundan las oportunidades en otros países de América Latina, es natural que hayan optado por concentrarse en ellos. Puesto que, luego de un retroceso breve, se había reanudado el crecimiento “a tasas chinas”, antes de la muerte imprevista del ex presidente Kirchner el aislamiento financiero de la Argentina no motivaba demasiada preocupación; si bien el ministro de Economía, Amado Boudou, presuntamente respaldado por el “hombre fuerte” del gobierno, procuraba infructuosamente llegar a un acuerdo con el Club de París sin la intervención del Fondo Monetario Internacional, el tema no figuraba entre las prioridades de la clase política nacional. Es poco probable que la situación así supuesta cambie en las próximas semanas. Aunque los mercados tomaron la noticia del fallecimiento de Néstor Kirchner por una señal de que en adelante el gobierno se esforzaría por mejorar la relación del país con la “comunidad financiera” internacional, razón por la que subieron las acciones de empresas vinculadas con la Argentina y se redujo el índice riesgo país, tal reacción fue poco realista. Parecería que, por motivos políticos, la presidenta procurará hacer pensar que está resuelta a “profundizar el modelo” e intensificar la lucha contra “las corporaciones”, de tal modo rindiendo homenaje a la memoria de su marido difunto. En tal caso, no sorprendería en absoluto que el año que viene la Cepal nos informara que países tan pequeños como Uruguay y Panamá están por superarnos en lo que hace a las inversiones directas recibidas. Aun cuando resultara ser mínimo el eventual impacto político de la escasa confianza ajena en las perspectivas ante nuestro país, la indiferencia así reflejada no significaría que el asunto careciera de importancia. Por el contrario, significaría que millones de familias seguirían hundidas en la pobreza extrema ya que, bien que mal, sin inversiones en gran escala no le será dado al país solucionar el problema gigantesco planteado por la “exclusión” de una proporción al parecer cada vez mayor de sus habitantes.