El centro se encoge

Redacción

Por Redacción

En uno de sus poemas más célebres, “El segundo advenimiento”, William Butler Yeats advirtió hace cien años que, por carecer de toda convicción los mejores y estar llenos de intensidad febril los peores, el centro cedía y la anarquía se abatía sobre el mundo. Acertaba: en las décadas siguientes, los moderados que, sin ser izquierdistas resueltos a derribar cuanto antes el orden establecido ni conservadores decididos a defenderlo cueste lo que cueste, procuraban adherirse a ciertos valores liberales resultarían incapaces de impedir que fascistas, comunistas y otros fanáticos de mentalidad totalitaria perpetraran un sinfín de crímenes de lesa humanidad en que morirían más de cien millones de personas.

Si bien en Europa el panorama actual parece menos alarmante que el que tanto asustó al gran poeta irlandés, puede que esté por terminar un período en que han dominado el discurso público quienes tratan a sus adversarios con respeto y prefieren las soluciones negociadas, por imperfectas que sean, a las impuestas por la fuerza. Con frecuencia creciente, los debates que se proponen no pueden celebrarse porque grupos de activistas violentos dicen que hay opiniones que no deberían difundirse.

Lo mismo está sucediendo en Estados Unidos, donde muchos opositores al presidente Donald Trump han asumido posturas que son tan virulentas como las del deslenguado magnate nacionalista. Pocos días pasen sin que haya disturbios en recintos universitarios al chocar los partidarios de la libertad de expresión con guardianes de alguna que otra versión de la corrección política supuestamente progresista. Allá también, el centro está replegándose.

Luego de derrumbarse el imperio soviético, llevando consigo la fe de un sector influyente de la intelectualidad occidental en la eventual eficacia de las recetas socioeconómicas marxistas, el norteamericano Francis Fukuyama no era el único que suponía que, andando el tiempo, casi todos reconocerían que la democracia liberal era la menos mala de los sistemas políticos disponibles. Fukuyama creía que en adelante la política, desprovista de pasión, se haría mucho más pacífica y por lo tanto más aburrida. Pronto tendría buenos motivos para cambiar de opinión.

Así y todo, la tesis del autor de “El fin de la historia” fue adoptada con entusiasmo por ciertos políticos norteamericanos y europeos que, con optimismo desbordante, se las ingeniaron para convencerse de que en todas partes la mayoría abrumadora quisiera disfrutar de las libertades personales que figuraban en las constituciones y leyes de los países democráticos, pero, desgraciadamente para ellos, sucede que el amor por la libertad no es tan universal como les gustaba creer, de ahí el fracaso de los esfuerzos por exportarla. En los países islámicos muchos están resueltos a subordinar absolutamente todo a sus prioridades religiosas, mientras que en otros de cultura premoderna las lealtades tribales importan más que el hipotético compromiso de cada uno con una doctrina determinada.

En cuanto a la idea de que, después de alcanzar cierto nivel, el desarrollo económico se vería frenado por el autoritarismo, parecen haberla desvirtuado los éxitos en tal ámbito que se ha anotado el nada democrático régimen chino, cuya legitimidad descansa en su presunta capacidad para garantizar al grueso de la población un buen estándar de vida. Con todo, de difundirse la impresión de que la dictadura nominalmente comunista ya no está en condiciones de cumplir con el pacto implícito así supuesto, el modelo autoritario se encontraría en apuros.

Por fortuna, en la mayor parte de América Latina los conflictos son menos truculentos que en el mundo musulmán. Por lo demás, aparte de los integrantes de una minoría nostálgica, nadie siente fervor por una hipotética alternativa dictatorial como las ensayadas en Venezuela y Cuba. La elección de Jair Bolsonaro, un personaje de opiniones contundentes, ha motivado mucha inquietud, pero su triunfo se debió más al hartazgo provocado por la corrupción rampante, la inseguridad y una prolongada recesión, que al atractivo de la ideología derechista que se le atribuye.

Mientras que en Estados Unidos y Europa “el centro” se ve amenazado por quienes dicen creer que ha sido capturado por elites de retórica progresista que se concentran en defender sus propias conquistas sin preocuparse por el destino de la mayoría abrumadora de sus conciudadanos, América Latina tiene problemas que son mucho más urgentes que los que obsesionan a quienes en los países todavía ricos buscan nuevos pretextos para protestar contra el statu quo, razón por la que es probable que aquí la política se mantenga en los carriles tradicionales por un rato más.

Lo mismo está sucediendo en Estados Unidos, donde muchos opositores al presidente Donald Trump han asumido posturas que son tan virulentas como las del deslenguado magnate nacionalista.

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Lo mismo está sucediendo en Estados Unidos, donde muchos opositores al presidente Donald Trump han asumido posturas que son tan virulentas como las del deslenguado magnate nacionalista.


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