El ébola sigue su marcha
Si bien los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU discrepan acerca de la mejor manera de hacer frente a los desafíos planteados por el islamismo militante, coinciden en que el ébola supone “una amenaza para la paz y la seguridad mundial” y que por lo tanto los países que están en condiciones de ayudar, es decir los más desarrollados, tendrán que aportar todo cuanto puedan antes de que sea demasiado tarde. No les queda mucho tiempo. El virus está propagándose con tanta velocidad en África occidental que, según los Centros de Control y Prevención de Enfermedades del gobierno estadounidense, a comienzos del año próximo podría haber 1,4 millones de infectados, de los que la mayoría moriría pronto porque los países más golpeados, Liberia, Sierra Leona y Guinea, no cuentan con los recursos mínimos que serían necesarios para impedirlo. La semana pasada el presidente norteamericano Barack Obama advirtió que la situación “se está saliendo de control” al expandirse la epidemia “de manera exponencial”, razón por la que su país se ha comprometido a enviar a la región a 3.000 militares para construir centros de tratamiento. A su juicio, se trata de “una epidemia jamás vista antes”. Puede que haya exagerado pero, de estar en lo cierto las previsiones de los especialistas norteamericanos, dentro de poco la enfermedad alcanzará la grandes ciudades de la vecina Nigeria, país en el que ya se han registrado algunos casos, con consecuencias terribles para millones de personas. Tanto los países africanos como la llamada comunidad internacional han reaccionado con lentitud frente a la reaparición de ébola en países paupérrimos de instituciones débiles y sistemas sanitarios precarios. Mientras que los gobiernos de Liberia, Sierra Leona y Guinea querían minimizar los riesgos por entender que declarar un estado de emergencia tendría repercusiones económicas y sociales muy negativas, los occidentales se han acostumbrado a que la Organización Mundial de la Salud prevea epidemias apocalípticas de enfermedades poco comunes que, pasados algunos meses sin muchas víctimas mortales, resultan haber sido relativamente inocuas. Sin embargo, parecería que en esta ocasión los alarmistas acertaron. Aun cuando la epidemia se viera limitada en buena medida a los tres países más afectados, las secuelas serían graves. Apenas han logrado recuperarse de las guerras civiles atroces que los asolaron hasta inicios del siglo actual. Debido a las tensiones provocadas por la irrupción de una enfermedad cruel y la presencia en algunas localidades de cadáveres insepultos de víctimas que murieron en la calle, los conflictos brutales entre distintas bandas podrían reanudarse. Asimismo, la puesta en cuarentena, con toque de queda, de zonas enteras está contribuyendo a sembrar pánico, además de brindar oportunidades a los dispuestos a sacar provecho de la sensación de anarquía creciente que, según se informa, está apoderándose de una parte sustancial de África occidental. Huelga decir que, si la epidemia se extiende a Nigeria, Camerún y otros países, la situación se haría decididamente peor. Los gobiernos del mundo desarrollado confían en su capacidad para impedir que el virus se instale en sus propios países. Hasta ahora su experiencia ha sido alentadora, ya que se han recuperado más de la mitad de los escasos pacientes trasladados a Europa o Estados Unidos y, de todos modos, fueron capaces de mantenerlos efectivamente aislados del resto de la población. Así y todo, por motivos comprensibles son reacios a permitir el ingreso de personas procedentes de las zonas más afectadas a menos que se trate de sus propios ciudadanos, lo que ya ha dado lugar a acusaciones de discriminación por parte de quienes se sienten atrapados en países atrasados. De concretarse, la iniciativa de Estados Unidos conforme a la cual las fuerzas armadas de la superpotencia establecerán una especie de base de control sanitario en Liberia podría ayudar a convencer a los africanos de que los países ricos no los han abandonado a su suerte, aunque, en vista de la popularidad de teorías conspirativas en la región, también brindaría a los tentados por ellas más pretextos para suponerse víctimas de un siniestro ataque racista emprendido por los interesados en privarlos de sus abundantes recursos naturales.
Si bien los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU discrepan acerca de la mejor manera de hacer frente a los desafíos planteados por el islamismo militante, coinciden en que el ébola supone “una amenaza para la paz y la seguridad mundial” y que por lo tanto los países que están en condiciones de ayudar, es decir los más desarrollados, tendrán que aportar todo cuanto puedan antes de que sea demasiado tarde. No les queda mucho tiempo. El virus está propagándose con tanta velocidad en África occidental que, según los Centros de Control y Prevención de Enfermedades del gobierno estadounidense, a comienzos del año próximo podría haber 1,4 millones de infectados, de los que la mayoría moriría pronto porque los países más golpeados, Liberia, Sierra Leona y Guinea, no cuentan con los recursos mínimos que serían necesarios para impedirlo. La semana pasada el presidente norteamericano Barack Obama advirtió que la situación “se está saliendo de control” al expandirse la epidemia “de manera exponencial”, razón por la que su país se ha comprometido a enviar a la región a 3.000 militares para construir centros de tratamiento. A su juicio, se trata de “una epidemia jamás vista antes”. Puede que haya exagerado pero, de estar en lo cierto las previsiones de los especialistas norteamericanos, dentro de poco la enfermedad alcanzará la grandes ciudades de la vecina Nigeria, país en el que ya se han registrado algunos casos, con consecuencias terribles para millones de personas. Tanto los países africanos como la llamada comunidad internacional han reaccionado con lentitud frente a la reaparición de ébola en países paupérrimos de instituciones débiles y sistemas sanitarios precarios. Mientras que los gobiernos de Liberia, Sierra Leona y Guinea querían minimizar los riesgos por entender que declarar un estado de emergencia tendría repercusiones económicas y sociales muy negativas, los occidentales se han acostumbrado a que la Organización Mundial de la Salud prevea epidemias apocalípticas de enfermedades poco comunes que, pasados algunos meses sin muchas víctimas mortales, resultan haber sido relativamente inocuas. Sin embargo, parecería que en esta ocasión los alarmistas acertaron. Aun cuando la epidemia se viera limitada en buena medida a los tres países más afectados, las secuelas serían graves. Apenas han logrado recuperarse de las guerras civiles atroces que los asolaron hasta inicios del siglo actual. Debido a las tensiones provocadas por la irrupción de una enfermedad cruel y la presencia en algunas localidades de cadáveres insepultos de víctimas que murieron en la calle, los conflictos brutales entre distintas bandas podrían reanudarse. Asimismo, la puesta en cuarentena, con toque de queda, de zonas enteras está contribuyendo a sembrar pánico, además de brindar oportunidades a los dispuestos a sacar provecho de la sensación de anarquía creciente que, según se informa, está apoderándose de una parte sustancial de África occidental. Huelga decir que, si la epidemia se extiende a Nigeria, Camerún y otros países, la situación se haría decididamente peor. Los gobiernos del mundo desarrollado confían en su capacidad para impedir que el virus se instale en sus propios países. Hasta ahora su experiencia ha sido alentadora, ya que se han recuperado más de la mitad de los escasos pacientes trasladados a Europa o Estados Unidos y, de todos modos, fueron capaces de mantenerlos efectivamente aislados del resto de la población. Así y todo, por motivos comprensibles son reacios a permitir el ingreso de personas procedentes de las zonas más afectadas a menos que se trate de sus propios ciudadanos, lo que ya ha dado lugar a acusaciones de discriminación por parte de quienes se sienten atrapados en países atrasados. De concretarse, la iniciativa de Estados Unidos conforme a la cual las fuerzas armadas de la superpotencia establecerán una especie de base de control sanitario en Liberia podría ayudar a convencer a los africanos de que los países ricos no los han abandonado a su suerte, aunque, en vista de la popularidad de teorías conspirativas en la región, también brindaría a los tentados por ellas más pretextos para suponerse víctimas de un siniestro ataque racista emprendido por los interesados en privarlos de sus abundantes recursos naturales.
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