El encuentro Lula-Bush
Para incomodidad de los que esperaban que la llegada al poder de Luiz Inácio Lula da Silva presagiara la formación de un fuerte eje antinorteamericano en la región, la cumbre que acaban de celebrar el presidente brasileño con su homólogo George W. Bush se vio caracterizada por el intercambio de manifestaciones de estima y por la decisión mutua de sellar una alianza estratégica. Es que ya es evidente que a Lula, un hombre de origen obrero, le interesa mucho más el bienestar de sus compatriotas pobres que las luchas ideológicas que tanto apasionan a los intelectuales latinoamericanos de clase media, mientras que Bush comprende muy bien que a Estados Unidos no le convendría en absoluto una relación conflictiva con los vecinos del sur. Por lo tanto, a los dos mandatarios no les resultó del todo difícil concentrarse en lo que tienen en común, dejando a los preocupados por tales cosas las abstracciones importadas que tan a menudo inciden en la conducta de los gobernantes latinoamericanos. Como aseveró el brasileño, la relación amistosa y fructífera de su país con Estados Unidos sorprendería al mundo.
Aunque en ocasiones el propio Lula ha dado a entender que considera prioritarias las relaciones con la Argentina y otros países vecinos, tanto él como los integrantes principales de su equipo saben que para progresar en orden el Brasil necesitará contar con la colaboración en una gama amplia de actividades de la nación más poderosa, rica y dinámica del planeta, una cuya economía es casi veinte veces mayor que la brasileña. Por su parte, los líderes norteamericanos ya parecen haber aprendido que a menos que se comprometan mucho más con el desarrollo económico de América Latina, las consecuencias geopolíticas podrían ser muy graves. Por cierto, la confianza ingenua en la receta supuesta por democracia más liberalización se ha visto reemplazada por la conciencia de que sin una dosis fuerte de voluntad política la evolución de países atrasados no tardará en trabarse, debido a las fluctuaciones violentas del clima financiero internacional, a las barreras proteccionistas erigidas por los ya ricos, entre ellos Estados Unidos, y a la oposición tenaz de los muchos grupos tanto económicos como políticos que están resueltos a resistirse a los cambios traumáticos que les supondría la modernización.
El desplome de la Argentina y el riesgo aún no eliminado de que el Brasil también naufrague en las aguas agitadas de la economía han sido festejados con júbilo por los muchos que por razones materiales o ideológicas sencillamente no quieren que los países latinoamericanos logren emular a los de América del Norte, Europa occidental, Oceanía o el Lejano Oriente. Según ellos, lo que llaman neoliberalismo ha fracasado de forma definitiva, de modo que los latinoamericanos tendrán que probar suerte con algo diferente, negándose a ajustar nada para conformarse con lo que en última instancia sería una versión levemente retocada de sus regímenes tradicionales. Si bien tales actitudes pueden entenderse, el porvenir insinuado por los partidarios de una resistencia en el fondo ultraconservadora contra los cambios exigidos por cualquier estrategia concebible de desarrollo sería sin duda desagradable para la mayoría abrumadora de los latinoamericanos que merecen algo mucho mejor que la miseria presuntamente amenizada por campañas políticas emocionantes en las que en lugar de logros concretos recibiría grandes trozos de retórica populista. Por fortuna, Lula ha optado por anteponer los intereses básicos de sus compatriotas a las fantasías de los ideólogos, reconociendo que un colapso financiero sólo beneficiaría a los duchos en aprovechar las desgracias ajenas, trátese de empresarios reacios a competir con nadie, de financistas habituados a hacer su agosto en épocas de inestabilidad, o de políticos y sus acompañantes que sueñan con protagonizar epopeyas teatrales de secuelas lamentables. Sin embargo, para que el presidente brasileño gane su apuesta será necesario que los países ya ricos, encabezados por Estados Unidos, colaboren de forma mucho más vigorosa que en el pasado con el propósito de mostrar que de todas las alternativas disponibles la representada por la democracia capitalista relativamente liberal es la única que conduzca a un destino tolerable.
Para incomodidad de los que esperaban que la llegada al poder de Luiz Inácio Lula da Silva presagiara la formación de un fuerte eje antinorteamericano en la región, la cumbre que acaban de celebrar el presidente brasileño con su homólogo George W. Bush se vio caracterizada por el intercambio de manifestaciones de estima y por la decisión mutua de sellar una alianza estratégica. Es que ya es evidente que a Lula, un hombre de origen obrero, le interesa mucho más el bienestar de sus compatriotas pobres que las luchas ideológicas que tanto apasionan a los intelectuales latinoamericanos de clase media, mientras que Bush comprende muy bien que a Estados Unidos no le convendría en absoluto una relación conflictiva con los vecinos del sur. Por lo tanto, a los dos mandatarios no les resultó del todo difícil concentrarse en lo que tienen en común, dejando a los preocupados por tales cosas las abstracciones importadas que tan a menudo inciden en la conducta de los gobernantes latinoamericanos. Como aseveró el brasileño, la relación amistosa y fructífera de su país con Estados Unidos sorprendería al mundo.
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