El exitismo de Piñera eclipsa la campaña de vacunación





Yasna Mussa *


El autoengaño lleva al gobierno a congratularse entre sí, con una sordera crónica ante recomendaciones de asesores que ellos mismos han convocado, pero que luego ignoran.


La gestión del gobierno de Chile vinculada al proceso de vacunación contra el Covid-19, tanto las negociaciones con diferentes laboratorios a principios de la pandemia como la compra oportuna, dieron paso a una exitosa campaña de inoculación que llamó la atención internacional por la rapidez, eficacia y cobertura ejemplar. En un año de elecciones presidenciales y con un constante estado de crisis que ha marcado la actual administración, analistas y políticos intentan adelantar este hito como parte importante del legado que dejará el segundo mandato de Sebastián Piñera.

Chile se posicionó en pocas semanas como el líder latinoamericano y uno de los tres primeros países a nivel mundial.

Pero al mismo tiempo que el gobierno celebraba su éxito, expertos en salubridad advertían que la inoculación no podía presentarse como un hecho aislado, pues el proceso debía ir acompañado de cuarentenas, de un plan coordinado y, sobre todo, de un claro mensaje a la población: las vacunas no sustituyen las medidas sanitarias para evitar la propagación de los contagios.

La Organización Mundial de la Salud advertía que “podría esperarse que con las vacunaciones los casos bajaran, pero son solo una de las herramientas para frenar los contagios y no podemos descansar solo en ella”. No fue la única en hacer esta observación. El Colegio Médico (Colmed), una asociación gremial que reúne a los médicos chilenos y que forma parte de la Mesa Social que asesora al gobierno, hizo el mismo llamado durante el verano, incitando al gobierno a no bajar la guardia y mantener las restricciones sanitarias y de movilidad.

Mientras los expertos advertían que la segunda ola se podría convertir en tsunami, el ministro de Salud, Enrique Paris, se aferraba a la decisión desoyendo una vez más las recomendaciones de los expertos. (Para el 28 de marzo, Valparaíso anunciaba el colapso total de su morgue y los cuerpos se acumulaban en los pasillos del hospital Van Buren).

Un mes después, el gobierno celebraba por adelantado los resultados de la vacunación instalando una narrativa de éxito que entregaba un mensaje errado.

La vacuna se presentó como una solución inmediata, un avance milagroso que daba un respiro a una población cansada después de un año de confinamiento, aun cuando apenas se había vacunado a 16% de la población. Fue el impulso que hacía falta para dar rienda suelta a salidas, viajes al extranjero y dentro del país, compras y reuniones sociales.

Solo hubo reacción cuando las cifras hablaron por sí mismas, decretando una cuarentena total que deja a 97% de la población en un confinamiento estricto debido a la urgencia de la última semana.

Pero en estos tres años de gobierno, esta desconexión con la realidad no ha sido la excepción sino la tónica de su discurso. Como quien se aferra al autoengaño, tanto el presidente como sus ministros repiten algunos mitos que intentan instalar como verdades. En 2019 Piñera aseguró que Chile es un oasis de estabilidad en América Latina. Poco después el exministro de Salud Jaime Mañalich afirmó que “nuestro sistema de salud es uno de los mejores y más eficientes del planeta”, en un país que cada invierno registra colapsos en el sistema de salud, obligando a los enfermos a llegar de madrugada por un turno para ser atendidos.

Son comentarios y frases que pasarán a la historia como una muestra palpable de las dos realidades que se viven en Chile: la de la élite y la de los ciudadanos comunes y corrientes.

El estallido social parece estar lejos de convertirse en una lección aprendida y el gobierno insiste en dejar su impronta de vecino exitoso del barrio: el que quiere ganar todas pero es incapaz de renunciar a algo. Por eso le parece factible compatibilizar una gran campaña de vacunación al mismo tiempo que pone como prioridad reactivar la economía. Sin un plan de apoyo efectivo a las familias menos privilegiadas, los trabajadores han debido recurrir a sus ahorros para la jubilación, a sus seguros de desempleo o arriesgando su salud en transportes públicos saturados para atravesar la ciudad y no perder sus fuentes laborales.

A dos semanas de las elecciones de alcaldes, gobernadores y constituyentes que redactarán una nueva Constitución, el presidente anunció el 28 de marzo que se aplazarán los comicios hasta mediados de mayo. Aunque la medida parecía inminente, la sorpresa está en la ausencia de un plan que acompañe esta decisión, tal como ha insistido la Mesa Social del Covid-19 y el Consejo Asesor. Con un promedio de contagios que supera los 7,000 casos diarios durante la última semana (en una población total de un poco más de 18 millones y donde 33% ha recibido la vacuna), más que en el peor momento de la pandemia en junio de 2020; con hospitales colapsados y con más de 30,000 muertos por Covid-19, entre confirmados y probables, según reconoce el informe epidemiológico del ministerio de Salud. Sin embargo, el gobierno sigue sin pronunciar nuevas medidas sobre el cierre de aeropuertos, de centros comerciales o de un apoyo económico que permita una cuarentena segura para toda la población.

El autoengaño los ha llevado a congratularse entre pares, padeciendo de una sordera crónica ante las recomendaciones de asesores que ellos mismos han convocado, pero que luego ignoran. Con estas cifras, el gobierno deja más claro cuál será su legado: haber mantenido al país en una permanente crisis política, social y ahora sanitaria, acumulando muertos por los que, más temprano que tarde, tendrá que rendir cuentas y aceptar su rotundo fracaso.

* Corresponsal y reportera freelance en Chile. The Washington Post


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