Debates Opinión

El FdT necesita un “príncipe” y una narrativa de futuro

En el tablero de ajedrez de la coalición de gobierno prima la suma de estrategias particulares, incapaces para dotar al gobierno de una acción coherente y agenda propia. El vacío de liderazgo se traduce en lo económico en desinversión y débil crecimiento.

Federico Zapata*

La dinámica de la coalición de gobierno -sus dificultades y sus desafíos- puede analizarse como un juego de ajedrez en tres tableros paralelos: el político, el gubernamental y el económico.

En el primero de los mencionados, que es la cúspide de los tableros, existe una disfuncionalidad que está generando problemas operativos en los otros dos tableros (el gubernamental y el económico): la dificultad para constituir el liderazgo político al interior de la experiencia gubernamental. No se trata sólo ni principalmente de un problema de Alberto Fernández, se trata de un problema de toda la coalición de gobierno.

¿Qué implica constituir un liderazgo? Dotar al Poder Ejecutivo de un músculo y una agenda propia, más allá de las agendas particulares de los polos de poder al interior de la coalición. Es decir, es legítimo que Cristina Fernández de Kirchner tenga y persiga sus intereses. O que Sergio Massa busque su propio horizonte. Pero es un error político mayúsculo, pensar que esas acciones, como por un libre juego de oferta y demanda, pueden dotarle de racionalidad colectiva al Poder Ejecutivo.

También es un error político que Alberto Fernández funcione -o entienda que ése es su rol- como un ecualizador de esas agendas particulares.

Tres líderes, con agendas distintas y diferentes recursos de poder, no han logrado articular estrategias y una narrativa de futuro superadora del agotado modelo K.

El interés colectivo de los tres integrantes dominantes de la coalición, debería ser generar una nueva narrativa, que interpele al futuro, más allá de sus propias intensidades particulares.

El fracaso en comprender e implementar esa tarea colectiva abre interrogante sobre la capacidad de la coalición para conservar la representatividad lograda en la elección de 2019 y para afrontar futuras competencias electorales. ¿Por qué?

La figura del presidente

En primer lugar, si la figura del presidente de la Nación se diluye en el polo de poder dominante de la coalición (Cristina Fernández de Kirchner), desdibuja su sentido histórico, su razón de ser, su valor agregado. No importa si efectivamente Alberto Fernández piensa o no como Cristina Fernández de Kirchner. Desde el punto de vista colectivo, es irrelevante. La coalición precisa que Alberto Fernández no sea redundante. El frentetodismo gubernamental necesita un Príncipe.

En segundo lugar, si el electorado (y las fuerzas políticas) en Argentina llegan a la conclusión de que toda ecuación coalicional con el kirchnerismo (hoy el principal accionista del peronismo a nivel nacional) es igual al kirchnerismo, entonces, la reputación del polo de poder dominante entra en crisis desde el punto de vista de la acción colectiva. El producto de la multiplicación por el factor kirchnerismo, nunca puede ser igual a “cero”.

En tercer lugar, Massa no está solo ni espera. Si la experiencia coalicional no es capaz de construir una nueva agenda de modernización, probablemente termine arrastrando también las aspiraciones legítimas del actual presidente de la Cámara de Diputados.


Un Alberto Fernández desempoderado es un problema para los tres jugadores centrales de la coalición. Genera un vacío de conducción y liderazgo que paraliza la actividad de gobierno.


El dirigente -como la coalición- también necesita un Ejecutivo claro, ordenado, diferenciado y exitoso. Paradójicamente (o no), la cercanía de Massa al poder sin resolver la racionalidad colectiva del experimento, hoy lo aleja de su núcleo de votantes. Algo similar a lo que le ocurrió a Scioli en 2015.

En suma, el tablero político con Alberto Fernández desempoderado, es un problema para los tres jugadores centrales de la coalición. Un juego sub-óptimo, que, además, condiciona en forma negativa la performance de los otros dos tableros: el gubernamental y el económico.

Liderazgo y gestión

En el tablero gubernamental, la crisis de un liderazgo colectivo acentúa los problemas metodológicos de la gestión. Si durante el 2020 primó una metodología caracterizada por una agenda minimalista surgida al calor de pujas y vetos cruzados, en el 2021, con la salida de dos piezas centrales del albertismo (Ginés González García y Marcela Losardo), termina por debilitarse el proto-esquema del “nunca” naciente albertismo, generando un vacío de conducción y liderazgo que paraliza la actividad gubernamental.

En el tablero económico, el empresariado argentino no encuentra los incentivos para salir de un comportamiento defensivo, que tiene como uno de sus corolarios más dramáticos, el proceso de desinversión privada y la lenta generación de empleo formal.

En efecto, la ausencia de una agenda política clara, precisa y ordenada para afrontar los problemas estructurales y graves de nuestro capitalismo nacional, sumado al ruido que genera una coalición gubernamental con un liderazgo desdibujado y desempoderado, terminan por dinamitar las buenas intenciones de ambos lados del mostrador.


El empresariado argentino no encuentra incentivos para salir de un comportamiento defensivo, lo que aviva el proceso de desinversión privada y la lenta generación de empleo.


Datos contundentes: desde 1983, Argentina crece muy poco, por debajo de la región y de manera muy volátil (0,7% anual per cápita); en 2020, el PBI per cápita de Argentina llegó a ser igual al de 1974.

En paralelo, la inversión se encuentra en pisos históricos del 13,5% del PIB, valores que apenas cubren el envejecimiento de bienes de capital.

Es cierto, la pandemia profundizó nuestros problemas. Sin embargo, también es cierto que la pandemia acelera la necesidad de diseñar un modelo de acumulación sostenible.

En síntesis, resolver el tablero político, implica también reordenar una nueva agenda de modernización económica. Sin atajos. Con urgencia.

Una batalla cultural contra el decrecimiento y el subdesarrollo. Se dice desde la política: “la economía se activa por la demanda, bastará con poner plata en los bolsillos”. El supuesto (y la hipótesis) del “homo economicus”.

Weber y el joven Marx introducirían un sano escepticismo sobre esa afirmación. Ambos pusieron especial énfasis en dilucidar los aspectos no-económicos del capitalismo.

Revertir nuestra declinación nacional, va a requerir mucho más que una inyección de demanda. Y la respuesta no está sólo en la capacidad técnica de nuestro Ministro de Economía. Está en el tablero político.

(*) Politólogo. Director de la Consultora Política Escenarios y analista de economía política en Revista Panamá.


Las falacias del decrecimiento

Parte de las dificultades de la coalición de gobierno para construir una agenda común de futuro tiene que ver con la fuerza que viene ganando la teoría del decrecimiento en Argentina, sobre todo en sectores progresistas de CABA, con ascendencia en el Frente de Todos. El decrecimiento “a la argentina” se ordena en torno a tres premisas conceptuales que han sido sistemáticamente refutadas por la experiencia empírica internacional:

• Falacia 1 del decrecimiento: “podemos desarrollarnos sin el sector privado”. Todo lo contrario, todas las experiencias de desarrollo económico a nivel internacional, se han nutrido de un sector privado vigoroso y de un ecosistema público-privado, en donde gobierno y empresas forman parte de un mismo equipo y actúan como un mismo puño. No importa cómo piensan políticamente los empresarios. Importan los incentivos nacionales que generamos, para que los empresarios inviertan, generen riqueza y trabajo, agregan valor y exporten.

• Falacia 2 del decrecimiento: “podemos transformar el capitalismo desde la periferia”. Error de diagnóstico. Argentina no va a transformar el capitalismo, porque los países periféricos -más allá de nuestra vanidad- no determinan las reglas de juego del tablero internacional. De hecho, y en contra de nuestros prejuicios, entre 1990 y 2017, el capitalismo a nivel mundial bajó la pobreza del 36% al 9%. ¿Cómo fue posible? El capitalismo es un sistema-mundo, pero en paralelo, cada país diseña, según sus fortalezas internas, la mejor vía para capturar rentas internacionales y desarrollarse. Argentina debe dejar de pelearse contra el capitalismo, y en todo caso, utilizarlo para desarrollarse, generar riqueza, trabajo y sacar a nuestros compatriotas de la pobreza.

• Falacia 3 del decrecimiento: “podemos distribuir sin preocuparnos por el crecimiento económico”. La premisa implica que, el Estado puede grabar al capital sin preocuparse por el impacto en la inversión y la generación de empleo, y en paralelo, sin contemplar que, en una economía del conocimiento global, la presión impositiva no es un fenómeno nacional que pueda aislarse, sino que es la plataforma que diseñamos para que nuestras empresas compitan en el mundo, y para que nuestro país sea atractivo desde el punto de vista de la inversión. Si no abordamos la competitividad de nuestra economía en forma sistémica, terminaremos profundizando destrucción de trabajo (vía robotización) y/o compitiendo en el mundo vía salarios de subsistencia y moneda depreciada.


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