El futuro
La peña
jorge Vergara jvergara@rionegro.com.ar
Un nudo en la garganta. Sí, eso fue: un verdadero nudo en la garganta al presenciar un simple y tradicional acto de egresados en la escuela de uno de mis hijos. Es que el acto fue simple, previsible, tan emotivo como cada año. Pero no se repiten protagonistas del lado de los egresados. Cada año se renuevan proyectos, ilusiones, se ponen en marcha mecanismos para intentar, al menos eso, asegurar un futuro siempre incierto. Incierto por la dinámica misma de la vida, aunque este título secundario les abra una de las primeras puertas en la vida más allá de la escuela secundaria. Lo del nudo en la garganta tal vez fue porque en ese grupo de egresados estaba uno de mis hijos, pero en ese momento lo multipliqué por decenas, por cientos, por miles de chicos iguales que terminan el secundario y planean, a veces solos, a veces con sus padres, nada menos que el futuro. Y sentí que esa palabra era tan enorme, tan pesada, que había que empezar a digerirla de a poco. Nadie puede hablar de futuro y tener certezas, porque el futuro es justamente eso, la búsqueda de certezas, que se van encontrando con el paso de los años, a veces a tiempo, a veces tarde y generalmente después de mucho esfuerzo. Vi, y por eso lo del nudo en la garganta, a padres, hermanos, abuelos, amigos, tíos, padrinos, vi a mucha gente dando ese abrazo esperado por el egresado y al mismo tiempo el empujoncito para que en cuatro, cinco, diez, o los años que sean, tengan un título que les abra más el horizonte en la vida. Vi abuelos con muchos años emocionarse al ver a los nietos en plena formación, con un pasaje ganado en el secundario y con ganas de seguir. Vi abuelos emocionados que también se proyectaron a futuro tratando de imaginar a esos mismos chicos terminando la universidad. Escuché compromisos formales de acompañarlos hasta donde la vida misma se los permita. Y el nudo se hizo complejo, casi convertido en lágrimas. No hice otra cosa que ver, escuchar, sentir. Experiencias propias y ajenas. Vi a madres con lágrimas sólidas en sus rostros. Es que cada uno de los hijos que termina el secundario implica que esa madre en cierto modo volvió a cursarlo, porque lo acompañó cada día, porque lo alentó, porque lo puso en vereda cuando empezaron los desvíos, porque lo aconsejó cuando fue necesario y porque lo ayudó a entender mejor cuando fue necesario. Aunque el acto fuera previsible, tal vez igual a cada uno de los actos que se hacen todos los años, uno siente que es distinto cuando se trata de protagonistas tan cercanos como los hijos, sobrinos, nietos. Tal vez por eso y por ver emociones multiplicadas, por ver coronado también un proyecto de padres, hermanos, abuelos, por sentir que el esfuerzo compartido valió la pena, es que el nudo en la garganta se convirtió en lágrimas. Los chicos convirtieron este paso en un gran sueño, en un gran proyecto en marcha. Y al final veremos, o tal vez no, que algunos llegaron de un modo, otros no tanto y algunos ni siquiera pudieron concretar lo que anhelaban. Eso es el futuro, es descubrir que hay cosas posibles, pero que a algunos les demandará más esfuerzo que a otros, simplemente porque la vida nos iguala en un instante como es el del egreso, pero nos diferencia en tantas cosas que cada una de esas diferencias se convierte en un esfuerzo extra. Y admito que fue maravilloso eso del nudo en la garganta, fue pura emoción, fue sentimiento auténtico eso de saber dónde estamos parados padres, hijos, abuelos, dónde estamos todos los que vamos detrás de alguien. Y también será historia repetida, porque algunos hijos ya pasaron por esa etapa y otros están por venir. El futuro empieza a tomar forma.
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