El juego de Massa



La prioridad de Sergio Massa es hacer de los más de cinco millones de votos que obtuvo el domingo pasado la base de un proyecto político propio. No quiere que le suceda lo que a otros dirigentes, como José Octavio Bordón, Graciela Fernández Meijide, Ricardo López Murphy y Elisa Carrió, que luego de hacer lo que de acuerdo común fue una buena elección resultaron incapaces de conservar el apoyo de quienes los habían respaldado en las urnas. Para no compartir el destino de aquellas estrellas fugaces del firmamento político nacional, Massa tendría que aprovechar la oportunidad que le está suministrando el desconcierto que se ha apoderado de tantos peronistas, en especial de los convencidos de que si, como parece probable, Daniel Scioli pierde en la segunda vuelta electoral del 22 de noviembre será a causa del “fuego amigo” kirchnerista. Son tan grandes las diferencias entre los incondicionales de la presidenta saliente Cristina Fernández de Kirchner y los partidarios de Scioli que no les será del todo fácil impedir que en las próximas semanas estallen más conflictos o que en el caso de que, para sorpresa de muchos, triunfara el candidato oficialista le tocara formar un gobierno que se autodestruyera entregándose a una interna rencorosa. Puesto que Massa se enorgullece de ser el verdugo de la “Cristina eterna”, no podrá sino procurar frustrar las aspiraciones de los convencidos de que la para entonces expresidenta seguirá siendo la líder natural de las partes más importantes del crónicamente dividido movimiento peronista. Massa, acompañado por sus principales allegados, ha dicho no querer que gane Scioli, lo que, aunque es reacio a subrayarlo, significa que le gustaría que Mauricio Macri derrotara a quien, al fin y al cabo, es el candidato peronista. De ser otras las circunstancias, los compañeros lo denunciarían por “traición”, pero es tan notorio el desprecio que sienten el exintendente de Tigre y su esposa por el gobernador bonaerense que su actitud les parece perfectamente lógica. Con todo, Massa no será el único peronista que cree que sería mejor que un “gorila” se encargara del país por un rato. Desde hace años se atribuye a ciertos estrategas kirchneristas, y a veces a Cristina misma, el deseo de que un gobierno liberal herede el desaguisado que han producido por suponer que no tardaría en verse repudiado por buena parte de la ciudadanía. Se trataría de una variante del planteo de aquellos montoneros de los años setenta del siglo pasado que apostaban a que un régimen militar fracasara de modo tan rotundo que el pueblo los trataría como salvadores. Andando el tiempo es lo que en efecto aconteció, pero los costos para los combatientes mismos y para el país de tanto maquiavelismo fueron enormes. Macri y sus aliados del frente Cambiemos saben que un eventual gobierno suyo se vería hostigado desde el primer día por kirchneristas que se opondrían automáticamente a todo cuanto intente hacer, pero esperan que los demás peronistas opten por privilegiar los intereses del conjunto asumiendo una postura realista. Sin embargo, las señales procedentes del massismo no son alentadoras. El ya excandidato de UNA insiste en que no toleraría nada parecido a un “ajuste”, aunque entenderá muy bien que el gobierno de un país sin reservas, sin acceso al crédito barato y con una tasa de inflación altísima no tendrá más alternativa que reducir sustancialmente el gasto público. No se trata de elegir entre un ajuste y seguir como antes, sino de encontrar la forma de asegurar que los sacrificios necesarios sean repartidos de la manera más equitativa posible. Al brindar la impresión de suponer que no es así, que en última instancia todo depende de la voluntad, buena o mala, de los gobernantes, Massa está actuando como el actual primer ministro griego Alexis Tsipras que, para conseguir los votos que precisaba para alcanzar el poder primero y después para retenerlo, juró estar en condiciones de poner un fin inmediato a “la austeridad” pero, al darse cuenta de que sería imposible cumplir sus promesas electorales, puso en marcha un ajuste aún más feroz que el que la mayoría de sus compatriotas había rechazado en un referéndum. Desde el punto de vista de Tsipras, la maniobra resultó ser exitosa, pero los beneficios para Grecia de su encontronazo con la realidad han sido decididamente magros.


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