El mensaje del gurú

Por Redacción

A los defensores del “modelo” reivindicado por los voceros oficiales siempre les ha gustado señalar que, si bien lo criticaban economistas ortodoxos presuntamente vendidos al “neoliberalismo” y al Fondo Monetario Internacional, contaba con la simpatía de heterodoxos tan respetados como Joseph Stiglitz y Nuriel Roubini. Así las cosas, quienes se encargarán de manejar la economía en los meses próximos deberían prestar atención a las advertencias que formuló Roubini, en vísperas del fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner, en el transcurso de su visita más reciente a Buenos Aires. Según el hombre que se convirtió en una celebridad internacional por haber previsto el cataclismo financiero que fue provocado por la proliferación de hipotecas incobrables en Estados Unidos, la Argentina estará por encontrarse en graves dificultades debido al aumento constante de una tasa de inflación “desbocada”, que pronto llegará al 30% anual, políticas fiscal y monetaria expansivas y un boom de consumo facilitado por “un exceso de crédito”. Dicho de otro modo, a pesar de ser heterodoxos, Roubini, Stiglitz y otros entienden tan bien como el que más que es peligroso negarse a reconocer la existencia de límites. Por cierto, no creen que el consumismo impulsado por estímulos “artificiales”, o sea voluntaristas, serviría para solucionar nada salvo, en el corto plazo por lo menos, los problemas políticos que tanto preocupan al gobierno nacional cara a las elecciones del año que viene. Lo mismo que los economistas denostados como “neoliberales”, Roubini incluye a la Argentina en el grupo de países latinoamericanos actualmente gobernados por “populistas”, entre ellos Venezuela, Ecuador y Bolivia, que se han visto beneficiados por el auge del precio de los commodities pero que no han logrado aprovechar plenamente la oportunidad así supuesta por no ser “amigables con los inversores”, razón por la que los capitales internacionales están apartándose de ellos para desembarcar en Colombia, Chile y Brasil por creerlos más previsibles. Desde el punto de vista de Roubini, y aquel de muchos otros economistas, la decisión del gobierno de nacionalizar el sistema previsional y expropiar parte de las reservas del Banco Central para financiar el gasto público asustó a los inversores. Pero no sólo se trata de extranjeros que en otras circunstancias podrían sentirse tentados a probar suerte aquí sino también de sus equivalentes argentinos, ya que por motivos comprensibles los empresarios locales son reacios a arriesgarse antes de que se aclare el panorama político que, como no pudo ser de otra manera, se ha visto convulsionado por la muerte del ex presidente. De todos modos, una consecuencia de los factores mencionados por el economista estrella es que el país seguirá perdiendo competitividad y, como si esto no fuera suficiente, tendrá más dificultades para enfrentar el impacto de los barquinazos que con toda seguridad continuarán agitando el mercado financiero internacional. Por razones evidentes, a la Argentina no le conviene que economistas influyentes como Roubini sigan ubicándola en un bloque populista con Venezuela, Ecuador y Bolivia, aunque sólo fuera por compartir con ellos la actitud poco “amigable” de sus gobernantes hacia el sector privado y el mercado financiero internacional. La situación que se ha creado sería menos preocupante si el Ministerio de Economía estuviera a cargo de un funcionario capaz dotado de autoridad personal, pero desde la salida de Roberto Lavagna Néstor Kirchner mismo desempeñó el papel de “superministro” de Economía y el funcionario más influyente de su equipo personal resultó ser el secretario de Comercio, Guillermo Moreno. Puesto que, por razones dolorosamente evidentes, a la presidenta no le será nada fácil llenar el gran vacío que acaba de producirse, tendrá que transcurrir cierto tiempo antes de que el país cuente con un ministro de Economía que sea capaz de enfrentar con éxito los desafíos que surjan en los meses venideros, lo que entraña el riesgo de que la economía siga en piloto automático hasta que, tarde o temprano, ingrese en una zona de turbulencia, desgracia que, tal y como están las cosas, parece destinada a experimentar antes de las próximas elecciones presidenciales.


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