El mundo frente al desafío islamista

Por Redacción

JAMES NEILSON

Para frustración de los islamistas más furibundos, en los países occidentales casi todos los políticos y referentes intelectuales se niegan a dejarse asustar por las amenazas escalofriantes que profieren a diario. No es que los líderes norteamericanos y europeos se destaquen por su valentía, sino que les cuesta creer que podrían plantearles un peligro individuos comprometidos con un culto religioso que a su juicio es propio del mundo subdesarrollado. Así, pues, siguen insistiendo en que el islam es una “religión de paz” –según ellos, todas lo son– y en que las palabras pronunciadas por clérigos que predican la guerra santa contra los infieles y rezan por la pronta aniquilación de Israel y Estados Unidos, además de la conquista demográfica de Europa, no deberían ser tomadas al pie de la letra. Tan resueltos están muchos a convencerse de que, a pesar de las apariencias, organizaciones como Al Qaeda y otras que les son afines, además de gobiernos como el iraní, no tienen nada que ver con el islam auténtico, que se esfuerzan por mantenerse pasivos ante las matanzas más horrendas perpetradas por bandas de fanáticos en otras partes del planeta. Comparten las prioridades del obispo católico norteamericano Robert McManus, que el año pasado señaló que “hablar de los extremistas islámicos y las atrocidades que han cometido en el mundo podría socavar los logros positivos que nosotros, los católicos, hemos alcanzado en nuestros diálogos interreligiosos con musulmanes piadosos”. Será por este motivo que el papa Francisco es reacio a hablar con su elocuencia habitual del exterminio del cristianismo en Oriente Medio. Con todo, algo está cambiando. Al multiplicarse las atrocidades, tratarlas como episodios exóticos menores ocasionados por la desigualdad, la pobreza, la ignorancia y otras lacras agravadas por el belicismo occidental está haciéndose cada vez más difícil. En lo que va del año, los islamistas de Boko Haram ya han matado a miles de nigerianos, la mayoría cristianos, y hace poco secuestraron a doscientas adolescentes de un colegio, una proeza que llamó la atención de medios internacionales que por lo común se abstienen de aludir a lo que califican de “conflictos sectarios” en países no occidentales. Los correligionarios de los fanáticos nigerianos en otras partes del norte de África, Oriente Medio, Pakistán y Afganistán han sido igualmente brutales. Están resueltos a eliminar físicamente o al menos reducir a servidumbre a todos aquellos que se resistan a dejarse convertir a su versión particular del islam. El método preferido es el tradicional: el terror. De no haberse convertido la convulsionada Siria en un inmenso campo de entrenamiento en el que miles de jóvenes musulmanes con pasaporte europeo están preparándose para combatir contra los infieles de sus países natales, las atrocidades que se perpetúan a diario en lugares exóticos no preocuparían demasiado a los acostumbrados a vivir en paz, pero últimamente algunos dirigentes han llegado a la conclusión de que minimizar el peligro planteado por la renovada militancia islámica sería suicida. Entre los más preocupados están el presidente francés, el socialista François Hollande, y el ex primer ministro británico y laborista Tony Blair. Para sorpresa de muchos, éste acaba de proponer una “alianza global” de Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China para hacerle frente al desafío planteado por los islamistas. ¿Es para tanto? Es más grave la amenaza islamista que las supuestas por el expansionismo ruso de Vladimir Putin y las ambiciones nacionalistas de China en lo que, para alarma de los japoneses, vietnamitas, filipinos y otros, el régimen comunista cree es su esfera de influencia natural. Hay buenos motivos para creer que sí lo es. Puede que a los gobiernos de Rusia y China no les interese defender el statu quo actual, pero al procurar modificarlo serán reacios a correr demasiados riesgos. Quieren sobrevivir para disfrutar de los beneficios que esperan conseguir. En cambio, muchos yihadistas están más que dispuestos a morir con tal de llevar consigo al más allá a los presuntos enemigos del islam. No exageran cuando dicen que, a diferencia de los demás que “aman la vida”, están enamorados de la muerte. La propensión generalizada de los occidentales a minimizar la gravedad de la rebelión islamista contra el mundo moderno se debe menos al relativismo propio de los convencidos de que todas las culturas son igualmente valiosas o al deseo de tratar con el respeto debido al “otro” que a la arrogancia de quienes creen que sus propios antecesores fueron responsables de todos los problemas del mundo. En el pasado, sus equivalentes imaginaban que la civilización occidental monopolizaba el bien; en la actualidad, le atribuyen el monopolio del mal. Les cuesta tomar en serio la idea de que pueblos no occidentales puedan ser tan imperialistas, tan reaccionarios y tan crueles como los denostados europeos de antaño o los norteamericanos desde que su país se erigió en la superpotencia reinante. Por lo tanto, les parece evidente que los horrores que se cometen en el mundo musulmán tienen forzosamente que ser consecuencia de la agresión occidental o de la iniquidad capitalista. Si leyeran más libros de historia entenderían que no es así, que nadie tiene el monopolio de la perversidad, pero muchos contestatarios prefieren creer que, antes de conformarse los imperios europeos, el mundo era un jardín del Edén pacífico en que todos convivían en armonía amistosa, tolerando las diferencias con benignidad. Asimismo, tanto los progresistas como sus adversarios de actitudes más conservadoras propenden a dar por descontado que las amenazas totalitarias, como el fascismo y el comunismo, tienen forzosamente que ser de origen occidental, razón por la que se resisten a creer que una que sería igualmente atractiva a los disconformes con el mundo tal y como es podría surgir desde otra parte del planeta. Sin embargo, el integrismo islámico militante se ha visto abrazado no sólo por habitantes de países ya musulmanes sino también por una cantidad notable de conversos occidentales que han encontrado en él una solución a los problemas de identidad que los atormentaban. Algunos, sobre todo intelectuales que en el pasado hubieran manifestado su repudio a la sociedad insulsa en que se formaron transformándose en revolucionarios comunistas o fascistas, han sido motivados por el rencor; otros, en especial aquellos jóvenes de familias no musulmanas que están combatiendo en países como Siria, sólo han buscado pretextos para ir a la guerra. Sea como fuere, si bien la rebelión islamista contra la modernidad es menos alarmante que las protagonizadas antes por los regímenes de países avanzados tan poderosos como la Alemania nazi o la Unión Soviética, ello no quiere decir que se hayan equivocado Blair y otros que advierten que sería un error fatal subestimar el peligro planteado por el fanatismo de quienes están librando una guerra sin cuartel contra todos aquellos, incluyendo centenares de millones de musulmanes de otras sectas que sólo quieren vivir en paz, que se niegan a acompañarlos en su viaje de regreso al medioevo.

SEGÚN LO VEO