El mundo se ajusta
Merced al crecimiento vertiginoso de China y otros países asiáticos, centenares de millones de personas han podido salir de la pobreza extrema, pero para muchos norteamericanos, europeos y japoneses la “globalización” está resultando ser un auténtico desastre. Luego de haberse acostumbrado a un nivel de vida cómodo, los habitantes de los países desarrollados se han visto obligados a participar de una competencia económica contra rivales igualmente capaces que están dispuestos a conformarse con ingresos muy inferiores, razón por la que una multitud de empresas occidentales o japonesas han elegido trasladar sus plantas manufactureras a China, India o Vietnam. Desde el punto de vista de los empresarios, hacerlo es lógico. En una “economía del conocimiento”, las ganancias más pingües son las generadas por la alta tecnología y el diseño, no por los procesos productivos, de suerte que tiene sentido ubicar sus fábricas donde los costos laborales son mínimos. En cambio, para los occidentales que no están en condiciones de contribuir mucho al “conocimiento”, las consecuencias de lo que está en marcha ya han sido dolorosas; mientras que las empresas multinacionales más eficientes están prosperando como nunca antes, en Estados Unidos, Europa e incluso el Japón propende a aumentar cada vez más la tasa de desocupación, afectando no sólo a obreros sin especialización sino también a ingenieros y gerentes que antes de perder su empleo percibían salarios que les permitían vivir muy bien. Hasta hace muy poco, los gobiernos de los países avanzados suponían que les sería dado hacer frente al desafío mediante programas de reentrenamiento para que los descolocados por el progreso rápido de la tecnología y por la irrupción desconcertante de China y sus vecinos cumplieran tareas cada vez más sofisticadas, de este modo conservando sus ventajas, pero se trató de una ilusión. Para justificar ingresos más de diez veces superiores a los percibidos por sus homólogos del “Tercer Mundo”, los norteamericanos, europeos y japoneses tendrían que ser, en su conjunto, diez veces más productivos, algo que sólo sería posible si los chinos e indios nunca lograran mejorar su propio nivel educativo. Puesto que en este ámbito fundamental muchos ya han superado a sus homólogos occidentales, la noción de que éstos pudieran continuar monopolizando los empleos mejor remunerados siempre fue absurda. Así las cosas, no es sorprendente que las presiones proteccionistas estén intensificándose en América del Norte y Europa, además, huelga decirlo, en América Latina. En el fondo, lo que quieren los perjudicados por los cambios de los años últimos es regresar al orden internacional del pasado reciente, antes de que China y la India se entregaran al capitalismo liberal, por entender que es el único sistema económico capaz de permitirles enriquecerse, pero desgraciadamente para quienes sueñan con hacer volver el reloj a tiempos menos “globalizados”, cualquier intento de frenar el desarrollo de los gigantes asiáticos tendría consecuencias previsiblemente catastróficas. Mal que bien, los países considerados avanzados tendrán que adaptarse a una situación que fue creada por su propio éxito: por motivos políticos en el caso de China y culturales en el de la India, ambos gigantes tardaron mucho en abandonar las modalidades colectivistas que les impedían erigirse en potencias económicas. Puesto que por fin los gobiernos de los dos países más poblados del mundo decidieron que sería peor que inútil seguir aferrándose a sus “modelos” tradicionales, todo hace prever que para una proporción sustancial de los norteamericanos, europeos y japoneses los años próximos sean sumamente duros, con una tasa de desocupación “estructural” muy elevada, exigencias laborales cada vez más severas y subsidios mezquinos para quienes no consigan encontrar un empleo fijo. Como es natural, muchos que temen por su propio futuro están manifestándose en la calle contra los cambios que ya han comenzado. A primera vista, tienen muy poco en común los norteamericanos del “Tea Party” que quieren ver reducido el gasto público y los franceses que quieren aumentarlo, pero la verdad es que están reclamando lo mismo: que el mundo sea como era antes de que más de 2.000 millones de asiáticos aceptaran competir en serio en la arena económica internacional.