El poeta que no quiso escribir



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A la hora de rastrillar el gobierno de la Alianza la historia escarba con ahínco –huelgan las razones– sobre la personalidad y estilo de hacer política de Carlos “Chacho” Álvarez. En ese camino existe coincidencia en acreditarle una sólida formación intelectual y calidez y calidad en lo personal. Pero el camino no está exento de juicios severos y críticos cuando se lo juzga en relación con cómo construye política. En sendos libros, dos políticos con proyección nacional en su momento y que militaron con “Chacho”, a quien además recuerdan con afecto, forman parte de esa crítica. Veamos. En su interesante “La ilusión. El fracaso de la Alianza visto por dentro”, la exministra de Desarrollo Social del gobierno de la Alianza Graciela Fernández Meijide define, entre otros conceptos, a “Chacho” como “un creador de gran imaginación política, pero remiso y ambiguo a la hora de hacerse cargo de la gran escena que él mismo ha sido capaz de imaginar y montar”. Por supuesto que Meijide cuestiona la decisión de “Chacho” de renunciar a la vicepresidencia de la Nación en razón de las crecientes discrepancias con el presidente de la Nación Fernando de la Rúa, motivaciones alentadas por el caso de las coimas en el Senado de la Nación. “La actitud de “Chacho” fue de un individualismo insólito, absoluto, que no sólo hirió de muerte a la Alianza sino que destruyó la fuerza que había levantado durante más de una década (Frepaso)”. En otro picante libro, editado hace un año, también se vuelve sobre “Chacho”. Se trata de “8.885 días de política. Visiones irreverentes de un país complicado”, de Carlos Corach, exantiperonista, exmilitante desarrollista, exsenador nacional, luego peronista y exministro del Interior de un inmenso tramo de la administración de Carlos Menem. Corach, amigo e incluso socio de “Chacho” Álvarez en proyectos periodísticos, destaca que, aunque “el objetivo de un político es siempre el poder”, bien se puede oponer a esto “que la adhesión a ciertos partidos –históricamente minoritarios– implica resignar” aquella posibilidad. “Diría –acota Corach– que en todo caso resignifica postergarla. El militante del partido más pequeño cree que en algún momento le llegará el turno de ejercer el poder. La excepción que me ha tocado conocer más de cerca es ‘Chacho’ Álvarez, un hombre con una enorme imaginación para construir políticas y con una capacidad casi equivalente para destruir todo aquello que construyó. Una especie de Penélope que destejía por las noches lo que había tejido durante el día. De allí que no pudiera sostener en el tiempo ninguna construcción política de las que había ayudado a armar; ni el Frepaso, ni la Alianza ni su lugar como vicepresidente”. Y acota Corach en relación con la renuncia de “Chacho” que lo difícil de entender de él para un radical –sus socios en la Alianza– era que se trataba de un político sin vocación de poder del que huía casi enfermizamente”. Y remata Corach que “Chacho”, “siendo alguien brillante, culto, bien formado, no ha hecho ningún aporte concreto al país. Un político que no busca el poder es como un poeta que no quiere escribir. Tal vez así se crea que, mientras no escriba, sigue siendo el mejor de los poetas”.


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