¿El resultado fiscal o el electoral?
En materia presupuestaria el exceso de optimismo puede salir muy caro. Para lograr el equilibrio fiscal en el 2013, el esfuerzo que habrá que hacer será mucho más grande que el que puede llevar a analizar el proyecto de ley de presupuesto. Ya en el 2009 se sobrestimaron los ingresos de la administración nacional. La crisis financiera internacional repercutió negativamente sobre el ciclo económico argentino a pesar de que parecía que se podía “vivir con lo nuestro”. Y, como siempre, apenas se resfrió la economía, se desmoronó aún más la recaudación. En ese año electoral, el resultado financiero presupuestado (+9.109,2 millones) tuvo un grave desvío contra el verdaderamente ejecutado (-$ 11.754,8 millones). En el 2010 y el 2011 se subestimaron fuertemente los gastos. En ambos años, de alto crecimiento, los gastos de la administración nacional aumentaron más del 33% interanual y sobrepasaron ampliamente cualquier índice de inflación. Los gastos superaron así en un 17 y un 18% en cada año lo aprobado por el Congreso. La diferencia fue incluida en el presupuesto mediante decretos y resoluciones que circunvalaron la venia del Legislativo para convalidar desvíos que en el 2011 (año electoral) llevaron el resultado financiero de un déficit presupuestado de -5.867,4 millones a otro ejecutado siete veces superior (-42.825,6 millones). Esta política fiscal expansiva fue muy procíclica, es decir, empujó el crecimiento al límite y también a la inflación. De ahí surge que, con un dólar quieto, la economía argentina ya no sea tan competitiva. Esta cuestión es la que generó una expectativa de devaluación que alimentó la fuga de dólares. Dicho en menos palabras, los desajustes fiscales provocan otros desajustes en el resto de la economía. Este año es posible que no se recaude lo que se planeaba en el presupuesto. Para lograr ese pronóstico durante la segunda mitad del año habría que recaudar un 15% más que en la primera mitad, algo difícil de lograr dada la estacionalidad de la recaudación (por ejemplo, con el pico de Ganancias en mayo) y a pesar de una esperada recuperación en el nivel de actividad. Finalmente, para el 2013 el panorama fiscal es más sombrío de lo que el presupuesto lleva a pensar. Implícitamente, se espera un aumento del 24% en los ingresos, igual magnitud que la que ocurrió en el 2011 (y con una base inicial en el 2012 también difícil de alcanzar). Pero no es lo mismo una tasa de crecimiento del producto bruto interno (PBI) del 8,9% como la que se dio en el 2011 que la tasa esperada del 4,4% para el 2013, especialmente para la recaudación, que suele tener movimientos más exagerados que el PBI. Y del lado del gasto habrá que ver qué pasa. En un año de elecciones legislativas, la pregunta relevante es qué cuidará más el gobierno, el resultado fiscal o el resultado electoral. El gran problema está en que, eventualmente, el resultado fiscal acumulado viene siendo sistemáticamente negativo y peor que el pronosticado. Para controlar la inflación y moderar su impacto negativo sobre el poder adquisitivo de los salarios y la competitividad del país, para continuar con la sana política de desendeudamiento en la que se había embarcado el gobierno y para asegurar que podamos sostener el crecimiento en el largo plazo, el equilibrio fiscal es indispensable. Es justamente allí donde hay que poner énfasis en la discusión presupuestaria. Otra cuestión relevante del presupuesto para el 2013 es la información sobre la asignación geográfica del gasto. Las planillas que más interés despiertan suelen ser las que muestran cuánto promete gastar el gobierno nacional en cada provincia. De poco sirve ese análisis hoy ya que luego no hay forma de controlar su verdadera ejecución. La reciente mejora del sitio de consulta al ciudadano también trajo una pérdida: ya no se publica cuánto efectivamente la Nación gasta en cada provincia. (*) Directora del Programa de Política Fiscal del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec)
Luciana Díaz Frers (*)