El traje
Columna semanal
LA PEÑA
El acontecimiento era importante. Un cumple de quince era razón suficiente para viajar de una punta del país a la otra al menos con aspiraciones de asistir bien vestido.
Y lo que había en el vestuario no daba para una fiesta de ese tenor. Sport o traje eran las dos únicas opciones que un primo se planteó hace más de una década.
Y lo que tenía era poco, gastado, viejo. Fue a preguntar por el traje y los números no le daban. Ni por asomo se acercaba a las cifras del más barato, así que imaginen la escena. Era demasiado, había que buscarle la vuelta para encontrar una opción válida.
Había tiempo para la búsqueda, el cumple era en noviembre y estaba en julio, pero la idea era que no lo sorprendiera el cumpleaños en marcha y él sin todavía saber qué ponerse. Cada vez que podía le preguntaba a algún conocido si tenía un traje usado para vender o en el peor de los casos prestarle. Pero las opciones eran francamente malas, algunos muy gastados, otros deformados, nada en condiciones para caer a la fiesta y generar admiración en los demás. Porque en el fondo era eso, intentar dar una imagen de hombre bien vestido y elegante, había algo en él que lo impulsaba a mostrarse elegante.
No apareció nada, pasaron los meses y en octubre no sólo no surgía la opción del traje, sino que tampoco podía comprarlo. Los números eran los justos para el viaje y con suerte tomar y comer algo en el camino.
Pero a menos de un mes del cumple, apareció un conocido que en la charla de un bar le dijo discretamente. “Tengo que hablar con vos, sé dónde hay un traje”. Se apartaron de la concurrida mesa y hablaron unos minutos, los necesarios para ponerse de acuerdo.
“Es un traje verde, más o menos de tu tamaño, lo podés pagar en cuotas y es de buena calidad, en perfecto estado”, le dijo el comedido. Pero la cosa no terminó ahí. “No vayas ahora, esperá unos días, una semana y andá a comprarlo”, agregó.
Y efectivamente mi primo esperó el tiempo indicado y fue a ver el traje. Lo llamativo era que el domicilio que le dieron era el mismo que en la puerta tenía un cartel que decía “casa de duelo”. Eran tiempos donde los muertos se velaban en la casa porque en el pueblo no había casa funeraria. Igual preguntó si ahí vendían un traje verde. Primero lo miraron sorprendidos y después le dijeron que sí.
Entró a la casa, vio rostros serios y tristes, pactó el precio y se llevó el traje verde. Era verdad, estaba nuevo, poco uso. un poco arrugado, pero en condiciones. Un paso por la tintorería alcanzaría para dejarlo listo para lucirse.
Tema resuelto. Tenía todo para viajar al cumpleaños y vestir muy elegante. Pero las cosas cambiaron cuando el conocido supo que ya había comprado el traje. Lo miró a los ojos y le dijo: “te tengo que decir algo muy serio, ese traje era de Don Antonio, que falleció la semana pasada”.
Mi primo se quedó mudo. No sabía qué hacer, si vestir el traje o devolverlo. No había tiempo para más, la fiesta estaba a unos días nomás. Y decidió cargarse de coraje, dejar de lado las supersticiones y viajar con el traje verde en la valija.
Claro, tuvo muchas horas de viaje para pensar si ponerse el traje del difunto podía implicar algo en el mundo de las supersticiones y también para descartar cualquier incidencia. La conclusión fue clara, no tengo nada que ver con el muerto.
Debo admitir que en la fiesta cosechó admiraciones, tintorería mediante, el traje lucía impecable.
Casi al final de la noche, cuando poca gente quedaba en el cumpleaños y cuando ya había tomado unas copas de más, se animó a contar la historia del traje y admitir que había sido de don Antonio, fallecido unos diez días atrás.
Jorge Vergara
jvergara@rionegro.com.ar
LA PEÑA
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora