Elección presidencial 2019: ¿sólo la economía definió el resultado?



Patricio Vallone *

Elecciones 2015, sorpresa electoral en Argentina: el partido de coalición Cambiemos consigue contra todos los pronósticos ganar la presidencia nacional, la casi imposible y peronista provincia de Buenos Aires, y mantiene su principal bastión, la Ciudad de Buenos Aires.

El empoderamiento y consolidación de este espacio político fue también acompañado por la conquista electoral en Mendoza, Santa Fe, Entre Ríos y la ultra macrista Córdoba, cuando se trata de elegir presidente.

Sin embargo, se sabía que la gobernanza no iba a ser fácil, por varios motivos: la mayoría del kirchnerismo en ambas cámaras legislativas, la delicada situación económica, y la falta de indicadores reales para entender rápidamente cuáles eran los números de desocupación, pobreza e inflación del país.

Todos los analistas políticos, empresarios, y cualquier hijo de vecino coinciden en algo, y de manera contundente: al gobierno de Mauricio Macri le faltó ser más firme en comunicar cuál era la verdadera situación del país post 12 años de kirchnerismo. Lo que no se dice al principio, y se lo informa a la opinión pública en cuotas, pierde peso e impacto. El Frente de Todos tomó nota y de manera estratégica comunica con fuerza la herencia que deja la gestión Cambiemos: “Una económica arrasada”, según afirma el reciente gobernador electo de la provincia de Buenos Aires, Axel Kiciloff.

Podemos hablar de los aciertos en los primeros dos años, el levantamiento del cepo al dólar, de los errores económicos posiblemente durante toda la gestión, de las políticas públicas centradas en todo tipo de obras, desde viviendas, cloacas, metrobuses, hasta la recuperación de infraestructura de transporte. O también mencionar la reactivación del sistema energético que venía mostrando sus problemas de abastecimiento, sobre todo en los últimos años de la presidencia de Cristina Kirchner y de la apertura e integración con el mundo.


En todo este combo de virtudes y defectos, la coalición gobernante se fortaleció en las elecciones legislativas de medio término en el 2017, mostrando eficiencia y compromiso de campaña, apoyo social y demostrando lo débil que estaba el peronismo, dividido y fracturado en facciones que no lograban ponerse de acuerdo ni visualizar un norte en conjunto.

Los índices de aprobación más altos de la gestión rondan en este período, en el Área Metropolitana de Buenos Aires, el 55% de personas esperanzadas con el gobierno nacional. En enero 2018, María Eugenia Vidal era la dirigente política más valorada a nivel nacional, y en la provincia que gestionaba tenía una imagen positiva del 56% versus una ex presidenta de la Nación que tenía también 56%, pero de imagen negativa.

¿Cómo se explica que el oficialismo pierda la elección de la provincia de Buenos Aires y la presidencial en 2019? ¿Qué pasó para que Cristina Kirchner incremente su base de votantes con 13 procesamientos judiciales y funcionarios de su gestión presos por delitos de corrupción?

Posiblemente la respuesta más lógica y común sea la economía. Una afirmación cierta, pero que claramente no es la única variable que desencadenó en este resultado electoral, pero sin duda es la más importante.

Marzo 2018, Estados Unidos sube la tasa de interés; como consecuencia la Reserva Federal norteamericana atrae a su mercado los dólares desparramados en los países emergentes como Argentina, y ocasiona un
colapso en la economía nacional. Aumento de la brecha cambiaria dólar versus peso, devaluación de la moneda, inflación, pérdida de poder adquisitivo y sueldos atrasados. Para completar el cuadro, una sequía, la peor en 40 años, arruinó buena parte de la cosecha de soja, principal fuente de ingresos de divisas por exportaciones. “Solución”: vuelta al FMI.

Estudios de opinión pública indicaban que en la provincia de Buenos Aires, 8 de cada 10 personas decían estar satisfechas con la gestión del gobierno en relación a las obras de infraestructura y servicios de transporte públicos ofrecidos, pero de esas 8, 5 opinaban que estaban desilusionadas con el gobierno nacional en general, y el motivo era la economía: “Para qué hacer un Metrobus si no puedo pagar el boleto” “Las obras son importantes, pero el aumento de tarifa me mató, no llego a fin de mes” o la típica y repetida frase escuchada: “La gente no come cemento”. Este indicador se repitió durante el 2018 y 2019, y el desencanto popular promedio fue del 55% anual.

Claramente planificar y liderar una campaña electoral con números económicos tan desfavorables no es tarea fácil, pero no hay que olvidar otras variables no menos importantes, como la estrategia política y la judicial, y también analizar cuán incidente fue la fiscalización en los resultados.

Estrategia política: En el balance de decisiones políticas acertadas, la ex presidenta de la Nación le ganó la pulseada al macrismo.

En primer lugar decidió ceder, por lo menos en la boleta, su espacio como principal candidata y como absoluta líder del partido de coalición, integrándose a un perfil más identificado con el peronismo tradicional como lo es el actual presidente electo, Alberto Fernández.

En segundo, como consecuencia de este entramado político, logró cohesionar y formar un partido de coalición, el Frente de Todos, integrando facciones que en el 2015 y 2017 fueron a competir de forma separada. Las alianzas que logró tejer Cristina Kirchner y quienes la acompañan terminaron siendo políticamente acertadas, sobre todo en capacidad electoral.

En tercer lugar, participó de la campaña de costado, casi no apareció, tuvo una agenda paralela en la que presentó su libro “Sinceramente” por todo el país y que influyó en el electorado nacional. De esta manera fortaleció el vínculo de sus más fieles votantes, y permitió incorporar nuevos, más alineados con el discurso del peronismo más conciliador. Cristina solo se mostró públicamente junto a los candidatos en las últimas presentaciones de campaña.

Variable judicial: La Justicia permitió a Cristina Fernández de Kirchner continuar siendo políticamente competitiva. Por conveniencia o desaciertos, ninguna causa fue al final lo determinantemente firme como para sentenciarla a prisión, algo que la hubiese alejado de la escena electoral por lo menos en estas elecciones.

Vale aclarar en este punto que todos sabemos que la Justicia debería ser un poder independiente, pero también hay que ser conscientes de que existen influencias, y que la Justicia juega su propio partido.

Paradójicamente, es importante recordar que, quien definió en el Senado que la ex presidenta mantenga sus fueros fue el peronista Miguel Ángel Pichetto, elegido posteriormente por Macri para acompañarlo en la fórmula como vicepresidente.

La fiscalización: ¿Fue determinante en el resultado? Las PASO fueron catalogadas por el oficialismo con el término de “amistoso”, si lo trasladamos a la competencia deportiva, y justamente lo que menos fueron fue eso, todo lo contrario, fueron determinantes.

Produjo desconfianza, devaluación y volatilidad en el mercado, es decir se intensificó la crisis económica, tomó por sorpresa a la mayoría, como también tuvo un lógico impacto negativo dentro de la coalición gobernante. La decepción y la incomprensión del resultado se apoderaron en alma y cuerpo de los dirigentes, que en gran parte quedaron desorientados y desmotivados para enfrentar la campaña hasta las elecciones definitivas del 27 de octubre.

La pregunta es: ¿La diferencia de más de 10 puntos entre los dos principales candidatos a Presidente fue socialmente real?

Está estadísticamente comprobado que en las PASO asisten 2 millones de personas menos que en las generales, y haciendo un histórico electoral de 2015 a hoy, la mayoría de esas personas son votantes de Cambiemos.

Más allá de este dato, y que el partido liderado por Macri no tuvo un desempeño destacado en el aparato fiscal que movilizó para esta instancia electoral, hay números que demuestran que los errores de fiscalización oficialista no fueron tan significativos como para pensar que la amplia diferencia entre los dos principales candidatos sea producto de esto.

La respuesta entonces es que esa brecha fue real, teniendo en cuenta los matices mencionados y que estratégicamente la campaña pensada por Cambiemos antes de las PASO no fue efectiva, careció de engagement social, y centró su discurso en el “miedo” al pasado, parecido a lo implementado sin éxito por el kirchnerismo en las elecciones del 2015.

Hay que reconocer que el trabajo de coordinación fiscal se perfeccionó y eso ayudó a cuidar el voto de la boleta oficial, un punto que influyó en cierto porcentaje a mejorar los resultados de las generales. Pero más allá de la fiscalización lo que verdaderamente se debe seguir debatiendo es si son apropiadas o no las PASO, si son productivas para el sistema democrático o son un problema, en un contexto complejo de incertidumbre constante que vive la Argentina. La experiencia 2019 nos demostró que la diferencia significativa en los resultados en esta instancia se dio por este factor intrínseco, que es la menor asistencia electoral.

Definitivamente que con una mejor performance de campaña, como la que practicó post derrota Juntos por el Cambio, en la que se mostró un líder con apoyo popular, con movilizaciones de miles de personas en 30 ciudades en todo el país, focalizando su narrativa no solo en lo positivo de la gestión, sino también reconociendo los errores cometidos, y con mejores controles de fiscalización, el resultado de las generales hubiesen sido el resultado real que se tendría que haber dado en las PASO (ese que fue tan pronosticado en un primer momento por las encuestadoras más reconocidas del país).

Esto hubiese sido fundamental no solo para tener una competencia electoral más pareja, sino principalmente para mantener la estabilidad socio económica del país. Tenemos que aclarar que esta desestabilización económica no solo es producto de la victoria de Alberto en las PASO como la gestión quiso transmitir. Ese contexto hubiese beneficiado al oficialismo, con una economía medianamente controlada, y mejorando sus números electorales, probablemente hubiese logrado acortar la distancia y conseguir el balotaje.

El final todos lo conocemos: la dupla Alberto Fernández y Cristina Kirchner por el Frente de Todos ganó la elección presidencial por una diferencia de casi 8 puntos al partido político gobernante Juntos por el Cambio.

El crecimiento electoral de la segunda opción más votada fue de 2.348.918 de votantes desde las PASO a las generales, mientras que el Frente de Todos logró aumentar en 267.771 de votos.

Si tenemos en cuenta la diferencia que existió entre estas dos fuerzas en las PASO de un poco más de 4 millones de personas y el resultado de la general con una diferencia de un poco más de 2 millones de votantes, vamos a poder entender que en Argentina se vuelve a consolidar un sistema democrático bipartidista.

En definitiva, este resultado más parejo es un alivio para la democracia nacional, en un futuro en el que la coalición gobernante y la consolida fuerza opositora tendrán que conciliar si quieren de una vez por todas sacar al país adelante.

De cara al futuro del país hay que tener presente dos cuestiones claves que pueden significar el éxito o fracaso de la nueva gestión: Por un lado ¿podrá el presidente de la Nación Alberto Fernández cumplir las expectativas de las demandas sociales? Y por otro, ¿podrá contener y administrar las pretensiones políticas de las diversas facciones que integran la coalición gobernante, sin causar fracturas y resentimientos internos? ¿Cómo serán sus relaciones exteriores, en particular con Brasil, principal e histórico socio en la región?

Sobre las dudas que existen en la opinión pública sobre cuán determinante será el rol de Cristina Kirchner en la nueva gestión Santiago Cafiero, jefe de campaña de Alberto, anticipó: “Cristina Kirchner tendrá un rol central”.

(*) Consultor político


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